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El sol de la tarde caía sobre el parque, tiñendo de dorado las hojas de los robles. Leo, Sofía y Mateo estaban sentados en su banco de siempre, el que tenía grabadas las iniciales de sus nombres de cuando eran más pequeños. Sin embargo, ese día, el ambiente se sentía diferente, como una cuerda de guitarra tensada a punto de romperse.
Leo, con su energía habitual, no paraba de hablar. Estaba emocionado por el festival de música que se celebraría el próximo fin de semana. —¡Tío, va a ser increíble! —exclamaba, moviendo las manos con entusiasmo—. He conseguido las entradas en primera fila. Los 'Riffs' van a tocar todas sus canciones nuevas. Sofi, tienes que venir con ese vestido azul que te pusiste en tu cumple, ¡seremos el grupo más guay del sitio!
Sofía, que solía ser la primera en apuntarse a cualquier plan, apenas levantó la vista de su cuaderno de bocetos. Sus dedos sostenían el carboncillo con flojera, trazando líneas sin sentido en la esquina de la página. —Sí, Leo, suena genial —respondió con una voz que parecía venir de muy lejos, apagada y sin brillo.
Mateo, que siempre había sido el más observador de los tres, notó que algo no encajaba. Vio cómo Sofía evitaba el contacto visual y cómo sus hombros estaban ligeramente encogidos, como si intentara hacerse pequeña para desaparecer. Mientras Leo seguía enumerando las bandas que participarían, Mateo le dio un suave codazo y le hizo una señal con la cabeza hacia Sofía. Pero Leo estaba en su propio mundo de guitarras eléctricas y luces de neón.
—Y lo mejor de todo —continuó Leo, ignorando la señal— es que después del concierto podemos ir a cenar hamburguesas a ese sitio nuevo. Sofi, ¿no vas a decir nada? Estás muy callada hoy.
Sofía cerró su cuaderno de golpe. El sonido seco resonó en el silencio del parque. —No sé si podré ir, Leo. Realmente no tengo muchas ganas de pensar en conciertos ahora —dijo, y su voz tembló un poco al final.

Leo frunció el ceño, confundido. —¿Cómo que no tienes ganas? ¡Es el evento del año! No seas aburrida, seguro que si vienes se te pasa la tontería.
Mateo sintió un pinchazo de incomodidad. Sabía que Leo no lo decía con maldad, pero sus palabras estaban cayendo como piedras sobre alguien que ya estaba hundido. —Oye, Leo —intervino Mateo con calma—, ¿por qué no vamos un momento a por unos granizados? Me apetece mucho uno de limón.
Leo aceptó a regañadientes, y mientras se alejaban unos metros hacia el puesto de bebidas, Mateo se detuvo y puso una mano en el hombro de su amigo. —Tío, para un segundo. ¿No te das cuenta de que Sofía está mal?
Leo se rascó la nuca, sorprendido. —¿Mal? Solo está un poco seria. Seguro que es por el examen de mates de mañana.
—No es el examen, Leo —susurró Mateo—. Ayer me enteré de que su perro, Lucas, está muy enfermo. Lleva años con ella, es como su familia. Imagina cómo te sentirías tú si tuvieras que despedirte de algo que quieres tanto. No necesita que le hables de conciertos ruidosos; necesita sentir que entendemos su tristeza.
Leo se quedó mudo. La imagen de Sofía triste empezó a cobrar un sentido nuevo en su mente. Recordó las veces que ella lo había escuchado a él cuando sus padres se divorciaron, simplemente estando allí, sin juzgar. Sintió una punzada de arrepentimiento. Había estado tan lleno de sus propias palabras que no había dejado espacio para los sentimientos de su amiga.

Cuando regresaron al banco, Leo ya no hablaba de música. Se sentó al lado de Sofía, guardando una distancia respetuosa, y simplemente se quedó en silencio un momento. Mateo se sentó al otro lado. El bullicio del parque parecía desvanecerse.
—Sofi —dijo Leo suavemente, esta vez con una voz que no buscaba impresionar, sino conectar—. Mateo me ha contado lo de Lucas. Lo siento muchísimo. No me había dado cuenta de que estabas pasando por eso y me he portado como un idiota hablando de fiestas.
Sofía levantó la vista y sus ojos estaban empañados en lágrimas. —Es que... me siento muy sola en casa, Leo. Todo está tan callado sin sus ladridos.
Leo no intentó darle una solución mágica ni decirle que no estuviera triste. Simplemente le puso una mano sobre el brazo. —No tienes que ir al concierto si no quieres. Si prefieres que nos quedemos aquí sentados, o si quieres ir a caminar por el río donde a Lucas le gustaba correr, lo haremos. Estamos contigo, ¿vale?
Mateo asintió y abrió su propia mochila. —He traído las fotos que hicimos el verano pasado en la playa. ¿Te acuerdas de cuando Lucas intentó cazar una ola y acabó empapado?
Sofía soltó una pequeña risa entrecortada, una chispa de luz real volviendo a su rostro. Durante la siguiente hora, no hablaron de planes futuros ni de ruidos externos. Hablaron de recuerdos, de la tristeza y de lo que significaba perder a un amigo fiel. Leo aprendió que la empatía no es solo entender lo que el otro siente, sino estar dispuesto a caminar a su lado en la oscuridad hasta que encuentre la salida. Al final de la tarde, mientras el sol se ocultaba, los tres amigos se abrazaron. No hacía falta decir nada más; el silencio ya no era incómodo, era el refugio donde su amistad se había hecho, por fin, irrompible.
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