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Había una vez, en un pequeño y colorido pueblo catalán, una época del año donde el aire olía a buñuelos y la música no dejaba de sonar. Era el tiempo del Rey Carnestoltes, un personaje barrigudo, con una capa hecha de retazos de mil colores y una corona torcida que siempre parecía a punto de caerse de tanto bailar. Carnestoltes amaba la libertad, los disfraces y, sobre todo, que los niños no tuvieran que hacer los deberes durante una semana entera.
—¡Que empiece la fiesta! —gritó Carnestoltes un jueves larder, mientras repartía bocadillos de tortilla y butifarra de huevo a todo aquel que pasaba por la plaza. Los niños del pueblo, vestidos de piratas, astronautas y dragones, saltaban a su alrededor. En aquel reino, la única regla era que no había reglas. Se podía comer postre antes de la cena y llevar los calcetines de diferentes colores.
Sin embargo, no todos en el pueblo estaban contentos con tanto alboroto. En lo alto de una colina, en una casa de piedra donde nunca entraba el sol, vivía la Vieja Cuaresma. Era una mujer delgada como un fideo, con la cara arrugada como una pasa y una expresión de pocos amigos. Pero lo más extraño de ella no era su cara, sino sus piernas: ¡tenía siete piernas! Cada una representaba una semana de orden, silencio y, para desgracia de los niños, mucha verdura y nada de dulces.
La Vieja Cuaresma bajó al pueblo apoyada en su bastón, haciendo un ruido seco con sus siete pies: tap, tap, tap, tap, tap, tap, tap. Al llegar a la plaza, el silencio se apoderó de la fiesta. Carnestoltes, que estaba intentando hacer malabares con tres manzanas, se detuvo en seco.
—¡Basta de ruidos! ¡Basta de grasas y de risas tontas! —exclamó la Vieja Cuaresma con una voz que sonaba como hojas secas crujiendo—. Es hora de que vuelva el orden. Es hora de comer bacalao y garbanzos, de irse a la cama temprano y de guardar esos disfraces en el baúl.
Carnestoltes soltó una carcajada sonora que hizo vibrar su gran barriga. —¡Oh, vamos, doña Cuaresma! La vida es corta y el invierno es frío. Necesitamos el calor de la danza y el sabor del azúcar para aguantar hasta la primavera.
Los niños miraban asustados. No querían dejar de jugar, pero la autoridad de la Vieja Cuaresma era legendaria. Fue entonces cuando Pau, un niño de diez años vestido de caballero andante, dio un paso al frente.
—¿Por qué no celebramos un concurso? —propuso Pau—. Si Carnestoltes gana, la fiesta dura un mes más. Si gana la Vieja Cuaresma, aceptaremos comer espinacas sin protestar.
Ambos aceptaron el reto. La primera prueba fue de baile. Carnestoltes bailó una sardana frenética, saltando y girando, pero terminó tan cansado que se sentó en el suelo jadeando. La Vieja Cuaresma, con sus siete piernas, podía bailar sin cansarse nunca, moviéndose con una precisión matemática que dejó a todos boquiabiertos. Punto para la Vieja Cuaresma.
La segunda prueba fue de cocina. Carnestoltes preparó una montaña de llardons y cocas dulces que hacían la boca agua. La Vieja Cuaresma presentó un plato de bacalao con pasas y piñones. Aunque el plato de la vieja era saludable y nutritivo, el sabor de los dulces de Carnestoltes era irresistible. Punto para el Rey del Carnaval.
Estaban empatados. La última prueba decidiría el destino del pueblo. Debían contar la historia más increíble jamás escuchada. Carnestoltes contó leyendas de gigantes y dragones que escupían caramelos, haciendo que todos rieran a carcajadas. Pero cuando llegó el turno de la Vieja Cuaresma, ella no contó una historia de miedo, sino una historia sobre la paciencia. Habló de cómo las semillas duermen bajo la tierra fría durante el invierno, esperando en silencio el momento justo para brotar. Habló de cómo la espera hace que la llegada de la primavera sea mucho más dulce.
El pueblo se quedó pensativo. Entendieron que, aunque la fiesta era necesaria, el descanso y el orden también tenían su valor. Pero Carnestoltes, sintiendo que perdía su poder, comenzó a desvanecerse. Sus colores se volvían grises y su risa se apagaba.
—No llores, Carnestoltes —dijo Pau—. Prometemos que cada año te buscaremos para que vuelvas a traer la alegría. Pero ahora, necesitamos que la Vieja Cuaresma nos ayude a prepararnos para la primavera.
Carnestoltes aceptó su destino con una última sonrisa. Se leyó su testamento, un documento lleno de bromas donde dejaba sus mejores deseos a todos los niños, y se marchó entre una lluvia de confeti que se convirtió en polvo de estrellas. La Vieja Cuaresma se instaló en el centro de la plaza.
—Escuchad bien —dijo la vieja—. Cada domingo que pase, me cortaréis una de mis siete piernas. Cuando me quede sin ninguna, la primavera habrá llegado, y con ella, una nueva vida.
Los niños aprendieron una gran lección aquel año. Durante las siete semanas siguientes, cada domingo se reunían para quitarle una pierna de papel a la Vieja Cuaresma que habían dibujado en la escuela. Aprendieron a apreciar el silencio del invierno, el sabor del pan con aceite y sal, y la importancia de esperar.
Pero, sobre todo, aprendieron que la alegría de Carnestoltes no se iba del todo; se quedaba guardada en sus corazones, como una pequeña brasa que volvería a encenderse con más fuerza el próximo año, cuando el olor a butifarra volviera a inundar las calles y las siete piernas de la Vieja Cuaresma fueran solo un recuerdo de que todo tiene su tiempo bajo el sol.
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