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¡Era un día de partido! El Estadio Olímpico Universitario vibraba con el rugido de los aficionados. Entre la multitud, un chico de 16 años, llamado Tomás, destacaba. Era un poco gordito, más bien "masomenos gordo", como diría su abuela, con un pelo negro azabache que siempre intentaba peinar (sin mucho éxito) y una sonrisa que iluminaba todo su rostro. Tomás amaba a los Pumas, el equipo de fútbol de la UNAM, con todo su corazón. Y, por supuesto, amaba los tacos de milanesa con Peñafiel de naranja.
Hoy, Tomás llevaba su playera azul y oro de los Pumas, un poco ajustada, pero que mostraba con orgullo. En una mano, sostenía un taco de milanesa que goteaba un poco de salsa verde (¡su favorita!), y en la otra, una Peñafiel de naranja bien fría. Cada partido era una fiesta para Tomás, una combinación perfecta de fútbol, amigos (bueno, casi amigos, más bien conocidos de la porra), y su comida favorita.
Tomás llegó a su lugar en la tribuna, justo a tiempo para escuchar el Himno Universitario. Cantó con todo su pulmón, sintiendo la emoción recorrerlo. Los Pumas eran más que un equipo para él; eran un símbolo de lucha, de garra, de la Universidad Nacional Autónoma de México, su casa.
El partido comenzó. Los Pumas atacaban con fuerza, pero el equipo contrario se defendía bien. Tomás comía su taco de milanesa, animando a los Pumas entre bocado y bocado. “¡Vamos, Pumas! ¡Ustedes pueden!”, gritaba con entusiasmo, la boca llena de milanesa.
De repente, un jugador de los Pumas cayó al suelo, lesionado. El silencio se apoderó del estadio. Tomás dejó su taco a medio comer y se preocupó. El jugador parecía adolorido. La ambulancia entró al campo y se lo llevó. El partido continuó, pero el ánimo de los Pumas parecía haber bajado.
Tomás sintió una punzada de tristeza. Él sabía lo que era sentir dolor, tanto físico como emocional. Había sido objeto de algunas burlas en la escuela por su peso, pero nunca dejó que eso lo desanimara. Él era fuerte, como los Pumas.
En el segundo tiempo, los Pumas seguían sin encontrar el gol. Tomás se sintió frustrado. Quería que ganaran, no solo por él, sino por el jugador lesionado. Decidió que tenía que hacer algo. Se levantó de su asiento y empezó a cantar con más fuerza que nunca. “¡Pumas, Pumas, ra, ra, ra! ¡Pumas, Pumas, ra, ra, ra!”, cantó con toda su alma.
Otros aficionados se unieron a él. El estadio se llenó de cánticos y gritos de ánimo. Los Pumas parecieron sentir la energía renovada. Empezaron a atacar con más intensidad, con más pasión. Y entonces, ¡gol! ¡Gol de los Pumas! El estadio explotó en júbilo.
Tomás saltó, gritó, abrazó a los desconocidos que estaban a su lado. ¡Habían ganado! Los Pumas habían ganado gracias al apoyo de su afición, gracias a la energía que Tomás y los demás habían transmitido desde la tribuna.
Después del partido, Tomás se sentía feliz y orgulloso. Había ayudado a su equipo a ganar, no con sus habilidades futbolísticas (que, honestamente, eran bastante limitadas), sino con su pasión y su entusiasmo. Se comió el resto de su taco de milanesa y se tomó el último sorbo de su Peñafiel de naranja. Era el mejor día de su vida.
Mientras caminaba hacia la salida del estadio, escuchó que alguien lo llamaba. “¡Oye, tú! ¡El chico de los tacos de milanesa!”, gritó una voz. Tomás se volteó y vio a un hombre que se acercaba corriendo. Era el entrenador de los Pumas.
“Quería agradecerte”, dijo el entrenador, estrechándole la mano. “Tu apoyo fue increíble. Nos diste la energía que necesitábamos para ganar. Eres un verdadero Puma”.
Tomás se sonrojó. No sabía qué decir. “Gracias”, murmuró tímidamente.
“Y, por cierto”, añadió el entrenador, guiñándole un ojo, “¿dónde conseguiste esos tacos de milanesa? Se veían deliciosos”.
Tomás sonrió. “En un puesto cerca del estadio. Son los mejores del mundo”.
El entrenador se rió. “Tendré que probarlos. Bueno, gracias de nuevo. Y sigue apoyando a los Pumas”.
Tomás asintió con entusiasmo. Sabía que siempre apoyaría a los Pumas, con tacos de milanesa o sin ellos. Él era un verdadero Puma de corazón, un Puma gordito, pero un Puma al fin y al cabo.
Desde ese día, Tomás se convirtió en una especie de mascota no oficial de los Pumas. Los jugadores lo saludaban antes de los partidos, y los aficionados lo reconocían y le pedían autógrafos (¡en sus tacos de milanesa!). Tomás se sentía feliz de poder compartir su pasión por los Pumas con todos. Y, por supuesto, seguía comiendo tacos de milanesa en cada partido, porque, después de todo, un Puma necesita energía para rugir. Y Tomás rugía con todo su corazón.
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