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En un rincón olvidado del jardín de niños 'Rayitos de Sol', donde la tierra es suave y el sol acaricia las hojas cada mañana, vivía una comunidad muy especial. No eran niños, ni maestros, ni mariposas; eran las papas del huerto escolar. Cada año, cuando los niños celebraban su festival de fin de curso con globos y canciones, las papas organizaban su propio festejo bajo las raíces de un gran roble.
Esa tarde, el ambiente estaba cargado de alegría. Mientras las pequeñas papitas jugaban a las escondidas entre los terrones de tierra, un grupo de papás papa se reunió cerca de una vieja regadera de metal. Estaba Papá Russet, de piel rugosa y gran corazón; Papá Roja, siempre elegante y brillante; y Papá Amarilla, el más bromista de todos.
—Miren a esos pequeños —dijo Papá Russet, observando a su hijo saltar sobre una lombriz amigable—. Tienen tanta energía. Me pregunto qué estarán soñando ser cuando crezcan.
Papá Roja suspiró con una sonrisa nostálgica y se acomodó su sombrero de hoja de trébol. —Eso me hace pensar en nosotros. ¿Recuerdan lo que nosotros queríamos ser cuando teníamos su edad? En aquel entonces, el mundo bajo la tierra parecía demasiado pequeño para mis sueños.

Los demás asintieron. Papá Roja fue el primero en compartir su secreto. —Yo quería ser un gran tenor. Me pasaba las noches escuchando el canto de los grillos y practicaba mis escalas vocales. Imaginaba que algún día daría un concierto en la superficie, bajo la luz de la luna llena, y que todas las flores del jardín se inclinarían para aplaudirme. Quería que mi voz llegara hasta las ventanas de la escuela.
Papá Amarilla soltó una risita suave. —¡Yo te recuerdo practicando! Parecía que la tierra vibraba. Por mi parte, yo no quería cantar. Yo quería ser un arquitecto de túneles legendarios. Soñaba con construir una red de pasadizos que conectara nuestro jardín con el parque que está al otro lado de la cerca de madera. Quería diseñar salones con techos de raíces de jazmín y suelos de musgo aterciopelado. Pasaba horas dibujando planos en la arena mojada.
Papá Russet, que solía ser el más silencioso, tomó la palabra. —Yo tenía un sueño un poco más... elevado. Yo quería ser un 'Papa-nauta'. —Los otros dos lo miraron con curiosidad—. Sí, quería explorar el espacio exterior. No las estrellas del cielo, sino el mundo de arriba. Quería subir a la rama más alta del roble y ver cómo se ve el mundo desde donde vuelan los pájaros. Imaginaba que la superficie era un mar verde infinito y que yo era el primer explorador en descubrir sus secretos.
Los tres amigos se quedaron en silencio por un momento, dejando que los recuerdos flotaran en el aire tibio de la tarde. En ese momento, una de las papitas pequeñas, el hijo de Papá Russet, se acercó corriendo y se abrazó a la pierna de su padre.

—¡Papá, papá! —exclamó el pequeño con entusiasmo—. ¿Sabes qué quiero ser de grande? ¡Quiero ser un gran agricultor de cuentos, como tú! Quiero contarle a todos las historias de nuestro jardín.
Papá Russet sintió que su corazón de almidón se llenaba de orgullo. Miró a sus amigos y se dio cuenta de algo importante. Aunque Papá Roja no era un tenor de ópera, sus canciones de cuna hacían que todo el huerto durmiera en paz. Aunque Papá Amarilla no había construido el túnel hasta el parque, había diseñado el hogar más seguro y acogedor para su familia. Y él, aunque nunca llegó a la cima del roble, conocía cada rincón del jardín mejor que nadie y protegía a los suyos con la fuerza de un gigante.
—Saben —dijo Papá Russet abrazando a su hijo—, tal vez no somos exactamente lo que imaginamos en nuestros juegos de niños, pero somos exactamente lo que ellos necesitan que seamos. Y verlos soñar es el mejor viaje que he hecho en mi vida.
El festival continuó con música de grillos y el suave aroma de las flores nocturnas. Las papas bailaron, rieron y compartieron historias bajo la protección de las raíces. Al final del día, mientras la luna se asomaba tímidamente, los papás papa se dieron cuenta de que el éxito no se trataba de alcanzar las estrellas o construir palacios, sino de la alegría de compartir sus sueños con la siguiente generación, asegurándose de que la tierra del jardín siempre fuera un lugar fértil para la imaginación.
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