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Había una vez, en un rincón soleado de la sabana africana, un hipopótamo muy especial. No era especial por su tamaño, que era considerable, ni por sus gruñidos, que eran bastante fuertes. No, el Señor Hipopótamo era especial por su elegancia. Era, en pocas palabras, un gordo elegante.
Todos los días, el Señor Hipopótamo se levantaba temprano, se bañaba en el río (con mucho cuidado de no salpicar demasiado), y se ponía su mejor flor. Le encantaban las flores. Tenía una colección enorme, de todos los colores y tamaños. Algunas las encontraba flotando en el río, otras las recibía como regalo de sus amigos, los pájaros tejedores, y otras, las más especiales, las cultivaba él mismo en su pequeño jardín a la orilla del río.
Su flor favorita era una orquídea morada, grande y fragante. La usaba para ocasiones especiales. Hoy, era una ocasión especial. Hoy era la Fiesta de las Flores, un evento anual donde todos los animales de la sabana se reunían para celebrar la belleza de la naturaleza.
El Señor Hipopótamo se miró en el reflejo del agua. Llevaba una margarita amarilla brillante en la cabeza, un poco inclinada hacia un lado. "Perfecto," murmuró, ajustando la flor con su dedo regordete. Luego, emprendió su camino hacia el claro donde se celebraría la fiesta.
En el camino, se encontró con Doña Cebra, que lucía un elegante lirio blanco. "Buenos días, Señor Hipopótamo," saludó Doña Cebra, haciendo una reverencia. "¡Qué flor tan encantadora!"
"Buenos días, Doña Cebra," respondió el Señor Hipopótamo, devolviendo la reverencia con un poco de dificultad. "Su lirio también es exquisito. ¿Lista para la fiesta?"
"¡Más que lista!", exclamó Doña Cebra, moviendo su cola rayada con entusiasmo. "He estado esperando este día todo el año."
Juntos, continuaron su camino, charlando alegremente sobre las flores que esperaban ver en la fiesta. Cuando llegaron al claro, se encontraron con una explosión de color. Había flores por todas partes: rojas, amarillas, azules, moradas, naranjas, rosas… ¡de todos los colores imaginables!
Los animales se habían esmerado en sus atuendos florales. La Señora Elefante llevaba una guirnalda de rosas alrededor de su trompa. El Señor León lucía un clavel rojo en su melena. Los monos saltaban de rama en rama, adornados con guirnaldas de margaritas.
El Señor Hipopótamo se sentía feliz de estar allí, rodeado de tanta belleza y alegría. Caminó entre la multitud, admirando las flores y saludando a sus amigos. Pero, de repente, notó algo extraño.
En una esquina del claro, vio a una pequeña Jirafa, sola y triste. No llevaba ninguna flor. Se veía muy avergonzada.
El Señor Hipopótamo se acercó a ella con cautela. "Hola," dijo suavemente. "¿Por qué estás tan triste?"
La Jirafa levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas. "No tengo ninguna flor," sollozó. "No pude encontrar ninguna que me gustara, y ahora me siento fuera de lugar."
El Señor Hipopótamo pensó por un momento. Luego, con una sonrisa, se quitó la margarita amarilla de la cabeza y se la ofreció a la Jirafa. "Aquí tienes," dijo. "Esta es para ti. Es una flor muy alegre, y creo que te quedará muy bien."
La Jirafa miró la margarita, luego al Señor Hipopótamo. Sus ojos se iluminaron. "¿De verdad?", preguntó, con voz temblorosa.
"Por supuesto que sí," respondió el Señor Hipopótamo. "La belleza de una flor reside en la alegría que trae, y ahora esta flor te traerá alegría a ti."
La Jirafa tomó la margarita y se la puso en la cabeza. Inmediatamente, su rostro se iluminó con una sonrisa radiante. "¡Gracias, Señor Hipopótamo!", exclamó. "¡Es la flor más hermosa que he visto en mi vida!"
El Señor Hipopótamo sonrió. Ver la felicidad en el rostro de la Jirafa le hacía sentir mucho más feliz que llevar la flor él mismo. Se dio cuenta de que la verdadera elegancia no reside en las flores que uno lleva, sino en la bondad del corazón.
La Fiesta de las Flores continuó con música, bailes y risas. El Señor Hipopótamo y la Jirafa, ahora amigos, disfrutaron del resto del día juntos, celebrando la belleza de la naturaleza y la alegría de la amistad. Y aunque el Señor Hipopótamo ya no llevaba ninguna flor, era, sin duda, el gordo más elegante de toda la sabana.
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