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Gratis · elegí una vozEli, un elefantito con orejas enormes y una trompa aún más grande, era conocido en toda la sabana por su curiosidad insaciable. Le encantaba explorar, olfatear cada flor y perseguir mariposas de colores brillantes. Pero lo que más le gustaba era jugar con su pelota roja. Era su posesión más preciada, un regalo de su abuela elefanta, y pasaba horas pateándola, lanzándola al aire y corriendo tras ella.
Un día soleado, mientras jugaba cerca del gran árbol baobab, Eli pateó la pelota con todas sus fuerzas. La pelota salió disparada, rebotando entre las raíces del árbol y rodando… ¡rodando muy lejos! Eli corrió tras ella, pero la pelota desapareció entre la alta hierba. “¡Oh, no!”, exclamó Eli, con la trompa caída. “¡Mi pelota!”
Después de buscar por un rato, Eli se dio cuenta de que su pelota se había perdido de verdad. Estaba muy triste, pero su curiosidad era más fuerte que su pena. Decidió emprender un viaje para encontrarla. “¡La encontraré, aunque tenga que cruzar toda la sabana!”, se prometió a sí mismo.
Así, Eli comenzó su aventura. Primero, se encontró con una familia de cebras rayadas. “¡Hola!”, saludó Eli. “¿Han visto una pelota roja por aquí?”. Las cebras, que estaban ocupadas comiendo hierba, negaron con la cabeza. “Lo sentimos, elefantito. No hemos visto ninguna pelota, pero te deseamos suerte en tu búsqueda”, dijeron amablemente.
Eli continuó su camino y llegó a un estanque donde descansaba una familia de hipopótamos. Los hipopótamos, con sus enormes cuerpos sumergidos en el agua, lo miraron con curiosidad. “¡Hola!”, dijo Eli tímidamente. “Estoy buscando mi pelota roja. ¿La han visto?”. La hipopótama más grande bostezó. “Una pelota roja, dices… Hmm, no la hemos visto, pero quizás la tortuga anciana, Doña Tortuga, sepa algo. Ella vive en el otro lado del estanque y lo ve todo”.
Eli agradeció a los hipopótamos y se dirigió al otro lado del estanque. Allí encontró a Doña Tortuga, sentada sobre una roca tomando el sol. Doña Tortuga era muy vieja y sabia, y conocía todos los secretos de la sabana. “¡Hola, Doña Tortuga!”, saludó Eli respetuosamente. “Estoy buscando mi pelota roja. ¿La ha visto?”. Doña Tortuga abrió un ojo lentamente y miró a Eli con sus ojos sabios. “Sí, elefantito. He visto tu pelota. El viento la llevó hacia el río”.
Eli se sintió aliviado. “¡El río!”, exclamó. “¡Gracias, Doña Tortuga!”. Se despidió de la tortuga y corrió hacia el río. Al llegar a la orilla, vio algo rojo flotando en el agua. ¡Era su pelota! Pero la corriente era muy fuerte y la pelota se alejaba rápidamente. Eli no sabía qué hacer.
De repente, escuchó un fuerte graznido. Era un grupo de patos salvajes que volaban sobre el río. “¡Hola!”, gritó Eli. “¡Ayúdenme! ¡Mi pelota se está escapando!”. Los patos, al ver la desesperación de Eli, decidieron ayudarlo. Uno de los patos, el más valiente, se zambulló en el agua y nadó hasta la pelota. Con su pico, empujó la pelota hacia la orilla, donde Eli la esperaba ansiosamente.
Eli estaba muy feliz. “¡Gracias, gracias!”, les dijo a los patos, tomando su pelota con la trompa. “¡Son los mejores amigos que un elefantito podría tener!”. Los patos graznaron alegremente y continuaron su vuelo.
Eli, con su pelota roja de nuevo en su poder, se sintió más feliz que nunca. Había perdido su pelota, pero había ganado nuevos amigos y había descubierto un mundo nuevo lleno de animales amables y dispuestos a ayudar. Aprendió que la amistad y la perseverancia son más valiosas que cualquier posesión.
De regreso a casa, Eli abrazó su pelota con fuerza y prometió cuidarla aún más. Sabía que su aventura había sido una experiencia inolvidable y que siempre recordaría a las cebras, los hipopótamos, Doña Tortuga y, sobre todo, a los valientes patos salvajes. Y así, el elefantito Eli, más sabio y agradecido, regresó a su hogar, listo para compartir su historia con toda su familia.
Desde ese día, Eli siguió siendo un elefantito curioso, pero también se convirtió en un elefantito muy agradecido y siempre dispuesto a ayudar a los demás. Y cada vez que jugaba con su pelota roja, recordaba la gran aventura que había vivido y a los maravillosos amigos que había hecho en el camino.
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