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Gratis · elegí una vozEn el soleado pueblo de Villa Alegría, los niños y niñas de la escuela "Arco Iris" estaban muy emocionados. ¡Hoy era un día especial! Habían organizado una comida para los abuelitos y abuelitas del hogar "Sol Radiante". Habían preparado decoraciones coloridas, canciones alegres y, lo más importante, ¡una deliciosa comida!
La maestra Elena, con su sonrisa siempre presente, supervisaba todo con cariño. "¡Recuerden, niños! Hoy queremos mostrarles a nuestros mayores cuánto los queremos y apreciamos", les recordaba.
Cuando llegó la hora, los abuelitos y abuelitas fueron llegando, cada uno con su bastón, su sombrero o su chal favorito. Sus ojos brillaban al ver a los niños y niñas esperándolos con los brazos abiertos. Hubo abrazos, besos y muchas risas. Los niños ayudaron a los abuelitos a sentarse en las mesas adornadas con flores de papel hechas a mano.
Todo iba de maravilla. Los niños cantaron canciones que habían aprendido en clase, los abuelitos contaron historias de cuando eran jóvenes, y todos compartieron risas y anécdotas. Don Ramón, el abuelito más bromista, incluso intentó enseñar a bailar a la maestra Elena, ¡lo que provocó aún más carcajadas!
Finalmente, llegó el momento más esperado: ¡la comida! Los niños habían preparado sándwiches de jamón y queso, ensalada de frutas, galletas caseras y zumo de naranja. La maestra Elena y algunos voluntarios comenzaron a servir los platos.
Pero entonces, ocurrió algo inesperado. La maestra Elena frunció el ceño, contando los platos con preocupación. "¡Oh, no!", exclamó en voz baja. "Parece que no hay suficiente comida para todos".
Un murmullo de decepción recorrió el salón. Algunos niños comenzaron a murmurar, y las caras sonrientes se transformaron en muecas de enfado. "¡No es justo!", gritó Sofía, una niña de cabello rizado y ojos brillantes. "¡Trabajamos mucho para preparar esta comida!"
"¡Sí!", apoyó Mateo, un niño alto y delgado. "¡Algunos abuelitos se quedarán sin comer!"
La maestra Elena intentó calmar la situación. "Niños, por favor, mantengan la calma. Sé que están enfadados, pero estoy segura de que encontraremos una solución".
Pero la frustración era palpable. Algunos niños cruzaron los brazos y miraron al suelo, mientras que otros seguían quejándose en voz alta. Don Ramón, que lo había escuchado todo, tosió suavemente para llamar la atención. "Jóvenes", dijo con su voz ronca pero amable. "Recuerdo una época en la que la comida era escasa para todos. Aprendimos a compartir y a ser agradecidos con lo que teníamos".
Sus palabras parecieron calmar un poco los ánimos. La maestra Elena aprovechó el momento. "Don Ramón tiene razón", dijo. "En lugar de enfadarnos, ¿por qué no pensamos en cómo podemos compartir la comida que tenemos? Podemos cortar los sándwiches por la mitad, compartir la ensalada de frutas y asegurarnos de que todos tengan al menos un poco de cada cosa".
La idea pareció gustar a los niños. Sofía levantó la mano. "¡Podemos ofrecer nuestras galletas a los abuelitos que no tengan suficiente!", sugirió.
Mateo asintió. "Y yo puedo compartir mi zumo de naranja", añadió.
Poco a poco, el enfado fue desapareciendo y siendo reemplazado por un espíritu de colaboración y generosidad. Los niños comenzaron a cortar los sándwiches, a dividir la ensalada de frutas y a ofrecer sus galletas y zumo.
Con la ayuda de los niños y la maestra Elena, todos los abuelitos y abuelitas recibieron algo para comer. Aunque las porciones eran más pequeñas de lo que esperaban, nadie se quedó con hambre. Y lo más importante, todos se sintieron queridos y apreciados.
Después de la comida, los niños y los abuelitos jugaron juntos. Don Ramón les enseñó juegos tradicionales, como la rayuela y el escondite. Sofía y Mateo ayudaron a la abuelita Carmen a tejer una bufanda. Y la maestra Elena, sonriendo, observaba cómo la alegría llenaba el salón.
Al final del día, cuando los abuelitos y abuelitas se despidieron, sus rostros irradiaban felicidad. "Gracias, niños", dijo la abuelita Ana con lágrimas en los ojos. "Hoy nos han dado un día maravilloso. Y nos han enseñado una lección muy importante: que compartir es amar".
Los niños de la escuela "Arco Iris" aprendieron ese día que incluso cuando las cosas no salen como se planean, siempre hay una solución. Y que la verdadera alegría no está en tener mucho, sino en compartir lo que tenemos con los demás.
Esa noche, mientras se dormían, cada niño y niña soñó con el festín desaparecido y la gran solución. Y todos estuvieron de acuerdo en que, a pesar del contratiempo, había sido un día inolvidable.
Y desde entonces, en Villa Alegría, cada vez que había un problema, los niños de la escuela "Arco Iris" recordaban la lección aprendida en el hogar "Sol Radiante": ¡compartir, colaborar y nunca perder la esperanza!
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