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Navegábamos, era un globo de burbujas. La cesta crujía suavemente mientras ascendíamos. El tonto perro volteaba y sonreía. Claro, la brisa hacía mover sus orejas y su lengua humedecida. Se llamaba Trueno, aunque era más miedoso que una ardilla. Le encantaba viajar en globo, al menos hasta ahora.
Las montañas que veíamos al pasar tenían pedazos de nubes blancas incrustadas entre ellas y algunas estelas saltando de cima en cima. Parecían algodones de azúcar gigantes pegados a las rocas. Trueno ladraba a las estelas, pensando que eran conejos saltarines. Yo reía, sujetando mi gorro para que no se lo llevara el viento.
A ella aún no la había visto, sólo disfrutaba del silbido del viento entre las sogas y la luz del sol entre algunas sombras repentinas. El sol jugaba a las escondidas con las nubes, pintando el cielo de colores brillantes y luego, momentáneamente, de grises suaves. Cerré los ojos y sentí el aire fresco en mi cara.
Después de todo ¿qué puede suceder sobre la cesta de un globo? Era como estar en un sueño, flotando entre el cielo y la tierra. Trueno se acurrucó a mis pies, feliz de tener el sol calentándole el pelaje.
Sin embargo, algo cambió en el viento, y el perro ya no sonreía. Sus orejas se bajaron y un gemido salió de su garganta. El aire se volvió pesado y frío.
Fue turbulento, el viento ya no era un silbido, era como un grito, un alarido escalofriante. El pobre perro corría aterrorizado y se escondía bajo mis pies, que tambaleaban de un lado a otro. Me sujetaba de las sogas, que no dejaban de agitarse. El globo se sacudía como una hoja en una tormenta.
De pronto, una ráfaga de viento helado nos golpeó con fuerza. El globo se desinfló un poco, y comenzamos a descender rápidamente. Traté de controlar la cuerda que liberaba aire caliente, pero estaba tan asustado que mis manos temblaban.
Finalmente caímos, debajo de los pedazos de nubes blancas. No fue un golpe fuerte, pero sí inesperado. La cesta aterrizó en un campo cubierto de nieve. Todo se oscureció de repente, no por la noche, sino por una espesa niebla. Y aún no la había visto...
Me levanté, sintiendo el frío calarme los huesos. Trueno seguía temblando debajo de mis pies. "¿Dónde estamos?" murmuré, pero mi voz se perdió en el viento. La niebla era tan densa que apenas podía ver a unos pocos metros de distancia.
Entonces, escuché una risa. Una risa suave y melodiosa, como el sonido de campanillas. La risa venía de la niebla, acercándose lentamente. Trueno gruñó suavemente.
Y entonces la vi. Una niña, vestida con un abrigo blanco como la nieve, apareció entre la niebla. Su cabello era del color del sol, y sus ojos brillaban como estrellas.
"Hola," dijo ella, con una voz dulce. "Bienvenido al Reino de las Nubes."
Yo estaba atónito. "¿El Reino de las Nubes?"
Ella asintió. "Sí. Yo soy Iris, la guardiana de las nubes. Tu globo ha caído aquí." Ella sonrió. "Pero no te preocupes, te ayudaré a volver a casa."
Iris nos explicó que el viento furioso había sido causado por un dragón de hielo que había despertado de su largo sueño. El dragón estaba robando los colores de las nubes, y por eso el cielo se había oscurecido.
"Necesito tu ayuda," dijo Iris. "Debemos detener al dragón antes de que borre todos los colores del cielo."
Yo, aunque un poco asustado, acepté ayudar. Trueno, después de olfatear a Iris y decidir que no era una amenaza, también pareció animarse.
Iris nos guio a través de la niebla hasta una cueva de hielo. Dentro, el dragón dormía, rodeado de nubes grises y sin vida. Iris me dio una pequeña flauta de cristal. "Debes tocar esta flauta," dijo. "La música lo calmará y lo hará dormir de nuevo."
Tomé la flauta y respiré hondo. Cerré los ojos y comencé a tocar. La música era suave y melódica, como el agua que fluye. El dragón se movió un poco, pero no se despertó. Seguí tocando, poniendo todo mi corazón en la música.
Poco a poco, el dragón dejó de moverse y su respiración se hizo más tranquila. Las nubes grises comenzaron a recuperar su color. El Reino de las Nubes volvía a la vida.
Cuando terminé de tocar, Iris sonrió. "Lo has hecho," dijo. "Has salvado el Reino de las Nubes."
Iris nos llevó de vuelta a la cesta del globo. El cielo se estaba despejando, y el sol brillaba de nuevo. Ella reparó el globo con magia de nubes, y pronto estábamos listos para partir.
Antes de subir, Iris me dio un pequeño cristal. "Recuerda siempre que incluso en los momentos más oscuros, siempre hay esperanza," dijo.
Subimos al globo, y nos elevamos de nuevo hacia el cielo. Trueno ladró alegremente, y yo sonreí. Había conocido a la guardiana de las nubes y juntos habíamos salvado un reino mágico. Mientras nos alejábamos, vi a Iris de pie en el campo de nieve, saludándonos con la mano. Sabía que nunca olvidaría mi aventura en el Reino de las Nubes.
Y ahora, cada vez que veo una nube blanca en el cielo, recuerdo a Iris y el secreto que guardan las nubes.
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