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Gratis · elegí una vozEn un castillo hecho de caramelo y piruletas, vivía un dragón muy peculiar llamado Rufino. Rufino no escupía fuego, ¡escupía confeti! Y en lugar de rugir, cantaba canciones de cuna. Era el dragón más amable y juguetón del Reino de Dulcelandia. Rufino tenía un trabajo muy importante: era el encargado de la lotería del castillo. Cada semana, los habitantes de Dulcelandia compraban sus boletos, esperando ganar el gran premio: ¡un viaje en globo sobre el Río de Chocolate!
Pero Rufino no estaba solo. Tenía un amigo muy especial, un gusano llamado Gus. Gus era pequeño, verde y muy, muy glotón. Le encantaba comer hojas de menta y soñaba con ganar la lotería para comprarse una montaña entera de ellas. Gus era el ayudante de Rufino y se encargaba de organizar los boletos y asegurarse de que todo estuviera en orden para el sorteo.
Un día, llegó al castillo un nuevo maestro, Don Evaristo. Don Evaristo era un búho sabio y un poco gruñón. Había sido contratado para enseñar a los jóvenes dragones a controlar su confeti y a cantar melodías más afinadas. Pero Don Evaristo, en secreto, ¡adoraba la lotería! Todas las semanas compraba un boleto, soñando con jubilarse y abrir una biblioteca llena de libros de historia de los dragones.
La semana del gran sorteo, Gus estaba muy nervioso. Había un boleto que le parecía muy familiar, un boleto que brillaba con un color especial. Se lo mostró a Rufino, quien lo examinó con atención. ¡Era el boleto de Don Evaristo! "Gus, ¡creo que Don Evaristo va a ganar!" exclamó Rufino, lanzando una lluvia de confeti de la emoción.
Pero esa misma mañana, ocurrió algo terrible. Una fuerte tormenta de granizo de regaliz azotó el Castillo Caramelo. El viento soplaba con fuerza y las gotas de regaliz golpeaban las ventanas. El caos reinaba en el castillo. En medio de la tormenta, ¡los boletos de la lotería salieron volando por la ventana!
Rufino y Gus estaban desesperados. "¡Tenemos que recuperarlos!" gritó Gus, a pesar de que el viento casi se lo llevaba. Rufino, con su gran corazón, no dudó ni un segundo. Se lanzó al exterior, volando entre la lluvia de regaliz, intentando atrapar los boletos. Gus, aunque pequeño, corrió tras él, arrastrándose por el suelo para recoger los que caían.
Don Evaristo, desde su aula, veía la escena con preocupación. Sabía lo importante que era la lotería para todos y no podía quedarse de brazos cruzados. Así que, con un suspiro, salió a la tormenta, usando sus grandes alas para proteger a Rufino y a Gus del viento.
Juntos, los tres amigos lograron recuperar casi todos los boletos. Pero faltaba uno, ¡el boleto de Don Evaristo! Lo buscaron por todas partes, debajo de los caramelos caídos, entre las piruletas rotas, pero no lo encontraban.
La hora del sorteo se acercaba y la tristeza invadía el castillo. Don Evaristo estaba resignado, aunque en el fondo sentía una gran decepción. Rufino y Gus se sentían culpables por no haber podido proteger los boletos.
Justo cuando Rufino iba a anunciar los números ganadores, Gus gritó: "¡Esperen! ¡Lo encontré!" Había encontrado el boleto de Don Evaristo pegado a una hoja de menta, justo en el bolsillo de su pantalón. ¡Lo había guardado sin darse cuenta!
La alegría volvió al castillo. Rufino anunció los números ganadores y, ¡adivinen qué! ¡El boleto de Don Evaristo era el ganador! El búho sabio no podía creerlo. Saltó de alegría, abrazando a Rufino y a Gus. "¡Voy a poder abrir mi biblioteca!" exclamó, con lágrimas de felicidad en los ojos.
Don Evaristo invitó a Rufino y a Gus a acompañarlo en su viaje en globo sobre el Río de Chocolate. Desde arriba, pudieron ver todo Dulcelandia, brillante y colorida. Don Evaristo, en agradecimiento, prometió donar una gran colección de libros a la biblioteca del castillo, para que todos los niños dragones pudieran aprender y soñar.
Y así, Rufino, el dragón lotero, Gus, el gusano glotón, y Don Evaristo, el maestro bibliotecario, aprendieron que la amistad y la perseverancia son los verdaderos premios de la vida, mucho más valiosos que cualquier lotería.
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