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En lo más alto del Reino de las Cumbres de Cristal, donde las nubes son tan espesas que parecen algodón de azúcar, vivía una comunidad de dragones magníficos. Había dragones rojos que escupían fuego carmesí, dragones plateados que brillaban como la luna y dragones verdes que podían camuflarse entre los bosques. Entre todos ellos nació Bruma, una pequeña dragona de escamas azul iridiscente, una panza de color amarillo brillante y unos ojos verdes tan grandes y expresivos que parecían esmeraldas curiosas.
Desde el día en que rompió el cascarón, Bruma fue diferente. Mientras sus hermanos y primos apenas necesitaban un estornudo para elevarse por los aires, Bruma permanecía firmemente anclada al suelo. Sus alas, aunque hermosas, eran un poco más cortas de lo habitual y, por más que las batiera con fuerza, lo máximo que conseguía era levantar una pequeña nube de polvo y terminar sentada de espaldas con un gracioso estallido.
—¡Mira, Bruma! ¡Estoy tocando el sol! —gritaba su hermano Rayo, dando volteretas en el aire.
Bruma suspiraba desde la roca donde solía sentarse. Intentaba imitar los movimientos de los veteranos: estirar el cuello, inclinar las alas y saltar con impulso. Pero el resultado siempre era el mismo: un tropezón y un aterrizaje forzoso sobre el musgo. Sus padres, dragones sabios y amorosos, le decían que cada dragón encontraba su propio ritmo, pero en el corazón de Bruma crecía una pequeña sombra de tristeza. Ella quería sentir el viento silbando en sus orejas y ver el mundo desde las alturas.
Un mediodía, mientras caminaba cabizbaja por el sendero del bosque bajo, Bruma se encontró con un ser pequeño y peludo que intentaba mover una nuez gigante hacia un agujero en un tronco. Era Tuerca, una ardilla de pelaje rojizo y cola muy esponjosa que, extrañamente, llevaba un casco hecho con media cáscara de bellota.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Bruma, usando su hocico para empujar la nuez con facilidad.

—¡Cáspita! ¡Un dragón terrestre! —exclamó Tuerca, limpiándose el polvo de las patas—. Es raro ver a uno de los vuestros sin que nos tape el sol con sus alas.
—No soy un dragón terrestre —respondió Bruma con un tono melancólico—. Soy una dragona que simplemente no sabe volar. Mis alas son perezosas.
Tuerca dejó de lado su nuez y miró a Bruma con detenimiento. —Perezosas, ¿eh? Yo no lo veo así. Mira esas patas traseras, son mucho más fuertes que las de tus hermanos voladores. Y tu cola es larga y musculosa, perfecta para el equilibrio. Tal vez no estás hecha para nadar en el aire, sino para conquistar la tierra.
Bruma nunca lo había pensado así. Tuerca la invitó a su 'campo de entrenamiento'. Pasaron los días y la extraña pareja se volvió inseparable. Tuerca le enseñó a Bruma a escalar paredes de roca casi verticales usando sus garras, y a saltar de saliente en saliente con la precisión de una cabra montesa. Bruma descubrió que, aunque no podía sostenerse en el aire, sus patas eran capaces de propulsarla a alturas increíbles.
—¡Uno, dos y... salto! —gritaba Tuerca.
Bruma se encogía, acumulaba energía en sus potentes músculos amarillos y saltaba. Durante unos segundos mágicos, Bruma volaba. No era un vuelo constante, pero era un salto tan largo y elegante que superaba cualquier árbol del bosque. Empezó a disfrutar de la velocidad en sus patas y del contacto con la tierra.

Una tarde, una tormenta repentina y feroz azotó las Cumbres de Cristal. Los vientos eran tan fuertes que incluso los dragones más experimentados tuvieron que buscar refugio en las cuevas bajas. El aire se volvió un remolino de nubes negras y rayos. Fue entonces cuando se escuchó un rugido de auxilio. Era Rayo, el hermano de Bruma. Se había quedado atrapado en el Nido del Viento, una cornisa estrecha y traicionera donde las corrientes de aire eran tan caóticas que cualquier dragón que intentara volar allí era estrellado contra las rocas por las ráfagas.
Los dragones adultos observaban con horror. —¡No podemos volar con este viento! —gritaba el padre de Bruma—. ¡Las alas se romperían como papel!
Bruma miró a Tuerca, quien asintió con firmeza. La pequeña dragona azul no lo dudó. Mientras los demás miraban al cielo con impotencia, ella se lanzó hacia la ladera de la montaña. Sus patas se aferraban a la piedra mojada con una fuerza asombrosa. Corrió cuesta arriba, saltando sobre grietas que habrían detenido a cualquiera. Cuando llegó a la base del Nido del Viento, el viento soplaba con la fuerza de un huracán.
Bruma no intentó abrir sus alas. En lugar de eso, usó su cola para equilibrarse y trepó por la pared rugosa, aprovechando cada saliente que había practicado con Tuerca. Al llegar a la cornisa, encontró a Rayo temblando de miedo.
—¡Súbete a mi espalda y agárrate fuerte! —le ordenó Bruma.
Rayo, sorprendido, obedeció de inmediato. Bruma calculó la distancia hasta la siguiente plataforma segura. Sabía que no podía bajar trepando con el peso extra de su hermano, así que hizo lo único que podía hacer: el salto de su vida. Se impulsó con toda la fuerza de su corazón y sus poderosas piernas. Por un momento, el tiempo se detuvo. Bruma y Rayo cruzaron el vacío, desafiando a la tormenta, no con alas, sino con puro valor y potencia.
Aterrizaron a salvo en la entrada de la gran cueva principal ante la mirada atónita de toda la comunidad. Cuando la tormenta pasó, Bruma fue recibida con rugidos de alegría. Ya nadie volvió a decir que sus alas eran perezosas. Bruma comprendió que no necesitaba ser igual a los demás para ser especial. Ella era la Dragona de los Saltos, la guardiana de los caminos que los demás no podían ver, demostrando que para tocar el cielo, a veces, lo más importante es saber dónde pones los pies.
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