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Gratis · elegí una vozYanina y su padre, Don Mateo, vivían en Huaraz, a la sombra imponente del Huascarán. Desde que Mamá Celia se fue al cielo, la alegría se había apagado en su casita de adobe. Don Mateo, antes un hombre de risa fácil, ahora tenía la mirada fija en las montañas, como si buscara a Celia entre las nubes. Yanina, con sus trenzas negras como la noche y ojos brillantes como el sol de la mañana, intentaba llenar el vacío, pero el eco de la ausencia era demasiado fuerte.
Un día, Huaraz se vistió de fiesta. Era la procesión del Señor de la Soledad, y el pueblo entero se congregó en la plaza principal. El aire vibraba con el sonido de las bandas de músicos, el aroma del incienso y el colorido de los trajes típicos. Don Mateo, con el rostro sombrío, llevó a Yanina a la plaza. Ella, aunque triste, sentía una chispa de curiosidad ante el bullicio.
La plaza era un torbellino de gente. Vendedores ambulantes ofrecían anticuchos humeantes y chicha morada. Las señoras, con sus polleras bordadas de flores andinas, charlaban animadamente. Los niños corrían y reían, ajenos a la tristeza que embargaba a Yanina. En el centro de la plaza, frente a la iglesia colonial de piedra blanca, se preparaban los danzantes.
Cuando la procesión terminó, la música se intensificó y los Shacshas, con sus trajes adornados con cascabeles y espejos, irrumpieron en la plaza. Sus pies golpeaban el suelo con fuerza, levantando polvo y haciendo vibrar el corazón de Yanina. Don Mateo observaba la danza con una expresión indescifrable. Parecía perdido en sus recuerdos.
Pero pronto, algo cambió en su rostro. Al ver a un danzante que parecía ejecutar los pasos sin pasión, con desgano, Don Mateo se acercó a él y le gritó: "¡No bailas con el corazón! ¡Los Shacshas danzan por la tierra, por la vida, por la memoria de nuestros ancestros! ¡No puedes bailar así, sin respeto!"
Los otros danzantes se detuvieron, sorprendidos por la arremetida de Don Mateo. Se formó un pequeño tumulto. Yanina, asustada, trató de jalar a su padre, pero él estaba enfurecido. La discusión se intensificó. Don Mateo, con la voz llena de dolor y rabia, les reprochaba la falta de fervor, la pérdida de la tradición. Finalmente, Yanina logró apartarlo de la multitud y lo llevó a casa.
Al día siguiente, Don Mateo le anunció a Yanina que se iría a trabajar a Yungay, como guardaparques en el Parque Nacional Huascarán. “Necesito estar cerca de las montañas, Yanina. Necesito respirar el aire puro y sentir la fuerza de la naturaleza”, le dijo con la voz temblorosa. Yanina, aunque triste por la partida de su padre, entendió su necesidad de encontrar consuelo en la inmensidad de las montañas.
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses. Yanina extrañaba a su padre terriblemente. Lo visitaba cada vez que podía, viajando en autobús hasta Yungay y caminando luego por los senderos empinados hasta la caseta de guardaparques. Don Mateo parecía más tranquilo allí, rodeado de picos nevados y lagunas cristalinas. Pero la sombra de la tristeza aún se vislumbraba en sus ojos.
Una tarde, un estruendo sacudió el valle. Un terremoto, seguido de un alud devastador, sepultó Yungay bajo una avalancha de lodo y rocas. Yanina, al enterarse de la noticia, sintió que el corazón se le partía en mil pedazos. Corrió a Yungay, desesperada por encontrar a su padre.
Lo que encontró fue desolación y muerte. Yungay ya no existía. Era un mar de lodo gris, salpicado de escombros y cuerpos sin vida. Yanina, con la ayuda de los rescatistas, buscó a Don Mateo incansablemente. Cavó con sus manos, gritó su nombre hasta quedarse sin voz, pero solo encontró silencio.
Finalmente, lo encontró. Estaba cerca de la caseta de guardaparques, aferrado a una pequeña estatua de la Virgen de las Nieves. Su rostro estaba sereno, como si hubiera encontrado la paz al fin. Yanina se arrodilló junto a él y lloró. Lloró por su padre, por su madre, por Yungay, por la pérdida de la alegría. Sus lágrimas se mezclaron con el lodo, formando un charco de tristeza infinita. El eco triste del huaylash, la danza perdida de Yanina, resonaba en el silencio del valle.
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