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Había una vez, en el corazón de una selva vibrante donde el sol jugaba a las sombras entre las hojas, un zorro llamado Zas. Zas era conocido por su pelaje rojizo y su cola esponjosa, pero sobre todo por su energía inagotable. Una mañana, mientras caminaba por la orilla del Río Esmeralda, se encontró con su mejor amigo, Yaco el yacaré. Yaco estaba tomando sol sobre un tronco flotante, luciendo muy relajado pero un poco aburrido.
—¡Yaco! —gritó Zas saltando de alegría—. El día está perfecto para hacer algo divertido. ¿Qué te parece si jugamos a las escondidas?
Yaco abrió un ojo perezosamente y sonrió, mostrando sus dientes brillantes. —Me encanta la idea, Zas. Pero solo nosotros dos es un poco fácil. Tú siempre te escondes tras el mismo arbusto de moras y yo siempre me sumerjo en el mismo rincón del río. Necesitamos más amigos para que sea un verdadero reto.
Zas se puso en pie de un salto. —¡Tienes razón! Vamos a buscar a los demás animales. ¡Será la partida de escondidas más grande de la historia de la selva!
Primero, caminaron hacia los árboles más altos, donde el follaje era tan espeso que parecía una alfombra verde. Allí encontraron a Tula, la tortuga terrestre. Tula caminaba despacio, saboreando una hoja de lechuga silvestre.
—Hola, Tula —dijo Yaco con su voz profunda—. ¿Quieres jugar a las escondidas con nosotros? Estamos buscando amigos para una gran partida.
Tula lo pensó un momento, masticando lentamente. —Me encantaría —respondió al fin—. Puede que sea lenta para correr, pero soy experta en quedarme muy quieta. ¡Nadie me encontrará si me confundo con una piedra!

Con Tula a bordo, el grupo continuó su camino. De repente, un destello de colores cruzó el cielo y aterrizó en una rama baja. Era Paco, el loro más hablador de la región.
—¡Escondidas! ¡Escondidas! —chilló Paco antes de que Zas pudiera decir una palabra—. ¡Yo quiero jugar! ¡Yo quiero jugar! Puedo ver todo desde arriba, ¡será imposible que se escondan de mí!
—Esa es la idea, Paco —rio Zas—. Pero recuerda que si te toca buscar, no puedes hacer trampa volando demasiado alto.
Finalmente, llegaron a una zona llena de barro y juncos, donde encontraron a Carpincho, que disfrutaba de un baño refrescante. Carpincho era tranquilo y siempre estaba dispuesto a unirse a cualquier plan que involucrara estar cerca del agua. Con el equipo completo —el zorro, el yacaré, la tortuga, el loro y el carpincho—, decidieron que era hora de empezar.
—Yo contaré primero —anunció Zas, apoyando su cabeza contra el tronco de un árbol milenario—. ¡Uno, dos, tres...!
Todos salieron corriendo, o en el caso de Tula y Yaco, se movieron lo más rápido que pudieron. Yaco se deslizó silenciosamente bajo el agua, dejando solo sus ojos fuera, camuflado entre los camalotes. Tula se encogió dentro de su caparazón junto a unas rocas grises, pareciendo una piedra más del paisaje. Paco se metió entre las hojas más densas de un árbol de mango, cerrando el pico para no hacer ruido. Carpincho se cubrió de barro y se quedó inmóvil junto a un montículo de tierra.
—¡Cincuenta! ¡El que no se escondió, se embromó! —gritó Zas.

El zorro comenzó su búsqueda. Olfateó el aire y caminó sigilosamente. Primero vio un par de ojos brillantes en el río. —¡Te vi, Yaco! —exclamó saltando cerca de la orilla. Yaco salió del agua riendo a carcajadas. Luego, Zas pasó junto a unas rocas y notó que una de ellas tenía una textura extraña. —¡Tula, te encontré! —dijo tocando suavemente el caparazón. Tula asomó la cabeza con una sonrisa.
Le costó más encontrar a Carpincho, pero el barro seco empezó a agrietarse cuando el animal respiró profundo. —¡Ahí estás, Carpincho! —gritó Zas. Finalmente, todos miraron hacia arriba. Paco estaba tan concentrado en no hablar que no se dio cuenta de que una de sus plumas rojas sobresalía entre las hojas verdes. —¡Paco, baja de ahí, que esa pluma te delata! —dijo Yaco.
La selva se llenó de risas y gritos de alegría. Pasaron toda la tarde jugando, turnándose para contar y buscando nuevos escondites cada vez más ingeniosos. Se dieron cuenta de que no importaba quién ganara o quién fuera el mejor escondiéndose; lo más divertido era estar juntos y compartir la aventura.
Cuando el sol empezó a ocultarse, tiñendo el cielo de naranja y violeta, los amigos se despidieron. Zas y Yaco regresaron a su rincón del río, cansados pero muy felices.
—Tenías razón, Yaco —dijo Zas bostezando—. Las escondidas son mucho mejores con amigos.
—Y mañana —respondió Yaco cerrando los ojos—, buscaremos a los monos. ¡Esos sí que saben esconderse!
Y así, bajo el arrullo de los grillos y el sonido suave del agua, los animales de la selva se durmieron, soñando con el próximo gran juego en el Río Esmeralda.
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