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Gratis · elegí una vozFélix era un gato presumido y bigotudo. Vivía en una casa grande con un jardín aún más grande, lleno de rincones perfectos para esconderse y acechar. Su pasatiempo favorito, y casi diríamos su obsesión, era cazar ratones. No lo hacía por hambre, no señor. La señora de la casa le servía un plato de comida deliciosa cada mañana y cada noche. Félix cazaba por puro placer, por el gusto de perseguir a esos pequeños seres grises, hacerles dar saltitos de miedo y, bueno, a veces… digamos que no todos los ratones sobrevivían a sus juegos. Se sentía el rey del jardín, el felino más astuto y valiente, el terror de todo roedor que se atreviera a cruzar su camino. Ronroneaba con satisfacción después de cada persecución, limpiándose los bigotes con aire de superioridad. Creía que los ratones eran seres inferiores, simples juguetes creados para su entretenimiento. No se imaginaba, ni por un segundo, que esos pequeños animales podían tener un plan, una estrategia, una pizca de ingenio capaz de poner en jaque a un gato tan confiado como él.
Un día, harto de vivir con el constante temor de ser atrapado por Félix, un ratoncito llamado Pipí, que era tan pequeño como valiente, decidió que era hora de hacer algo. Pipí reunió a todos los ratones del jardín, desde los más jóvenes y asustadizos hasta los más viejos y experimentados. Les explicó que no podían seguir viviendo así, con el corazón en un puño cada vez que salían de sus madrigueras. Propuso un plan audaz, un plan que parecía una locura, pero que era la única esperanza que tenían para vivir en paz. Su plan consistía en darle a Félix una lección, una lección que nunca olvidaría. Primero, necesitaban saber los horarios de Félix, sus lugares favoritos para tomar el sol y sus rutas de patrulla. Una vez que tuvieran esa información, podrían preparar una serie de trampas ingeniosas, trampas que no lo lastimarían, pero que lo humillarían y lo harían pensar dos veces antes de volver a cazar ratones por diversión. La idea de Pipí fue recibida con entusiasmo por la mayoría de los ratones. Algunos, los más miedosos, mostraron cierta reticencia, pero Pipí los convenció de que juntos eran más fuertes y que si trabajaban en equipo, podrían lograr lo imposible. Así, durante varios días, los ratones se dedicaron a observar a Félix, a estudiar sus movimientos y a recolectar los materiales necesarios para construir sus trampas. Utilizaron ramitas, hojas, piedritas y hasta algunas cosas que encontraron en el cubo de la basura. Trabajaron en secreto, en la oscuridad de la noche, con la determinación de un ejército a punto de entrar en batalla.
El día de la gran rebelión ratonesca amaneció soleado y radiante. Félix, como de costumbre, salió a patrullar el jardín con aire de suficiencia. No sospechaba ni por un segundo que los ratones habían estado trabajando toda la noche para prepararle una sorpresa. La primera trampa que encontró fue un charco de barro disimulado con hojas. Félix, confiado, pisó el charco y se hundió hasta las rodillas. Se enfadó muchísimo, pero no le dio mucha importancia. Pensó que había sido un simple accidente. La segunda trampa fue una serie de piedritas colocadas estratégicamente en su camino. Félix tropezó con las piedritas y cayó de bruces al suelo. Esta vez se enfadó aún más, pero siguió adelante, decidido a encontrar algún ratón desprevenido. La tercera trampa fue la más ingeniosa de todas. Los ratones habían atado una cuerda a una rama de un árbol y habían colgado de la cuerda un saco lleno de plumas. Cuando Félix pasó por debajo del árbol, los ratones cortaron la cuerda y el saco cayó sobre él, cubriéndolo de plumas de la cabeza a los pies. Félix se sintió ridículo y humillado. Estaba cubierto de barro, lleno de plumas y con un humor de perros. Fue entonces cuando entendió que los ratones no eran seres inferiores, sino criaturas inteligentes y valientes capaces de defenderse. Desde ese día, Félix dejó de cazar ratones por diversión. Aprendió a respetar a todos los seres vivos, por pequeños que fueran. Y aunque nunca se hizo amigo de los ratones, al menos aprendió a convivir con ellos en paz. Los ratones, por su parte, celebraron su victoria con una gran fiesta. Pipí fue aclamado como un héroe y todos vivieron felices para siempre en el jardín, sin temor a ser cazados por un gato presumido y bigotudo.
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