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El aire de noviembre en el pequeño pueblo de San Gabriel siempre olía a una mezcla dulce de copal, pan de muerto y flores de cempasúchil. En la escuela primaria, los preparativos para el Día de Muertos estaban en su apogeo. Mateo, un niño de diez años con una curiosidad que a veces superaba su prudencia, se había quedado hasta tarde en el patio central terminando de colgar intrincados diseños de papel picado. Su mejor amiga, Ximena, lo ayudaba desde abajo, sosteniendo la escalera con firmeza.
—Ya casi terminamos, Mateo —dijo Ximena, ajustando su chaqueta verde—. Pero date prisa, el sol se está ocultando y mi abuela dice que en estas fechas los portales entre los mundos se vuelven delgados como una hoja de papel.
Mateo soltó una risita valiente. —Son solo leyendas, Ximena. Además, la escuela es el lugar más seguro del mundo.
Sin embargo, justo cuando el último rayo de sol desapareció tras las montañas, un lamento melancólico recorrió los pasillos vacíos. No era el viento, ni el crujido de los árboles. Era un sollozo profundo, cargado de una tristeza tan antigua como el tiempo. Mateo bajó de la escalera, con el corazón latiendo con fuerza. Cerca de la vieja fuente de piedra del patio, vio una silueta envuelta en una neblina blanquecina. Era una mujer con un vestido colonial blanco, rasgado en los bordes, y una cabellera negra larguísima que parecía flotar en el aire.

—¿Mis hijos? —susurró la mujer, volviéndose hacia Mateo. Sus ojos no eran aterradores, sino que reflejaban una soledad infinita. Antes de que Mateo pudiera reaccionar, la mujer se acercó con una rapidez sobrenatural y tomó su mano. Su tacto era frío como el mármol, pero no doloroso. En ese momento, una densa niebla envolvió el patio, borrando las paredes de la escuela.
Ximena, que se había quedado paralizada por un segundo, vio cómo su amigo era guiado hacia la salida por la espectral figura. —¡Mateo! —gritó, pero su voz pareció perderse en el eco. Sin pensarlo dos veces, Ximena corrió tras ellos. Sabía que no podía dejar a su amigo solo, sin importar el miedo que sintiera.
La Llorona, sumida en su propio dolor, no veía a Mateo como un extraño, sino como el reflejo de lo que había perdido. Lo llevó por las calles empedradas de San Gabriel, que ahora parecían transformadas en un paisaje onírico donde las velas de las ofrendas brillaban con una intensidad mágica. Mateo intentaba hablar, pero la tristeza de la mujer era tan pesada que le quitaba el aliento. Sin embargo, no sentía maldad en ella, solo un extravío profundo.
Ximena los alcanzó cerca del cementerio, donde las flores de cempasúchil formaban un camino naranja vibrante. Recordó lo que su abuela le había enseñado: los espíritus del Día de Muertos no vienen a dañar, sino a recordar y ser recordados. —¡Espera! —exclamó Ximena, interponiéndose en su camino. Llevaba en sus manos una flor de cempasúchil que había recogido de la ofrenda de la escuela.

—Señora —dijo Ximena con voz temblorosa pero firme—, Mateo no es quien busca, pero usted no está olvidada. Mire las luces, mire las flores. Hemos preparado un lugar para que descanse y sepa que sus hijos están en paz.
La Llorona se detuvo. Miró a la niña y luego a Mateo. La luz de las velas del cementerio iluminó el rostro de la mujer, revelando una belleza triste. Ximena le entregó la flor de pétalos dorados. Al tocarla, la frialdad de la Llorona comenzó a transformarse en un calor suave. La niebla empezó a disiparse.
—La amistad es el puente que nos trae de vuelta —susurró Mateo, recuperando el habla al sentir el apoyo de su amiga. Tomó la mano de Ximena, y juntos le mostraron a la aparición el camino de regreso a la luz de las ofrendas.
La Llorona soltó la mano de Mateo. Por primera vez, una paz serena cruzó su rostro. Con un suspiro que sonó como el roce de las hojas secas, se desvaneció en una lluvia de pétalos de cempasúchil, dejando tras de sí solo el aroma del copal. Mateo y Ximena regresaron a la escuela, caminando hombro con hombro bajo la luz de la luna. Comprendieron que el Día de Muertos no era para temer, sino para honrar los lazos que ni siquiera la muerte puede romper.
La verdadera amistad es la luz que nos guía de vuelta cuando nos perdemos en las sombras.
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