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Gratis · elegí una vozMañana. El sol se estiraba perezosamente sobre los tejados de tejas rojas, pintando el cielo de un naranja suave y un rosa delicado. En una pequeña casa con una ventana adornada con macetas de geranios rojos, dormía Plinio, un gatito atigrado con manchas de color miel y unos ojos grandes y verdes como aceitunas.
Plinio soñaba con… ¡pelotas! Pelotas de todos los colores y tamaños. Pelotas que rebotaban alto, muy alto, hasta tocar las nubes. Pelotas que rodaban rápido, muy rápido, dejando un rastro de risas por donde pasaban.
De repente, un rayo de sol travieso se coló por la ventana y le cosquilleó la nariz. Plinio estornudó. ¡Achís! Abrió sus grandes ojos verdes y bostezó, estirándose como si fuera una liga de goma. Miró por la ventana. ¡Allí estaba! ¡El sol! Brillando con fuerza y prometiendo un día lleno de aventuras.
Recordó su sueño. ¡Pelotas! Plinio sintió un cosquilleo en sus patitas. ¡Necesitaba encontrar una pelota! Saltó de la cama y corrió hacia la sala. Allí, en una cesta llena de juguetes, la vio: una pelota roja, brillante y llena de pequeñas abolladuras que la hacían parecer aún más interesante. Era su pelota favorita.
La agarró con sus dientes pequeños y salió corriendo al jardín. El jardín era un paraíso para un gatito como Plinio. Flores de mil colores, arbustos frondosos y un gran árbol con una rama perfecta para trepar. Pero hoy, solo le importaba la pelota.
La soltó en el pasto y la empujó con su nariz. La pelota rodó un poquito, luego se detuvo. Plinio la miró con curiosidad. No era tan divertido como en su sueño. ¿Qué podía hacer para que fuera más emocionante?
Tuvo una idea. ¡La lanzaría al aire! Se agachó, movió su colita de un lado a otro y, con un salto ágil, intentó golpear la pelota con sus patitas delanteras. Pero la pelota solo se movió un poco. Plinio frunció el ceño. Esto era más difícil de lo que parecía.
De repente, escuchó una risita. Miró hacia arriba y vio a Sofía, la niña que vivía en la casa de al lado. Sofía tenía el pelo rubio como el sol y una sonrisa que iluminaba todo su rostro.
"¡Hola, Plinio! ¿Estás jugando con tu pelota?" preguntó Sofía.
Plinio maulló en respuesta, como diciendo: "Sí, pero no es muy divertido solo".
Sofía entendió. Corrió hacia el jardín de Plinio y se sentó a su lado en el pasto. "¿Quieres que te ayude a jugar?" preguntó.
Plinio asintió con entusiasmo, moviendo su colita aún más rápido. Sofía tomó la pelota y la lanzó al aire. Plinio saltó y trató de atraparla, pero la pelota era demasiado rápida. Sofía se rió y le enseñó cómo golpearla con suavidad para que rebotara en el pasto.
Jugaron durante horas. Sofía lanzaba la pelota y Plinio la perseguía, brincando y maullando de alegría. A veces, la pelota rodaba hacia el jardín de Sofía y ella tenía que ir a buscarla. Pero siempre regresaba, porque jugar con Plinio era mucho más divertido que jugar sola.
Después de un rato, ambos estaban cansados. Se sentaron bajo la sombra del gran árbol y observaron cómo el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas. El cielo se llenó de colores cálidos: naranjas, rosas y morados.
"Hoy fue un día muy divertido", dijo Sofía, acariciando la cabeza de Plinio. "Me encanta jugar contigo".
Plinio ronroneó suavemente, frotándose contra la mano de Sofía. Él también había disfrutado mucho el día. Había aprendido que jugar con amigos era mucho más divertido que jugar solo. Y que incluso una simple pelota podía convertirse en la fuente de una gran aventura.
Cuando la noche cayó por completo, Sofía regresó a su casa y Plinio entró a la suya. Se acurrucó en su cama, soñando con pelotas, soles y amigos. Sabía que mañana, el sol volvería a brillar y él y Sofía volverían a jugar juntos. Y esta vez, la pelota saltaría aún más alto, porque la alegría de la amistad la impulsaría hacia las nubes.
Antes de dormir, Plinio recordó que debía agradecerle al sol por haberlo despertado y por haber hecho posible un día tan especial. Así que, cerró sus ojos verdes y le susurró al sol: "¡Gracias, Sol! ¡Gracias por la pelota saltarina y por mi amiga Sofía!"
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