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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño que creció y creció. No crecía como los demás niños, poquito a poquito. ¡No! Él crecía a un ritmo alarmante. Un día, le quedaba pequeña su cama, al día siguiente, su casa entera. Sus padres, Doña Emilia y Don Roberto, estaban muy preocupados, pero también le querían muchísimo. Lo llamaron Benito.
"¡Benito, cariño, ten cuidado!", gritaba Doña Emilia mientras Benito, sin querer, arrancaba un árbol de raíz al estornudar.
Benito se sentía muy triste. Era tan grande que no podía jugar con los otros niños. Cuando intentaba jugar al escondite, ¡era imposible! Siempre se veía su enorme pie asomando detrás del árbol más grande. Y cuando jugaban al fútbol, la pelota parecía una aceituna en comparación con su pie. Un día, mientras jugaba sin querer, ¡pum! Rompió la portería.
"¡Lo siento!", decía Benito con lágrimas en los ojos. Los otros niños, aunque no lo dijeran, estaban un poco asustados de su tamaño. Así que, poco a poco, Benito dejó de jugar con ellos. Se sentaba solo en la colina, observando el pueblo desde arriba.
Un día, Don Roberto le dijo: "Benito, hijo, sé que estás triste. Pero tu tamaño no es un problema, ¡es una oportunidad! Debes encontrar un lugar donde tu tamaño sea una ventaja, no un inconveniente."
Benito pensó en lo que le había dicho su padre. Tenía razón. Pero, ¿dónde podría encajar un gigante como él? Se le ocurrió la idea de explorar la montaña que se veía desde su casa. La llamaban la Montaña Sonriente porque su forma se parecía a una gran sonrisa.
Así que, al día siguiente, Benito emprendió su viaje hacia la Montaña Sonriente. Caminó durante horas, sintiendo el sol en su cara y el viento en su pelo. Los árboles parecían pequeños arbustos a su lado, y las piedras, simples guijarros.
Cuando llegó a la falda de la montaña, se encontró con un pequeño pueblo. Los aldeanos, al verlo, se asustaron mucho. Corrieron a esconderse en sus casas, cerrando las puertas y ventanas.
Benito se sintió aún más triste. No quería asustar a nadie. Solo quería encontrar un lugar donde encajar. Se sentó en una roca y empezó a llorar. Sus lágrimas eran tan grandes que formaron un pequeño lago.
Una anciana, Doña Teresa, la abuela del pueblo, fue la única que no se escondió. Se acercó a Benito con paso firme, pero sin miedo. Le miró a los ojos y vio su tristeza.
"¿Por qué lloras, gigante?", le preguntó Doña Teresa.
Benito, sorprendido, le contó su historia. Le contó cómo había crecido sin parar, cómo no podía jugar con los demás niños y cómo solo quería encontrar un lugar donde ser útil.
Doña Teresa le escuchó con atención y luego le dijo: "Benito, este pueblo necesita tu ayuda. La Montaña Sonriente nos protege del viento del norte, pero últimamente, el viento es más fuerte y está destruyendo nuestras casas y nuestros cultivos. Necesitamos algo que nos proteja aún más."
Benito sonrió. ¡Por fin! ¡Una oportunidad! "¿Qué puedo hacer?", preguntó.
"Podrías construir un muro alrededor del pueblo, un muro que nos proteja del viento", respondió Doña Teresa.
Benito se puso manos a la obra. Con su enorme fuerza, levantó piedras gigantes y las colocó una encima de otra, creando un muro fuerte y resistente. Trabajó día y noche, sin descanso. Los aldeanos, al ver su dedicación, empezaron a ayudarle, trayéndole comida y agua.
Finalmente, el muro estuvo terminado. Era tan alto y tan fuerte que el viento del norte no podía pasar. El pueblo estaba a salvo.
Los aldeanos estaban muy agradecidos a Benito. Le dieron la bienvenida al pueblo y le ofrecieron una casa, una casa muy grande, construida especialmente para él. Benito ya no estaba solo. Tenía amigos, un propósito y un lugar al que llamar hogar.
Benito se convirtió en el protector del pueblo. Ayudaba a los aldeanos en todo lo que podía. Arreglaba los tejados, transportaba la leña y cuidaba de los animales. Los niños del pueblo ya no le tenían miedo. Jugaban con él, trepando por su pelo y riendo a carcajadas.
Benito era feliz. Había encontrado su lugar en el mundo, un lugar donde su tamaño era una bendición y no una maldición. Y así, el gigante gentil de la Montaña Sonriente vivió feliz para siempre, protegiendo a su pueblo y haciendo sonreír a todos los que le rodeaban. Desde entonces, la Montaña Sonriente sonrió aún más, reflejando la felicidad de Benito y de todo el pueblo.
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