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Gratis · elegí una vozEn lo alto de una colina nevada, se alzaba un castillo imponente. Allí vivía un gigante llamado Gruñón. Gruñón era un gigante muy, pero muy egoísta. El invierno había cubierto todo el reino con un manto blanco, pero dentro de los muros del castillo de Gruñón, se escondía un jardín secreto. Un jardín tan hermoso que parecía sacado de un sueño. Rosas rojas florecían entre arbustos de esmeralda, fuentes cantaban melodías cristalinas y árboles frutales ofrecían sus jugosos tesoros.
Pero Gruñón no compartía su jardín con nadie. "¡Es mío!", gruñía, y había colocado un cartel enorme en la puerta: "PROHIBIDA LA ENTRADA. PROPIEDAD PRIVADA. ¡FUERA!".
Los niños del pueblo cercano suspiraban al ver el jardín desde lejos. Soñaban con correr entre las flores, escuchar el agua de las fuentes y saborear las frutas deliciosas. Un día, la pequeña Sofía, una niña valiente con coletas rubias y ojos brillantes, tuvo una idea. "¿Y si intentamos hablar con él?", propuso a sus amigos, Miguel y Lucía.
Miquel, un niño timido con gafas, dudó. "Pero... ¿no has visto el cartel? El gigante parece muy enfadado."
Lucía, con su pelo moreno rizado y una sonrisa contagiosa, añadió: "Sí, y dicen que los gigantes son muy gruñones."
"Pero quizás podamos convencerlo", insistió Sofía. "Si le mostramos que solo queremos jugar un ratito sin dañar nada..."
Y así, los tres amigos se acercaron al castillo. La puerta era enorme y pesada, hecha de madera oscura y reforzada con hierro. Sofía tocó el timbre con timidez. Un sonido retumbó por todo el castillo.
Gruñón abrió la puerta con un estruendo. Su rostro era arrugado y su barba larga y blanca le llegaba hasta el pecho. "¿Qué quieren?", rugió, con una voz que hizo temblar a los niños.
Sofía, a pesar del miedo, levantó la cabeza y le dijo: "Señor Gigante, sabemos que tiene un jardín muy bonito. Nos gustaría mucho poder jugar allí un ratito. Prometemos no romper nada y ser muy cuidadosos."
Gruñón frunció el ceño. "¡Mi jardín es solo para mí! ¡No quiero niños correteando por ahí! ¡Ahora, fuera de aquí!". Y cerró la puerta de golpe, dejando a los niños con la palabra en la boca.
Los niños se sintieron muy tristes. Se sentaron en la nieve, mirando la puerta cerrada del castillo. El invierno parecía más frío que nunca. Pero Sofía no se rindió. "Volveremos mañana", dijo con determinación.
Al día siguiente, los niños volvieron al castillo. Esta vez, llevaron con ellos una cesta llena de galletas que había horneado la abuela de Lucía. Volvieron a tocar el timbre. Gruñón abrió la puerta, aún más gruñón que el día anterior.
"¡Les dije que se fueran!", bramó.
Sofía, con una sonrisa, le ofreció la cesta. "Señor Gigante, le trajimos estas galletas. Las hizo la abuela de Lucía. Son muy ricas."
Gruñón miró la cesta con desconfianza. Nadie le había ofrecido nada en mucho tiempo. Tomó una galleta con dedos temblorosos y le dio un mordisco. Sus ojos se abrieron con sorpresa. "¡Están deliciosas!", murmuró.
Los niños sonrieron. "Si quiere, podemos traerle más mañana", dijo Miguel.
Gruñón dudó. Luego, suspiró. "Está bien", dijo, con un tono de voz un poco menos gruñón. "Pueden entrar al jardín... pero solo por una hora. Y no toquen nada."
Los niños entraron al jardín con cautela. Era aún más hermoso de lo que habían imaginado. Corrieron entre las flores, rieron y jugaron sin hacer ruido. Gruñón los observaba desde la ventana del castillo, con una pequeña sonrisa en los labios.
Con el paso de los días, los niños siguieron visitando el jardín. Le llevaban galletas a Gruñón, le contaban historias y le ayudaban a cuidar las plantas. Poco a poco, el gigante gruñón se fue ablandando. Empezó a reír con los niños, a jugar con ellos y a compartir sus frutas deliciosas.
Un día, Gruñón les dijo: "Este jardín es más hermoso ahora que lo comparto con ustedes. Gracias por enseñarme a ser generoso."
El invierno se fue despidiendo y la primavera floreció en el jardín de Gruñón. Las flores brillaban con más intensidad, las fuentes cantaban con más alegría y los niños y el gigante jugaban juntos, felices, en el jardín que ya no era solo del gigante, sino de todos.
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