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Había una vez, en un pequeño pueblo llamado Villalegre, un ambiente que vibraba con una energía especial. Los niños y niñas de la escuela, desde los más pequeñitos de tres años hasta los mayores de sexto, estaban emocionados. Se acercaba la semana más loca del año: ¡el Carnaval! En Villalegre, el Carnaval no era solo una fiesta, era la llegada de un personaje legendario, el Rey Carnestoltes. Carnestoltes era un hombre grandullón, con una barriga que subía y bajaba al ritmo de sus carcajadas. Vestía una capa hecha de retales de mil colores, un sombrero con cascabeles que sonaban clinc-clanc con cada paso y llevaba siempre un cetro que en realidad era una cuchara de madera gigante para probar todos los guisos de las fiestas.
Un lunes por la mañana, por los altavoces de la radio escolar, empezó a sonar una música de trompetas y tambores. ¡Era él! Carnestoltes entró en el patio bailando y gritando su pregón: ¡Escuchad, pequeños y grandes! ¡Esta semana nadie manda más que yo! ¡Ordeno que mañana todos vengan al colegio con un calcetín de cada color! ¡Y el miércoles, con la cara pintada como un animal salvaje!. Los niños aplaudían y saltaban de alegría. Durante esos días, el colegio se transformó. Las clases de matemáticas se hacían cantando y los recreos eran desfiles de disfraces imposibles. El Rey Carnestoltes recorría los pasillos repartiendo caramelos y contando chistes que hacían que hasta los profesores más serios soltaran una risotada.
Sin embargo, no todo el mundo estaba contento con tanto alboroto. En la montaña más alta y sombría que rodeaba el pueblo, vivía una señora muy distinta. Se llamaba la Vieja Cuaresma. A diferencia de Carnestoltes, ella era delgada como un fideo seco, vestía de negro y gris, y siempre llevaba un bacalao salado en una mano y un cesto de verduras en la otra. Pero lo más extraño de ella eran sus piernas: ¡tenía siete piernas! Una para cada semana que planeaba imponer su orden y silencio después de la fiesta.
Desde su ventana, la Vieja Cuaresma miraba hacia el colegio con el ceño fruncido. ¡Demasiado ruido! ¡Demasiada azúcar! ¡Demasiados colores!, protestaba mientras golpeaba el suelo con su bastón. Es hora de que llegue la austeridad, el pescado y las verduras. ¡Se acabó la diversión!. El jueves de Carnaval, mientras los niños celebraban el Jueves Lardero comiendo tortilla y butifarra, una sombra fría cruzó el patio. Era la Vieja Cuaresma que bajaba de la montaña. Sus siete piernas caminaban a un ritmo militar: Zas, zas, zas.
El Rey Carnestoltes, que estaba intentando hacer un truco de magia con confeti, se detuvo. ¡Vaya, vaya! Pero si es mi vieja amiga, dijo con una sonrisa burlona. ¿Vienes a bailar un poco?. La Vieja Cuaresma lo miró con severidad. Vengo a poner fin a este caos, Carnestoltes. Tu tiempo se acaba. El Miércoles de Ceniza está cerca y entonces seré yo quien mande. Los niños se quedaron en silencio, mirando a los dos personajes. Los de tres años se escondían un poco tras sus maestros, mientras que los de doce observaban con curiosidad el enfrentamiento.
¡No seas aburrida!, gritó Carnestoltes lanzando un puñado de serpentinas al aire. ¡La vida es para disfrutarla!. Pero la Vieja Cuaresma no se inmutó. Sacó un calendario gigante y señaló el próximo miércoles. Disfruta mientras puedas, Rey de los Locos, porque mis siete piernas están listas para marchar. Durante los días siguientes, se libró una batalla invisible pero divertida. Carnestoltes pedía más música; la Cuaresma soplaba vientos fríos para que los niños entraran a clase. Carnestoltes ordenaba comer chocolate; la Cuaresma hacía aparecer espinacas en el menú del comedor.
Llegó el martes de Carnaval, el día del gran desfile. Todo el pueblo estaba en la calle. Había piratas, astronautas, hadas y dinosaurios. La radio escolar transmitía en directo desde una carroza. Carnestoltes bailaba en lo más alto, pero se le veía un poco más cansado. Sus cascabeles ya no sonaban tan fuerte. Sabía que su reinado era corto. Al caer el sol, en la plaza principal, se encontró de nuevo con la Vieja Cuaresma. Ella se veía más fuerte que nunca, apoyada en sus siete extremidades.
Ha llegado el momento, dijo ella con voz ronca. Carnestoltes suspiró, pero no estaba triste. Está bien, vieja amiga. He cumplido mi misión. He traído la risa y el color al corazón de estos niños. Ahora necesitan descansar y comer sano para crecer fuertes. Con un gesto solemne, Carnestoltes le entregó su cuchara de madera. En ese instante, una nube de humo de colores envolvió al Rey y, cuando se disipó, él había desaparecido, dejando solo un rastro de purpurina en el suelo.
La Vieja Cuaresma se giró hacia los niños. Ahora, escuchadme bien. Durante las próximas siete semanas, cada viernes, os quitaré una de mis piernas. Será una cuenta atrás. Comeremos bacalao, verduras y aprenderemos a estar en calma. Pero no estéis tristes, añadió con una pequeña sonrisa que casi nadie vio, porque cuando me quede sin piernas, significará que la primavera ha llegado y que habréis aprendido que después de la locura, viene la paz.
Al día siguiente, Miércoles de Ceniza, el colegio estaba más tranquilo. En la entrada, los niños habían colgado un dibujo gigante de la Vieja Cuaresma con sus siete piernas recortables. Cada viernes, el alumno más pequeño y el más mayor de la escuela se juntaban para cortarle una pierna. La radio escolar, en lugar de tambores, ponía música suave de piano y leía poemas sobre la naturaleza. Los niños aprendieron que el Carnaval es maravilloso porque termina, y que la espera de la Cuaresma hace que el próximo año la llegada de Carnestoltes sea aún más especial. Y así, entre el sabor de la naranja y el aroma del bacalao, Villalegre descubrió que en la vida hay tiempo para reír a carcajadas y tiempo para soñar en silencio.
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