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Había una vez, en un barrio donde las casas parecían cajas de cartón pintadas de colores, una niña llamada Eloísa. Eloísa tenía seis años, un par de anteojos redondos que siempre se le resbalaban por la nariz y una imaginación tan grande que apenas le cabía en la habitación. Esa noche, Eloísa no podía dormir. Miraba su mochila nueva, que descansaba sobre la silla como un astronauta esperando su próxima misión. Mañana era el primer día de escuela.
—Che, mamá —le dijo Eloísa a su madre cuando esta entró a darle el beso de las buenas noches—, ¿y si en la escuela no hablan mi idioma? ¿Y si todos son marcianos o robots que solo comen tuercas?
Su mamá se rió bajito y le acarició el pelo. —No te preocupes, Elo. Vas a ver que es un lugar mágico. Solo tenés que llevar tu curiosidad bien despierta.
Al día siguiente, el sol se asomó temprano, como si también quisiera ver qué pasaba. Eloísa se puso su guardapolvo blanco, se ajustó las zapatillas y, tras un desayuno de tostadas con dulce de leche, salió de la mano de su papá. El camino a la escuela se sentía distinto. Los árboles parecían saludarla con sus ramas y las baldosas de la vereda formaban un camino de baldosas amarillas hacia lo desconocido.
Al llegar a la puerta del colegio, el corazón de Eloísa empezó a latir como un tamborcito. ¡Había tantos chicos! Algunos lloraban, otros corrían y otros simplemente miraban con ojos enormes. Eloísa respiró profundo, saludó a su papá con un beso volador y cruzó el umbral. En ese momento, el pasillo no le pareció un pasillo de cemento, sino el túnel de una nave espacial.
Su aula era la sala de los Dinosaurios Brillantes. Cuando entró, una maestra con una sonrisa de medialuna la recibió. —¡Hola! Vos debés ser Eloísa. Yo soy la señorita Clara.
Eloísa se sentó en un banquito de madera. A su lado había un nene que intentaba armar una torre con bloques, pero la torre siempre se caía. —¡Qué macana! —exclamó el nene, frustrado.
—Es que la base es muy flaquita —le dijo Eloísa, acercándose—. Si ponés los bloques más grandes abajo, va a aguantar como una pirámide egipcia.
El nene la miró, sorprendido por la lógica de la niña. —Soy Julián —dijo él, y juntos empezaron a construir no solo una torre, sino un castillo entero con puentes levadizos y dragones de papel. Eloísa se dio cuenta de que Julián no era un marciano, aunque tenía una remera con un cohete que estaba muy buena.
A media mañana, llegó la hora del recreo. El patio era un universo en expansión. Había un tobogán que parecía la lengua de un gigante y hamacas que permitían tocar las nubes con la punta de los pies. Eloísa y Julián corrieron hacia el sector de los juegos. Allí conocieron a una nena llamada Sofi, que tenía dos trenzas larguísimas y aseguraba que podía correr más rápido que un guepardo.
—¿Quieren jugar a que somos exploradores en la selva? —propuso Eloísa.
De repente, el patio de la escuela desapareció. Los canteros con flores se convirtieron en selvas impenetrables, los charcos de agua de la lluvia de anoche se transformaron en lagos llenos de cocodrilos amigables y el mástil de la bandera era el árbol más alto del mundo, donde vivían pájaros de mil colores. Los tres amigos treparon, saltaron y rieron hasta que la campana, con su sonido de cristal, los llamó de vuelta a la realidad.
De regreso en el aula, la señorita Clara les propuso una actividad: dibujar qué querían ser de grandes. Eloísa tomó sus crayones favoritos. El azul para el cielo, el verde para los bosques y un naranja brillante para el fuego de los motores. Dibujó una nave espacial donde ella era la capitana, pero no iba sola. En las ventanillas de la nave se asomaban Julián, Sofi y hasta la señorita Clara.
—Che, Eloísa, te quedó re lindo —le susurró Julián mientras guardaban los útiles.
—Gracias, Juli. Es que hoy aprendí que viajar al espacio es más fácil si vas con amigos —respondió ella con una sonrisa.
Cuando terminó la jornada, Eloísa salió corriendo hacia la puerta donde su mamá la esperaba. Ya no sentía ese nudo en la panza. Ahora sentía que tenía un tesoro guardado en la mochila: historias de castillos, selvas mágicas y nuevos amigos.
—¿Y? ¿Cómo te fue, aventurera? —le preguntó su mamá mientras caminaban de regreso a casa.
—Fue increíble, má. Mañana tenemos que volver porque Sofi dice que sabe dónde se esconde el tesoro de los piratas en el arenero, y yo tengo que capitanear el barco.
Esa noche, Eloísa no necesitó que su mamá la convenciera de que la escuela era un lugar mágico. Se durmió enseguida, soñando con pizarrones que se convertían en mapas estelares y tizas que escribían poemas en el aire. Porque Eloísa había descubierto que la escuela no era solo un edificio con bancos y libros, sino el lugar donde sus sueños empezaban a despegar hacia el infinito y más allá. Y lo mejor de todo era que mañana, el viaje volvería a empezar.
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