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Gratis · elegí una vozEn la alegre ciudad de Ratilandia, donde las casas eran de queso y las calles de migas de pan, vivía un alcalde muy gordo llamado Don Roedor. Don Roedor amaba el queso más que a nada en el mundo, ¡incluso más que a su propia ciudad! Pero Ratilandia tenía un problema enorme: ¡las ratas!
No eran ratas normales. Eran ratas gigantes, ratas pequeñas, ratas flacas, ratas gordas, ¡ratas de todos los tamaños y formas! Invadían las calles, mordisqueaban el queso de las casas, y hacían tanto ruido que nadie podía dormir. Los gatos de Ratilandia, aunque valientes y bigotudos, estaban completamente superados en número. ¡Eran muchísimas ratas!
Un día, mientras Don Roedor se lamentaba comiendo un enorme trozo de queso gouda, un joven trovador llegó a la ciudad. Se llamaba Pip, y llevaba un sombrero puntiagudo, una flauta de madera brillante y una sonrisa aún más brillante. Pip se acercó al alcalde, que estaba sentado en su silla de queso gigante.
"¡Buenos días, Don Roedor!", dijo Pip. "He oído que Ratilandia tiene un pequeño problema con... ¿roedores?"
Don Roedor suspiró. "¡Pequeño problema! ¡Es una plaga, joven! ¡Las ratas nos van a comer vivos!"
"Quizás pueda ayudar", dijo Pip, sacando su flauta. "Soy un flautista muy talentoso. Dicen que mi música puede encantar a cualquiera... ¡incluso a las ratas!"
Don Roedor, desesperado, aceptó. "Si puedes librarnos de las ratas, te daré una bolsa llena de monedas de oro!"
Pip sonrió y se dirigió a la plaza del pueblo. Allí, con su flauta brillante, comenzó a tocar una melodía alegre y pegadiza. Al principio, nada sucedió. Pero poco a poco, las ratas empezaron a salir de sus escondites. Primero una, luego dos, luego diez, luego ¡cientos! Todas se acercaban a Pip, moviendo sus bigotes al ritmo de la música.
Pip, sin dejar de tocar, comenzó a caminar hacia el río que bordeaba Ratilandia. Las ratas, hipnotizadas por la música, lo seguían como un ejército peludo. Los gatos, sorprendidos, observaban desde los tejados. Don Roedor, con los ojos como platos, miraba desde el balcón de su casa de queso.
Cuando llegaron al río, Pip se adentró en el agua, sin dejar de tocar. Las ratas, sin dudarlo, lo siguieron. Una a una, las ratas se sumergieron en el río, atraídas por la melodía mágica. La corriente las arrastró lejos, lejos de Ratilandia.
Cuando la última rata desapareció, Pip salió del río, empapado pero victorioso. La plaza estaba llena de gente, todos vitoreando y aplaudiendo. Don Roedor bajó corriendo de su casa de queso y abrazó a Pip.
"¡Eres un héroe!", exclamó Don Roedor. "¡Has salvado Ratilandia! ¡Aquí tienes tu recompensa!"
Pero cuando Don Roedor abrió la bolsa, Pip se sorprendió. La bolsa no estaba llena de monedas de oro. ¡Estaba llena de monedas de... queso!
"¿Queso?", preguntó Pip, confundido.
Don Roedor se encogió de hombros. "Lo siento, Pip. Las monedas de oro son muy difíciles de conseguir. ¡Pero este queso es delicioso! ¡Es el mejor queso de Ratilandia!"
Pip se sintió un poco decepcionado. Él no quería queso. Quería el oro que le habían prometido. Pero luego miró a los niños de Ratilandia, que lo miraban con admiración. Decidió que, quizás, la gratitud de la gente era una recompensa mejor que cualquier tesoro.
"Gracias, Don Roedor", dijo Pip. "Pero no necesito tu queso. Lo que realmente quiero es que aprendas una lección. Promete que siempre serás justo y honesto con tu gente, y que siempre cumplirás tus promesas."
Don Roedor, avergonzado, asintió. "Lo prometo, Pip. Aprenderé mi lección. Seré un mejor alcalde."
Pip sonrió. "Eso es todo lo que quería", dijo. Luego, sacó su flauta y tocó una última melodía, una melodía aún más alegre y pegadiza que la anterior. Los niños comenzaron a bailar, los gatos comenzaron a ronronear, e incluso Don Roedor movió sus pies gordos al ritmo de la música.
Antes de irse, Pip les dijo: "Recuerden siempre ser agradecidos y honestos. Y nunca subestimen el poder de la música."
Y así, Pip, el flautista mágico, se marchó de Ratilandia, dejando tras de sí una ciudad más feliz y un alcalde más sabio. Los gatos volvieron a patrullar las calles con orgullo, las casas de queso volvieron a brillar, y Ratilandia, por fin, pudo dormir en paz... hasta la próxima aventura.
Desde ese día, cada año en Ratilandia, se celebra el "Día del Flautista", donde todos cantan, bailan y recuerdan la importancia de cumplir las promesas. Y, por supuesto, ¡nunca más volvieron a tener problemas con las ratas!
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