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Gratis · elegí una vozEl sol brillaba con fuerza en la Plaza del Pueblo, pintando de dorado la estatua del General Bigotes. El Policía Pérez, conocido por su gran bigote rizado y su aún mayor sentido del humor, bostezó discretamente. Hoy era un día tranquilo, quizás demasiado tranquilo.
“¡Qué aburrimiento!”, pensó Pérez, mientras observaba a los pajaritos picotear migas de pan. “Necesito algo de emoción.”
De repente, una idea brillante, ¡casi tan brillante como el sol!, le iluminó la mente. Pérez amaba jugar al escondite cuando era niño, y aunque ahora era un policía, ¿quién decía que no podía jugar un poquito?
Se acercó sigilosamente a un grupo de niños que jugaban cerca de la fuente. “¡Hola, pequeños!”, saludó Pérez con una sonrisa. “¿Les gustaría jugar al escondite conmigo?”
Los niños, sorprendidos, dejaron de jugar. “¿Un policía jugando al escondite?”, preguntó Sofía, la niña de las trenzas rojas.
“¡Claro que sí!”, respondió Pérez con entusiasmo. “Pero… ¡yo seré quien se esconda!”
Los niños rieron. ¡Un policía escondiéndose! Era la cosa más divertida que habían oído en mucho tiempo. Aceptaron encantados.
“¡Contaremos hasta veinte!”, gritó Mateo, el niño más alto. “¡Y tú, Policía Pérez, tienes que encontrar un buen escondite!”
Pérez asintió con picardía. Se giró, se cubrió los ojos con sus grandes manos y comenzó a contar en voz alta: “¡Uno… dos… tres…!”
Mientras los niños contaban, Pérez corrió silenciosamente. Primero pensó en esconderse detrás de la estatua del General Bigotes, pero era demasiado obvio. Luego consideró el puesto de helados, pero el olor a fresa y vainilla lo distraería demasiado. Finalmente, divisó el lugar perfecto: ¡la gran y frondosa higuera del parque!
Con agilidad sorprendente para un hombre con un bigote tan grande, Pérez trepó al árbol. Se escondió entre las hojas verdes, cuidando de no hacer ruido. Desde su escondite, podía ver a los niños buscándolo por todas partes.
“¡Diecinueve… veinte!”, gritó Mateo. “¡Allá vamos, Policía Pérez!”
Los niños comenzaron a buscar. Sofía miró detrás del puesto de flores, mientras que Daniel revisaba debajo de los bancos. Mateo incluso intentó mirar dentro de la boca del león de piedra de la fuente, ¡pero no encontró nada!
Pérez, desde su escondite, aguantaba la risa. Le encantaba ver a los niños tan concentrados en su búsqueda. De vez en cuando, una hoja caía del árbol, pero los niños estaban tan absortos que no se daban cuenta.
El tiempo pasaba y los niños no lo encontraban. Empezaban a frustrarse. “¡No está por ninguna parte!”, exclamó Sofía, con las manos en la cintura.
“¡Quizás se ha ido!”, sugirió Daniel, con un tono de decepción.
Pérez, al oír esto, sintió un poco de pena. No quería que los niños se sintieran tristes. Decidió que era hora de revelar su escondite secreto.
Con cuidado, se descolgó del árbol y aterrizó suavemente en el suelo. “¡Aquí estoy!”, gritó Pérez, con una gran sonrisa en su rostro.
Los niños se sobresaltaron y se giraron rápidamente. “¡Policía Pérez!”, gritaron al unísono. “¡Estabas en el árbol!”
Pérez se rió. “¡Sí! ¡Tengo un escondite secreto en la higuera!”, dijo con orgullo. “¿Quieren que les muestre?”
Los niños asintieron emocionados. Pérez los guió hasta la higuera y les enseñó cómo trepar a las ramas más bajas. Jugaron al escondite en el árbol durante horas, riendo y gritando hasta que el sol comenzó a ponerse.
Cuando llegó la hora de irse a casa, los niños se despidieron del Policía Pérez con abrazos y sonrisas. Habían tenido la tarde más divertida de sus vidas. Pérez se sintió feliz. Había encontrado una manera de combatir el aburrimiento y, al mismo tiempo, hacer felices a los niños del pueblo.
Desde ese día, el Policía Pérez se convirtió en el héroe de los niños. Cada vez que lo veían, le pedían que jugara al escondite con ellos en la higuera. Y Pérez, con su gran bigote rizado y su aún mayor sentido del humor, siempre aceptaba encantado.
Y así, el Policía Pérez, el policía que se escondía, se convirtió en la leyenda del pueblo, un recordatorio de que incluso los adultos pueden divertirse como niños, y que la risa es la mejor forma de mantener la paz y la alegría en el corazón de todos.
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