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Pedro era un niño muy alegre al que le encantaba ayudar en casa. Un día, su mamá le dijo: "Pedro, ¿podrías ir a la panadería a comprar pan y facturas para la merienda?" Pedro, con una sonrisa de oreja a oreja, asintió con entusiasmo. "¡Claro que sí, mamá!" exclamó. Tomó la canasta de mimbre y salió corriendo hacia la panadería, que quedaba a solo dos cuadras de su casa.
Al llegar a la panadería, el delicioso aroma a pan recién horneado y dulce de leche lo invadió. ¡Mmm! Pedro respiró hondo, disfrutando del olor. La panadería estaba llena de gente, pero Pedro esperó pacientemente su turno. Cuando finalmente llegó al mostrador, saludó a la panadera, Doña Elena, con una gran sonrisa. "¡Hola, Doña Elena! Quiero un pan francés y una docena de facturas, por favor." Doña Elena, una señora muy amable con el pelo blanco recogido en un moño, le sonrió a Pedro. "¡Hola, Pedro! ¿Qué facturas quieres? Tenemos de crema pastelera, dulce de leche, membrillo y… ¡ah! Hoy horneamos unas especiales de chocolate." Los ojos de Pedro se iluminaron. "¡De chocolate! Quiero cuatro de chocolate, cuatro de dulce de leche y cuatro de crema pastelera, por favor." Doña Elena preparó el pedido con cuidado y lo colocó en una bolsa de papel. Pedro pagó con el dinero que le había dado su mamá y salió de la panadería con la canasta llena de pan y facturas.
Mientras caminaba de regreso a casa, el aroma de las facturas era tan tentador que a Pedro le costaba resistirse. Pensó: "¡Solo una, nadie se dará cuenta!" Abrió la bolsa con cuidado y sacó una factura de chocolate. ¡Qué deliciosa! Estaba tan concentrado en saborear la factura que no se dio cuenta de que un pequeño perro callejero lo seguía. El perro, al ver a Pedro con la bolsa de facturas, comenzó a ladrar suavemente, moviendo la cola. Pedro se asustó un poco al principio, pero luego vio que el perro solo quería un poco de factura. Sintió lástima por el animalito y pensó: "Bueno, puedo compartir una factura con él. Hay muchas." Le ofreció un pequeño trozo de la factura de chocolate al perro, que lo devoró en un instante. El perro, agradecido, lamió la mano de Pedro.
Pedro continuó su camino, sintiéndose bien por haber compartido su factura. Pero ahora, el aroma de las facturas era aún más irresistible. "¡Ay, no! Otra factura no le hará daño a nadie," pensó. Sacó una factura de dulce de leche y le dio un mordisco. ¡Qué rica! En ese momento, vio a una anciana sentada en un banco de la plaza, con aspecto cansado. Pedro sintió pena por ella y se acercó. "Buenos días, señora. ¿Le gustaría una factura?" La anciana lo miró con sorpresa. "¿Para mí? Oh, jovencito, eres muy amable. Muchas gracias." Pedro le ofreció la factura de dulce de leche y la anciana la aceptó con una sonrisa. "Que Dios te bendiga, hijo," le dijo.
Pedro siguió caminando, sintiéndose muy feliz por haber ayudado a la anciana. Pero ahora, en la bolsa solo quedaban unas pocas facturas. "Mmm, una más y ya está," se dijo a sí mismo. Sacó una factura de crema pastelera y le dio un mordisco. Estaba tan delicioso que cerró los ojos para disfrutarlo mejor. Al abrir los ojos, se dio cuenta de que había llegado a la esquina de su casa. ¡Oh, no! Había comido tres facturas y compartido otras dos. ¿Qué iba a decirles a su mamá y a sus hermanos?
Llegó a casa con la canasta y le entregó la bolsa a su mamá. "Aquí tienes el pan y las facturas, mamá," dijo con la voz un poco temblorosa. Su mamá abrió la bolsa y frunció el ceño. "Pedro, ¿dónde están las doce facturas? Aquí solo hay siete." Pedro, muy avergonzado, bajó la cabeza. "Lo siento, mamá. Es que… me comí algunas y compartí otras." Le contó a su mamá todo lo que había pasado: el perro callejero, la anciana en el banco… Su mamá lo escuchó con atención y luego sonrió. "Pedro, eres un niño muy generoso. Me alegra que hayas compartido las facturas con quienes lo necesitaban. Pero la próxima vez, pídele permiso antes de comerlas, ¿de acuerdo?"
Los hermanos de Pedro, al escuchar la historia, se rieron a carcajadas. Pero también se sintieron orgullosos de él. Al final, compartieron las facturas que quedaban y todos disfrutaron de una deliciosa merienda. Pedro aprendió una valiosa lección ese día: es bueno ser generoso, pero también es importante ser responsable y pedir permiso. Y aunque comió algunas facturas de más, supo que la alegría de compartir con los demás era mucho más dulce que cualquier pastel.
Al día siguiente, Pedro volvió a la panadería con su mamá. Le pidieron a Doña Elena una nueva docena de facturas, esta vez, ¡para compartir con el perro callejero y la anciana de la plaza! Y, por supuesto, Pedro se aseguró de pedir permiso antes de probar una.
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