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Había una vez, en el corazón de un bosque verde y frondoso, tres hermanos cerditos que decidieron que ya era hora de construir sus propias casas. Cada uno tenía una personalidad muy distinta. El más pequeño, Pipo, era alegre y un poco perezoso; le encantaba tocar la flauta y bailar bajo el sol. El mediano, Tuto, era un gran violinista y prefería pasar el tiempo componiendo melodías antes que trabajando duro. El mayor, llamado Bruno, era el más serio y precavido, siempre pensando en el futuro y en la seguridad de sus hermanos.
—¡El lobo feroz anda cerca! —advirtió Bruno una mañana—. Debemos construir casas fuertes para protegernos.
Pipo, con ganas de irse a jugar pronto, decidió construir su casa de paja. En apenas unas horas, había terminado su pequeña cabaña amarilla. —¡Listo! —exclamó—. El lobo nunca podrá entrar aquí. Y se fue a saltar por el prado.
Tuto, por su parte, decidió usar madera. Recogió ramas y troncos caídos del bosque y, en un par de días, levantó una casita de tablas crujientes. —Es más resistente que la de paja y me ha dejado tiempo para ensayar mi violín —dijo satisfecho.
Sin embargo, Bruno no tenía prisa. Él sabía que el lobo era astuto y fuerte. Día tras día, transportó pesados ladrillos y preparó una mezcla de cemento resistente. Sus hermanos se burlaban de él mientras trabajaba bajo el sol abrasador. —¡Ven a jugar, Bruno! —le gritaban—. ¡Estás perdiendo el tiempo con tanto esfuerzo!
Pero Bruno respondía con calma: —Cuando llegue el lobo, veremos quién ha perdido el tiempo.
Una tarde gris, el bosque se quedó en silencio. De entre las sombras de los árboles, apareció una figura alta y oscura con ojos amarillos que brillaban como brasas. Era el lobo feroz. Tenía mucha hambre y los cerditos le parecían un manjar delicioso.

El lobo fue primero a la casa de paja de Pipo. —¡Cerdito, cerdito, déjame entrar! —gritó con voz ronca.
—¡Ni hablar! —respondió Pipo temblando.
—¡Entonces soplaré, y soplaré, y tu casa derribaré!
El lobo llenó sus pulmones de aire y lanzó un soplido tan potente que la paja voló por los aires como si fuera confeti. Pipo salió corriendo desesperado hacia la casa de madera de su hermano Tuto.
El lobo lo siguió hasta la casa de madera. —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
—¡No, por nada del mundo! —gritaron los dos hermanos a coro.
—¡Pues soplaré, y soplaré, y vuestra casa derribaré!

El lobo sopló con más fuerza que antes. Las tablas de madera empezaron a crujir y a tambalearse hasta que, finalmente, la casa se desmoronó por completo. Los dos cerditos corrieron a toda velocidad hacia la casa de ladrillo de Bruno, con el lobo pisándoles los talones.
Entraron jadeando y Bruno cerró la puerta con llave y echó el cerrojo. —Tranquilos, aquí estamos seguros —dijo con voz firme.
El lobo llegó a la casa de ladrillo, seguro de que esta también caería. —¡Cerditos, cerditos, dejadme entrar!
—¡Vete de aquí, lobo malvado! —respondió Bruno.
—¡Entonces soplaré, y soplaré, y la casa derribaré!
El lobo sopló una vez, pero la casa no se movió. Sopló una segunda vez, con la cara roja y las venas del cuello hinchadas, pero los ladrillos seguían firmes. Sopló y sopló hasta quedarse sin aliento, pero la construcción de Bruno era inexpugnable.
Furioso, el lobo decidió trepar al tejado. —¡Entraré por la chimenea! —rugió. Pero los cerditos, que lo oyeron subir, colocaron rápidamente un gran caldero de agua hirviendo en el fuego.
Cuando el lobo se deslizó por la chimenea, cayó directamente en el agua caliente. ¡Auuuuuu! El lobo dio un salto tan grande que salió disparado por donde había venido y corrió hacia el bosque profundo para no volver jamás.
Pipo y Tuto abrazaron a Bruno y le agradecieron su esfuerzo. Comprendieron que, aunque el trabajo duro requiere tiempo y paciencia, es lo único que garantiza una verdadera seguridad. Desde aquel día, los tres vivieron felices y tranquilos en la sólida casa de ladrillo, celebrando cada tarde con música, pero siempre recordando la lección aprendida.
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