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Gratis · elegí una vozEn lo alto de la Montaña Nublada, vivía un gigante llamado Bruno. Bruno no era un gigante malvado, ni siquiera gruñón. Era, sobre todo, un gigante *glotón*. Le encantaba comer. Comía piedras cubiertas de musgo (decía que sabían a menta), árboles enteros (con raíces y todo, ¡crujían delicioso!), y hasta nubes esponjosas (aunque esas, admitía, no sabían a mucho).
Un día, Bruno, con su estómago rugiendo como un volcán en erupción, bajó de la montaña buscando un nuevo manjar. Llegó a un valle escondido, donde las flores cantaban melodías dulces y los árboles frutales ofrecían sus tesoros más jugosos. Pero a Bruno nada de eso le apetecía. Ya había probado todo eso cientos de veces.
De repente, vio algo brillante. Era una niña sentada en una roca, con el cabello tan plateado como la luna y los ojos llenos de estrellas. La niña, llamada Luna, estaba jugando con un puñado de polvo brillante que hacía constelaciones minúsculas en el aire.
Bruno, a pesar de ser un gigante glotón, nunca había visto algo tan hermoso. Se acercó con cuidado, intentando no hacer temblar la tierra.
"Hola," dijo Bruno, con una voz que sonaba como el retumbar de un trueno lejano. "¿Qué estás haciendo?"
Luna, que no se asustaba fácilmente, alzó la vista y sonrió. "Estoy creando constelaciones," respondió. "¿Quieres ver?"
Bruno asintió, fascinado. Luna le mostró cómo el polvo brillante, al moverse, formaba figuras de animales, de guerreros valientes y de objetos mágicos. Bruno, que solo pensaba en comer, nunca se había parado a admirar las estrellas del cielo nocturno.
"Es precioso," dijo Bruno, sinceramente. "Nunca había visto algo así."
Luna sonrió. "La belleza está en todas partes, si sabes dónde buscar," dijo. "¿Qué te trae por aquí, gigante?"
Bruno se sonrojó, un color rojo ladrillo que le subió hasta las orejas. "Bueno... tenía hambre," admitió. "Estaba buscando algo... para comer."
Luna se rió. "¿Y pensabas comerte las flores cantantes o los árboles frutales?" preguntó.
Bruno se encogió de hombros. "Quizás," dijo. "Pero ahora que te veo a ti, y veo tus estrellas... ya no tengo tanta hambre."
Luna pareció pensativa. "Tengo una idea," dijo. "En lugar de comer cosas aburridas, ¿por qué no pruebas algo verdaderamente especial?"
Bruno, con los ojos brillantes de curiosidad, asintió. Luna extendió su mano y de su palma apareció una pequeña fruta brillante, del color del amanecer. "Esto es una Fruta Estelar," explicó Luna. "Solo crecen en lugares donde hay mucha magia y alegría. Pruébala."
Bruno, con un poco de temor, tomó la Fruta Estelar. Era suave y cálida al tacto. La acercó a su nariz y aspiró su aroma: olía a miel, a canela y a la promesa de aventuras.
Con un poco de vacilación, le dio un mordisco.
¡Explosión! Su boca se llenó de un sabor increíble. Era dulce, salado, agrio y picante, todo al mismo tiempo. Podía sentir el calor del sol, la frescura de la luna y el cosquilleo de las estrellas. Nunca había probado nada igual.
"¡Es... increíble!" exclamó Bruno, con los ojos muy abiertos.
Luna sonrió. "¿Ves? A veces, lo más delicioso no es lo que llena el estómago, sino lo que llena el alma," dijo.
Desde ese día, Bruno y Luna se hicieron amigos. Bruno dejó de comer piedras y árboles. En lugar de eso, aprendió a admirar la belleza del mundo que lo rodeaba. Luna le enseñó a crear constelaciones con polvo brillante, y Bruno le contaba historias de las nubes que había visto desde la cima de la Montaña Nublada.
De vez en cuando, Luna compartía con Bruno una Fruta Estelar. Pero lo más importante es que Bruno aprendió que la verdadera felicidad no estaba en comer sin parar, sino en compartir momentos especiales con un amigo. Y así, el gigante glotón, gracias a la niña de las estrellas, se convirtió en el gigante más feliz del mundo.
Un día, otros gigantes vieron a Bruno tan feliz y le preguntaron su secreto. Él les presentó a Luna y les compartió las Frutas Estelares. Los otros gigantes, al probar la fruta, también descubrieron la alegría de la amistad y la belleza del universo. Dejaron de ser gruñones y comenzaron a cuidar la naturaleza y a ayudar a los pequeños pueblos del valle.
Y así, gracias a una niña de las estrellas y un gigante glotón, el mundo se volvió un lugar más brillante y feliz.
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