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Gratis · elegí una vozMi hermano, Darío, parecía un dragón al que le habían apagado el fuego. Normalmente, sus escamas brillaban con la energía de mil soles, y siempre estaba listo para rugir de risa. Pero hoy, estaba sentado en su cama, con la cola enroscada alrededor de sus pies, cabizbajo.
"¿Qué te pasa, Darío?", le pregunté, acercándome con cuidado. Él suspiró, un suspiro que movió el flequillo de mi pelo.
"Peleé con Lucía," murmuró. Lucía era su enamorada, una dragona hermosa con escamas color amatista y una sonrisa que podía derretir glaciares. Siempre parecían tan felices juntos.
"¿Qué pasó?", pregunté, sentándome a su lado.
Darío explicó que habían tenido una discusión tonta sobre a qué montaña volar para ver el atardecer. Lucía quería ir a la Montaña de Cristal, famosa por sus destellos brillantes, pero Darío prefería la Montaña Susurrante, donde el viento cantaba canciones antiguas. La discusión había escalado hasta que ambos dijeron cosas que no querían decir.
"Ahora creo que está enojada conmigo," dijo Darío, con la voz apagada. "Tal vez ya no me quiera."
Ver a mi hermano tan triste me partió el corazón. Darío siempre había sido mi héroe, mi protector. Siempre sabía cómo hacerme reír y cómo defenderme de los monstruos debajo de la cama (que, según él, eran solo calcetines perdidos muy asustados). Ahora, era mi turno de ser su héroe.
"Tonterías, Darío," le dije, con la voz más segura que pude. "Lucía te quiere mucho. Solo están enojados el uno con el otro. A todos nos pasa a veces."
Darío no parecía convencido. "Pero... ¿y si arruiné todo?"
"No lo arruinaste," dije, poniéndome de pie. "Lo que necesitas es... ¡Helado mágico!"
Los ojos de Darío se abrieron un poco. "¿Helado mágico? ¿Existe eso?"
"¡Por supuesto!", exclamé, guiñándole un ojo. "Pero no es cualquier helado. Es un helado especial que mi abuela dragona solía hacer cuando alguien estaba triste. Tiene el poder de hacer que la gente se sienta mejor... ¡y de que recuerde lo mucho que se quieren!"
En realidad, no existía el helado mágico. Pero yo sabía que el helado siempre ayudaba a mejorar el ánimo. Bajé corriendo a la cocina y saqué la heladera. Abrí el congelador y encontré un bote de helado de fresa, el favorito de Darío.
Mientras tanto, busqué en el armario algunos ingredientes "mágicos". Encontré chispas de colores, trozos de chocolate y unas cerezas brillantes. Coloqué todo en una bandeja y volví corriendo a la habitación de Darío.
"¡Aquí está!", anuncié, presentando la bandeja con orgullo. "El Helado Mágico del Perdón y el Amor Eterno!"
Darío sonrió un poco al ver la bandeja. Empecé a preparar el helado. Puse dos bolas grandes en un tazón para Darío, lo cubrí con chispas, chocolate y una cereza en la parte superior. Hice lo mismo para mí.
"¡Ahora, la parte más importante!", dije, con un tono misterioso. "¡Tenemos que decir las palabras mágicas!"
"¿Palabras mágicas?", preguntó Darío, intrigado.
"Sí. Tenemos que decir... Aunque a veces discutamos, nuestro amor es más fuerte que el fuego de mil volcanes. Siempre nos perdonaremos y siempre nos querremos."
Darío y yo dijimos las palabras mágicas juntos. Luego, empezamos a comer el helado. Estaba delicioso. El dulce sabor de la fresa y las chispas me hicieron sentir feliz al instante. Y por la forma en que Darío estaba comiendo, parecía que también lo estaba disfrutando.
Después de un rato, Darío suspiró, pero esta vez no era un suspiro triste. Era un suspiro de satisfacción.
"Gracias," dijo. "Tenías razón. El helado es mágico."
"Lo sé," respondí, sonriendo. "Pero la verdadera magia está en ti y en Lucía. Solo necesitan hablar y recordar lo mucho que se quieren."
Darío asintió. Tomó su comunicador dragónico (que parecía un teléfono celular gigante con forma de escama) y marcó el número de Lucía. Lo escuché hablar con ella en voz baja, disculpándose por lo que había dicho y explicándole por qué quería ir a la Montaña Susurrante.
Después de un rato, colgó el comunicador y me miró con una gran sonrisa.
"¡Lucía me perdonó!", exclamó. "Vamos a volar a la Montaña Susurrante mañana. ¡Y después, iremos a la Montaña de Cristal!"
Me alegré mucho por Darío. Sabía que todo estaría bien. El helado mágico no había sido lo único que lo había ayudado. También había sido el amor que él y Lucía sentían el uno por el otro, y su disposición a perdonarse.
Esa noche, cuando me acosté, pensé en lo importante que era tener un hermano como Darío. Y también pensé en lo importante que era el helado de fresa. Quizás, después de todo, sí que tenía un poco de magia.
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