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Gratis · elegí una vozEn un jardín gigante, donde las margaritas gigantes bailaban con la brisa y los girasoles gigantes saludaban al sol, vivía un gigante llamado Gilberto. Gilberto era un gigante gentil, aunque a veces un poco gruñón, especialmente cuando no encontraba su desayuno favorito: jugo de guayaba.
Un día, Gilberto buscaba su jugo de guayaba, pero ¡ay! ¡No estaba por ningún lado! "¡Juana! ¿Dónde está mi jugo de guayaba?" rugió Gilberto, aunque su rugido sonaba más como un suave gemido. Juana era una pequeña jardinera, ágil y jovial, que cuidaba del jardín gigante. Era una niña llena de alegría y siempre vestía un sombrero de paja adornado con jazmines.
Juana, con su voz suave como el canto de un jilguero, respondió: "¡Buenos días, Gilberto! No lo sé. Quizás las ardillas juguetones lo escondieron. Últimamente, han estado muy traviesas".
Gilberto suspiró. Las ardillas juguetones eran una verdadera molestia. Siempre escondían sus cosas, desde sus guantes gigantes hasta sus gafas para leer gigantes. "Tendré que buscarlo", dijo Gilberto, con un dejo de resignación en su voz.
Así, Gilberto comenzó su búsqueda por el jardín gigante. Primero, revisó debajo de las gigantescas hojas de las higueras. Nada. Luego, buscó entre las gigantescas flores de las buganvillas. Tampoco encontró nada. Estaba a punto de rendirse cuando escuchó un pequeño gemido proveniente de un rincón del jardín, cerca de un viejo jazmín.
Se acercó con cuidado y vio algo brillante. Era una joya, una esmeralda verde y jugosa, atrapada entre las raíces del jazmín. Junto a la joya, estaba su jugo de guayaba, ¡pero estaba siendo bebido por un pequeño gnomo! El gnomo, con su gorro puntiagudo y su barba larga, estaba sorbiendo el jugo con una pajita improvisada hecha de una hoja de geranio.
Gilberto no pudo evitar reír. El gnomo, al escuchar la risa del gigante, se asustó y saltó. La joya jugosa salió volando y aterrizó justo en la mano de Gilberto. "¡Oh! ¡Lo siento mucho, señor gigante!" exclamó el gnomo, temblando de miedo. "Solo tenía mucha sed y su jugo olía tan bien..."
Gilberto, con su gran corazón, sintió lástima por el pequeño gnomo. "No te preocupes, pequeño amigo", dijo Gilberto. "Puedes beber mi jugo. Pero, ¿qué hacías con esta joya jugosa?"
El gnomo explicó que había encontrado la joya jugosa mientras cavaba un túnel debajo del jazmín. La joya brillaba tanto que no pudo resistirse a mirarla. Gilberto examinó la joya jugosa. Era hermosa, con un brillo mágico que iluminaba su rostro.
"Esta joya es especial", dijo Gilberto. "Creo que pertenece a la reina de las hadas. Ella perdió una joya similar hace mucho tiempo". Gilberto, recordando su educación y gentileza, decidió que lo correcto era devolver la joya a su legítima dueña.
Juntos, Gilberto y el gnomo se dirigieron al claro del bosque, donde se decía que vivía la reina de las hadas. El camino estaba lleno de peligros y sorpresas. Tuvieron que cruzar un río de jugo de granada (¡que era delicioso!), escalar una montaña de gelatina gigante y evitar a una familia de jabalíes juguetones.
Finalmente, llegaron al claro del bosque. Allí, sentada en un trono de hojas de glicinia, estaba la reina de las hadas. Su rostro brillaba con una luz suave y sus ojos eran tan brillantes como las estrellas.
"¡Majestad!", dijo Gilberto, inclinándose respetuosamente. "Hemos encontrado esta joya jugosa. Creemos que le pertenece".
La reina de las hadas sonrió. "¡Oh, Gilberto, el gigante generoso! ¡Y tú, pequeño gnomo! Muchas gracias. Esta joya es muy importante para mí. La había perdido hace mucho tiempo".
Como agradecimiento, la reina de las hadas le concedió a Gilberto un deseo. Gilberto pensó por un momento. "Deseo que mi jardín siempre esté lleno de jugo de guayaba para que todos puedan disfrutarlo", dijo Gilberto.
La reina de las hadas agitó su varita mágica y, al instante, el jardín de Gilberto se llenó de árboles de guayaba cargados de frutas jugosas. Desde ese día, Gilberto nunca más tuvo que preocuparse por quedarse sin su jugo de guayaba favorito. Y el gnomo, ahora amigo de Gilberto, siempre tenía una pajita lista para compartir el delicioso jugo. Gilberto aprendió que la generosidad y la gentileza siempre traen recompensas y que incluso los gigantes gruñones pueden encontrar alegría en compartir.
Fin.
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