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Había una vez un niño llamado Mateo. Mateo tenía siete años, un cabello castaño muy rizado que siempre parecía saltar cuando corría, y una piel del color de la miel. Mateo era un niño muy alegre que vivía en una casa pequeña con un jardín lleno de margaritas. Lo que más le gustaba en el mundo era saltar en los charcos después de la lluvia y jugar con su dinosaurio de peluche verde.
Un lunes por la mañana, en la escuela, la maestra Clara trajo algo muy especial: una varita de burbujas gigante. Todos los niños salieron al patio. La maestra Clara sopló y una burbuja inmensa y brillante rodeó a Mateo por un momento antes de flotar hacia el cielo.
—Niños —dijo la maestra con una voz suave y segura—, hoy vamos a aprender algo muy importante. Cada uno de ustedes tiene una burbuja invisible, igual que la que acabamos de ver. Esa burbuja es su espacio personal. Y dentro de esa burbuja está lo más valioso que poseen: su propio cuerpo.
Mateo cerró los ojos e imaginó su propia burbuja. Se la imaginó brillante, con reflejos de colores como el arcoíris. La maestra Clara continuó explicando que el cuerpo de cada niño es como un jardín privado o un castillo secreto.
—Ustedes son los dueños y los guardianes de ese castillo —dijo ella—. Nadie puede entrar sin su permiso. Si alguien intenta tocarles, abrazarles o besarles y ustedes no se sienten cómodos, tienen un superpoder: la palabra 'NO'.

Esa tarde, cuando Mateo regresó a casa, la tía Rosa fue a visitarlos. La tía Rosa era muy cariñosa, pero a veces era un poco abrumadora. En cuanto vio a Mateo, corrió hacia él con las manos extendidas, lista para apretarle las mejillas con fuerza, algo que a Mateo siempre le hacía sentir un poco de dolor y mucha incomodidad.
Mateo sintió que su burbuja invisible se encogía. Recordó las palabras de la maestra Clara. Respiró profundo, puso sus manos frente a él de forma amable y dijo:
—Tía Rosa, te quiero mucho, pero no me gusta que me aprietes las mejillas. Me duele. ¿Podemos darnos un 'choca esos cinco' en su lugar?
La tía Rosa se detuvo, sorprendida al principio, pero luego sonrió con ternura.
—¡Claro que sí, Mateo! Gracias por decírmelo. Es muy importante que respetemos cómo te sientes —respondió ella, y chocaron las manos con entusiasmo. Mateo se sintió muy orgulloso. Su burbuja se sintió fuerte y brillante otra vez.

Más tarde, Mateo estaba en su habitación y su mamá entró para ayudarlo a ponerse el pijama. Ella le recordó que hay partes del cuerpo que son muy privadas, las que cubrimos con el traje de baño.
—Mateo, recuerda que esas partes son solo tuyas —explicó su mamá mientras se sentaba a su lado—. Nadie debe verlas ni tocarlas, excepto cuando yo o papá te ayudamos a lavarte, o cuando el doctor te revisa para que estés sano, y siempre con nosotros presentes. Y si alguna vez alguien te hace sentir triste, confundido o asustado al tocarte, siempre, siempre debes contármelo, aunque te pidan que sea un secreto. Los secretos que nos hacen sentir mal no deben guardarse.
Mateo asintió. Se sentía seguro sabiendo que él era el jefe de su propio cuerpo. Aprendió que decir 'no' no era ser grosero, sino ser valiente y respetarse a sí mismo.
Al día siguiente, en el parque, un amigo quiso quitarle su gorra favorita sin preguntar. Mateo se mantuvo firme.
—Esta es mi gorra y mi cabeza. Por favor, pídela primero —dijo Mateo con calma. Su amigo entendió y le pidió permiso. Mateo decidió que prestaría su gorra por un ratito porque se sentía feliz de compartir, pero sabía que la decisión era suya.
Al final del día, mientras Mateo se acurrucaba en su cama con su dinosaurio de peluche, miró hacia la ventana. La luna brillaba afuera. Se sentía tranquilo. Sabía que su cuerpo era su hogar, un lugar sagrado que merecía ser tratado con amor y respeto. Se dio cuenta de que cuando respetamos nuestro propio cuerpo, también aprendemos a respetar el de los demás. Con una sonrisa en el rostro y sintiendo su escudo invisible protegiéndolo con calidez, Mateo se quedó profundamente dormido, sabiendo que su cuerpo era suyo y de nadie más.
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