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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en una granja soleada y llena de color, un gallo llamado Rodolfo. Rodolfo no era un gallo cualquiera. Tenía plumas brillantes como el oro, una cresta roja más grande que una fresa jugosa, y un apetito… ¡insaciable! Siempre, siempre, tenía hambre.
Desde que el sol asomaba por el horizonte y despertaba a la granja con sus cálidos rayos, Rodolfo comenzaba su búsqueda diaria de comida. Picoteaba granos de maíz, gusanos gorditos, incluso las migas que dejaban caer los niños de la granja. Pero nada, ¡absolutamente nada!, lograba saciar su voraz apetito.
Un día, mientras Rodolfo escarbaba frenéticamente en la tierra en busca de algo que comer, escuchó una vocecita.
"¡Psst! ¡Oye, gallito!"
Rodolfo levantó la vista. Detrás de un enorme girasol, se escondía un pequeño ratón de campo, con unos bigotes largos y una mirada traviesa.
"¿Quién anda ahí?", preguntó Rodolfo, con la cresta erizada por la sorpresa.
"Soy Remigio", respondió el ratón, asomando un poco más. "He oído que tienes mucha hambre."
Rodolfo suspiró, con el estómago rugiendo como un trueno lejano. "¡Mucha, muchísima! Podría comerme una montaña de gusanos y aún seguiría con hambre."
Remigio sonrió, mostrando sus pequeños dientes. "Quizás yo pueda ayudarte. Conozco un secreto… un secreto sobre un maíz mágico."
Los ojos de Rodolfo se iluminaron como dos faroles. "¿Maíz mágico? ¿Y ese maíz puede quitarme el hambre para siempre?"
"No para siempre", explicó Remigio, "pero te saciará como nunca antes. Crece en el Bosque Encantado, al otro lado del río. Pero ten cuidado, el bosque está lleno de peligros."
Rodolfo, sin pensarlo dos veces, se lanzó a la aventura. Cruzó el río nadando con todas sus fuerzas, sorteando ramas flotantes y piedras resbaladizas. Al llegar a la otra orilla, se adentró en el Bosque Encantado. Los árboles eran altos y oscuros, y el suelo estaba cubierto de hojas crujientes.
De repente, un zorro astuto, con una mirada hambrienta, salió de entre los árboles. "¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? ¡Un gallo jugoso y desprevenido!"
Rodolfo, aunque asustado, recordó lo que Remigio le había dicho sobre el maíz mágico. "¡No tengo tiempo para juegos, señor zorro! Estoy buscando el maíz mágico."
El zorro, intrigado, se detuvo. "¿Maíz mágico? Nunca he oído hablar de eso. ¿Y qué tiene de especial ese maíz?"
"Dicen que quita el hambre", respondió Rodolfo, con esperanza en la voz.
El zorro se relamió los bigotes. "Bueno, si es así, quizás pueda ayudarte a encontrarlo. A cambio… me darás un poquito, ¿verdad?"
Rodolfo, desconfiado, aceptó a regañadientes. Juntos, continuaron adentrándose en el bosque. Tras un rato, encontraron a una ardilla parlanchina, que saltaba de rama en rama.
"¡Hola! ¿Qué hacen por aquí?", preguntó la ardilla, con la cola moviéndose sin parar.
"Estamos buscando el maíz mágico", respondió el zorro, con una sonrisa forzada.
La ardilla se detuvo en seco. "¿El maíz mágico? ¡Cuidado! Está protegido por una bruja malvada que odia a los gallos hambrientos."
Rodolfo sintió un escalofrío recorrerle las plumas. Pero no se rindió. Con la ayuda del zorro y la ardilla, lograron llegar a una pequeña cabaña, donde vivía la bruja. La cabaña estaba rodeada de plantas extrañas y calderos burbujeantes.
La bruja, al ver a Rodolfo, soltó una carcajada estridente. "¡Otro gallo hambriento! ¡Creéis que el maíz mágico es la solución a vuestros problemas! ¡Ja! ¡Os equivocaís! El verdadero secreto está en la moderación y en disfrutar de cada bocado!"
La bruja les mostró un campo de maíz dorado, pero no era mágico como ellos pensaban. Era simplemente maíz, cultivado con cariño y cuidado.
Rodolfo, decepcionado, se sintió avergonzado por su glotonería. La bruja le ofreció un puñado de maíz, y Rodolfo lo comió lentamente, saboreando cada grano. Por primera vez, sintió que no necesitaba comerse todo el campo para estar satisfecho.
Regresó a la granja con el zorro y la ardilla, agradecido por la lección aprendida. Desde ese día, Rodolfo aprendió a comer con moderación y a disfrutar de la compañía de sus amigos, descubriendo que la verdadera felicidad no está en llenar el estómago, sino en llenar el corazón.
El hambre de Rodolfo nunca desapareció por completo, pero aprendió a controlarla, y a compartir su comida con los demás animales de la granja. Y así, el gallo glotón se convirtió en el gallo más feliz de la granja.
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