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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de montañas color esmeralda, un niño llamado Mateo. Mateo era un niño lleno de energía, pero también, era un niño muy malagradecido. Sus padres, Sofía y Ricardo, lo amaban con todo su corazón y siempre se esforzaban por darle lo mejor. Le compraban juguetes, lo llevaban al parque, le contaban cuentos antes de dormir, pero Mateo nunca parecía estar contento. Siempre quería más, siempre se quejaba, siempre pensaba que lo que sus padres hacían por él era simplemente su obligación.
"¡Quiero un videojuego nuevo! ¡El que tengo ya es aburrido!" gritaba Mateo, tirando el mando al suelo. Sofía, con paciencia, le explicaba que no podían comprarle todo lo que quería, que el dinero era para las cosas importantes, como la comida y la casa. Pero Mateo no entendía, o mejor dicho, no quería entender.
Ricardo, su padre, era un hombre trabajador y silencioso. Siempre llegaba cansado del trabajo, pero nunca dejaba de dedicarle tiempo a Mateo. Le ayudaba con los deberes, jugaba al fútbol en el jardín, e incluso le enseñaba a construir aviones de papel. Pero Mateo, en lugar de agradecerlo, se burlaba de su padre. "¡Qué lento eres, papá! ¡Nunca haces nada bien!" le decía, sin importarle lo que sintiera su padre.
Un día, Sofía comenzó a sentirse mal. Al principio, solo era un poco de cansancio y dolor de cabeza, pero poco a poco, su estado empeoró. Se sentía débil, tenía fiebre y tosía sin parar. Ricardo, preocupado, la llevó al médico, quien le diagnosticó una enfermedad grave. Sofía tuvo que ser hospitalizada.
Cuando Ricardo le contó a Mateo lo que estaba pasando, el niño no le creyó. "¡Es una broma, verdad? ¡Mamá está bien! Seguro que solo está fingiendo para que me porte bien!" dijo Mateo, riendo. Ricardo, con lágrimas en los ojos, le explicó que no era una broma, que su madre estaba realmente enferma y que necesitaban su apoyo. Pero Mateo seguía sin entender la gravedad de la situación.
Los días que siguieron fueron terribles. Ricardo pasaba la mayor parte del tiempo en el hospital, cuidando de Sofía. Mateo se quedaba solo en casa, jugando a videojuegos y comiendo comida rápida. A veces, Ricardo lo llevaba al hospital para que viera a su madre, pero Mateo se aburría y se quejaba de que el hospital olía mal y de que no podía jugar allí.
Sofía, a pesar de su enfermedad, siempre se preocupaba por Mateo. Le preguntaba cómo le iba en el colegio, si estaba comiendo bien, si se estaba portando bien. Le pedía que le diera un beso y un abrazo, y le decía que lo amaba con todo su corazón. Mateo, a regañadientes, le daba un beso rápido y se iba corriendo a jugar.
Una noche, Ricardo llegó a casa con el rostro pálido y los ojos hinchados de tanto llorar. Se sentó junto a Mateo en el sofá y, con voz temblorosa, le dijo: "Mateo, tu madre… tu madre se ha ido." Mateo se quedó paralizado. No entendía lo que su padre le estaba diciendo. "¿Se ha ido? ¿A dónde? ¿Volverá pronto?" preguntó, con la voz entrecortada.
Ricardo lo abrazó con fuerza y le explicó que su madre se había ido para siempre, que había muerto. Mateo no podía creerlo. Su madre, la persona que siempre lo había amado y cuidado, ya no estaba. Un dolor profundo e intenso invadió su corazón. Por primera vez en su vida, Mateo sintió el verdadero significado de la pérdida.
Los días que siguieron fueron aún más difíciles. La casa estaba vacía y silenciosa. Mateo extrañaba la voz de su madre, sus abrazos, sus besos, sus cuentos antes de dormir. Extrañaba incluso sus regaños. Se dio cuenta de que nunca le había agradecido lo suficiente por todo lo que había hecho por él. Se arrepentía de haber sido tan malagradecido, tan egoísta, tan insensible.
Un día, mientras ordenaba las cosas de su madre, Mateo encontró una carta dirigida a él. La abrió con manos temblorosas y comenzó a leer. En la carta, Sofía le decía cuánto lo amaba, que siempre estaría orgullosa de él, y que esperaba que aprendiera a valorar las cosas importantes de la vida. Le pedía que fuera bueno, que fuera generoso, y que nunca olvidara el amor que ella y su padre le habían dado.
Las palabras de su madre lo conmovieron profundamente. Mateo se dio cuenta de que había desperdiciado mucho tiempo siendo malagradecido y egoísta. Prometió que a partir de ese día, cambiaría su actitud y se esforzaría por ser una mejor persona. Comenzó a ayudar a su padre en las tareas de la casa, a estudiar con dedicación, y a ser más amable y considerado con los demás. Aprendió el valor del agradecimiento y el amor.
Mateo nunca olvidó a su madre. Siempre la recordaba con cariño y gratitud. Sabía que, aunque ya no estuviera físicamente presente, su amor seguiría guiándolo y protegiéndolo. Y aprendió una valiosa lección: nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Por eso, es importante valorar y agradecer a las personas que nos aman y nos cuidan, porque nunca sabemos cuánto tiempo las tendremos a nuestro lado.
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