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Gratis · elegí una vozEn lo alto de la Montaña Nebulosa, donde las nubes jugaban al escondite y el sol pintaba el cielo de naranja y rosa, vivía un dragón llamado Aurelio. No era un dragón de fuego furioso, ni de escamas afiladas como cuchillas. Aurelio era un dragón de escamas suaves como terciopelo, de color azul celeste, y con un corazón tan grande como la propia montaña. Le gustaba coleccionar piedras brillantes y escuchar el susurro del viento entre los pinos. Pero sobre todo, Aurelio amaba observar las estrellas.
Una noche, mientras Aurelio contemplaba el cielo estrellado, vio una luz diferente. No era una estrella tranquila y parpadeante, sino una estrella fugaz que parecía caer directamente hacia la Tierra. Aurelio sintió una gran preocupación. Siguió la trayectoria de la estrella fugaz hasta que la vio aterrizar suavemente en un claro del bosque, cerca de la base de la montaña. Movido por la curiosidad y la preocupación, Aurelio bajó volando, con cuidado de no hacer demasiado ruido para no asustar a los animales del bosque.
Al llegar al claro, Aurelio no encontró una estrella, sino una pequeña cesta de mimbre. Dentro, envuelto en una manta suave, dormía un bebé humano. Era el ser más pequeño y vulnerable que Aurelio jamás había visto. El dragón, con su gran corazón, sintió una oleada de ternura y un fuerte instinto de protección.
Aurelio supo en ese instante que no podía dejar al bebé solo. No sabía de dónde venía, ni por qué estaba allí, pero sentía que debía cuidarlo. Con mucho cuidado, usando su hocico con la delicadeza de una pluma, levantó la cesta y la llevó a su cueva en la montaña. La cueva de Aurelio era un lugar cálido y acogedor, llena de tesoros brillantes y almohadones suaves. Aurelio acomodó al bebé en una cama de musgo y hojas secas, cerca de su propio lecho, y veló su sueño.
Al día siguiente, Aurelio se enfrentó a un gran desafío: ¿cómo cuidar a un bebé humano? No sabía cómo alimentarlo, ni cómo cambiarle los pañales (¡que afortunadamente no necesitaba!). Observó al bebé con atención, aprendiendo sus ritmos y sus necesidades. Cuando el bebé lloraba, Aurelio le cantaba suaves melodías en su voz grave, que sorprendentemente resultaba relajante y reconfortante. Le contaba historias de las estrellas y del viento, y el bebé se quedaba dormido escuchando su voz.
Aurelio nombró al bebé Estrella, en honor a la estrella fugaz que lo había traído a su vida. Estrella creció en la cueva de Aurelio, rodeado de amor y cuidado. El dragón le enseñó a Estrella todo lo que sabía sobre la naturaleza, las estrellas y la magia del mundo. Estrella aprendió a gatear entre las piedras brillantes, a reír con el eco de la cueva y a confiar en el gran dragón azul que la amaba como a su propio hijo.
Los animales del bosque se acercaban a la cueva, curiosos por el pequeño humano. Aurelio los recibía con amabilidad y les permitía jugar con Estrella. El oso le enseñaba a Estrella a buscar bayas, el conejo le mostraba cómo saltar entre las rocas y el búho le contaba historias del bosque nocturno.
A medida que Estrella crecía, se volvía más curiosa y aventurera. Aurelio la dejaba explorar los alrededores de la cueva, siempre vigilándola desde las alturas. Le enseñó a volar, sujetándola con cuidado en sus garras y elevándola por los aires. Estrella reía a carcajadas mientras volaba sobre los árboles, sintiendo el viento en su rostro.
Un día, Estrella encontró un viejo libro en la cueva. Era un libro de cuentos de hadas, lleno de ilustraciones de princesas, caballeros y dragones. Estrella se sintió fascinada por las historias y le pidió a Aurelio que se las leyera. Aurelio, aunque no sabía leer, inventaba historias maravillosas basadas en las ilustraciones. Sus historias eran aún más emocionantes que las del libro, llenas de magia y aventura.
Aurelio y Estrella vivieron felices juntos durante muchos años. El dragón guardián y la estrella fugaz, unidos por el destino y el amor incondicional. Aurelio nunca olvidó la noche en que encontró a Estrella, y Estrella nunca olvidó el amor y el cuidado que recibió del dragón azul que la crió como a su propio hijo. Y así, la Montaña Nebulosa continuó siendo un lugar mágico, donde un dragón y una niña humana compartían un vínculo único e irrompible.
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