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Gratis · elegí una vozEn un valle escondido, donde las montañas susurraban secretos al viento, se extendía un cementerio muy peculiar: ¡un cementerio de trenes! Locomotoras oxidadas, vagones sin ruedas y vías cubiertas de hierba creaban un paisaje melancólico. Se decía que allí vivía un duende llamado Tito, famoso por causar terror a las parejas enamoradas que osaban acercarse al lugar.
Tito no era un duende malvado, ¡ni mucho menos! Era solo un duende… solitario. Ver a las parejas tomadas de la mano, riendo y compartiendo helados, le recordaba lo solo que estaba. Él también quería un amigo, alguien con quien compartir aventuras entre las locomotoras y los vagones abandonados. Pero en lugar de buscar amistad, Tito, impulsado por un poquito de envidia y mucha torpeza, se dedicaba a gastar bromas.
Usaba su magia para hacer que los helados de las parejas se derritieran al instante, que las flores que se regalaban se marchitaran en un abrir y cerrar de ojos, o incluso, que las vías del tren parecieran moverse debajo de sus pies, provocando un buen susto. Por supuesto, todo esto hacía que las parejas huyeran despavoridas, jurando no volver jamás al cementerio de trenes.
Una tarde, llegó al cementerio de trenes una pareja diferente. Se llamaban Sofía y Martín. Sofía era una niña curiosa, con el cabello como el sol y una sonrisa que iluminaba todo a su alrededor. Martín era un niño amable, con ojos color chocolate y una paciencia infinita. No eran novios, solo amigos, pero les encantaba explorar lugares nuevos juntos. Sofía había leído sobre el cementerio de trenes en un libro de leyendas y convenció a Martín para ir a visitarlo.
Al llegar, el cementerio les pareció fascinante. Caminaron entre las locomotoras gigantes, imaginando historias sobre los viajes que habían hecho esos trenes. De repente, ¡puf! El helado de fresa de Sofía se derritió por completo, manchándole la mano.
"¡Oh, no!", exclamó Sofía, intentando limpiarse. Martín, con una sonrisa, le ofreció su pañuelo. Justo en ese momento, una ráfaga de viento arremolinó hojas secas alrededor de sus pies, haciéndoles cosquillas. Luego, las vías del tren parecieron vibrar, provocando un pequeño temblor.
"¡Qué raro!", dijo Martín, un poco asustado. Sofía, sin embargo, se echó a reír. "¡Creo que es el duende del cementerio! ¡La leyenda dice que le gusta asustar a la gente!"
Martín, aunque nervioso, decidió seguirle el juego. "¡Hola, duende!", gritó a la nada. "¡Sabemos que estás ahí!"
Desde detrás de una locomotora gigante, apareció Tito, con su gorro puntiagudo y sus zapatos de madera. Estaba un poco sorprendido de que no hubieran huido.
"¿No tienen miedo?", preguntó Tito, con voz temblorosa.
Sofía se acercó a él con una sonrisa. "Un poquito", admitió. "Pero más curiosidad. ¿Por qué haces estas cosas?"
Tito se encogió de hombros. "Porque… porque estoy solo", murmuró. "Todos los demás tienen amigos, y yo… yo solo tengo trenes oxidados".
Sofía y Martín se miraron con comprensión. "Nosotros también podemos ser tus amigos", dijo Martín con sinceridad.
Tito se quedó boquiabierto. "¿De verdad?"
"¡Claro!", respondió Sofía. "Podemos explorar el cementerio de trenes juntos. Tú nos enseñas tus lugares favoritos y nosotros te contamos historias sobre nuestros viajes".
Tito sonrió tímidamente. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa de alegría en su corazón. A partir de ese día, Tito dejó de gastar bromas a las parejas. En cambio, se convirtió en el mejor guía del cementerio de trenes. Les mostraba los túneles secretos, les contaba historias sobre los maquinistas y les enseñaba a identificar las diferentes locomotoras.
Sofía y Martín visitaban a Tito todos los fines de semana. Jugaban al escondite entre los vagones, hacían picnics a la sombra de las locomotoras y escuchaban las historias del duende. Tito ya no se sentía solo. Había encontrado amigos verdaderos, y el cementerio de trenes, antes un lugar de terror, se había convertido en un lugar de alegría y amistad. Y a veces, muy de vez en cuando, Tito usaba su magia para hacer aparecer helados de fresa… ¡que nunca se derretían!
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