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En el estanque Esmeralda, vivía una rana muy peculiar llamada Saltarina. A Saltarina le encantaba saltar, ¡más que a cualquier otra rana! Saltaba sobre los nenúfares, saltaba para alcanzar las libélulas, e incluso intentaba saltar hasta las nubes (aunque nunca lo lograba, claro). Pero Saltarina no entendía muy bien por qué saltaba. Simplemente, lo hacía.
Un día soleado, mientras Saltarina intentaba una vez más alcanzar una libélula especialmente brillante, se encontró con Don Tortugo, la tortuga más sabia del estanque. Don Tortugo era viejo, muy viejo, y había visto muchísimas cosas en su larga vida. Estaba sentado en una roca, tomando el sol, con una expresión pensativa en su rostro arrugado.
"Hola, Don Tortugo," saludó Saltarina, jadeando un poco después de su fallido salto. "¿Qué estás pensando?"
Don Tortugo sonrió lentamente. "Estaba pensando en la Tercera Ley de Newton, Saltarina."
Saltarina frunció el ceño. "¿La... qué? ¿Es alguna clase de nuevo insecto delicioso?"
Don Tortugo rió suavemente. "No, Saltarina. No es un insecto. Es una ley, una regla del universo. Se llama la Ley de Acción y Reacción."
Saltarina inclinó la cabeza, confundida. "¿Y qué significa eso?"
"Significa," explicó Don Tortugo, "que para cada acción, hay una reacción igual y opuesta."
Saltarina siguió sin entender. Don Tortugo suspiró amablemente. "Mira, Saltarina. Cuando saltas, empujas el suelo con tus patas, ¿verdad?"
"¡Sí!", respondió Saltarina, orgullosa de su habilidad para saltar.
"Pues bien," continuó Don Tortugo, "la Ley de Acción y Reacción dice que el suelo también te empuja a ti, ¡con la misma fuerza! Tu acción es empujar el suelo, y la reacción del suelo es empujarte hacia arriba. Esa es la razón por la que puedes saltar."
Saltarina abrió los ojos como platos. "¡Así que no es solo que yo quiero saltar! ¡El suelo me está ayudando!"
"Exactamente," dijo Don Tortugo, asintiendo con la cabeza. "Imagina que intentas saltar en el aire. No podrías, ¿verdad? Porque no tendrías nada que empujar."
Saltarina imaginó la escena y se dio cuenta de que Don Tortugo tenía razón. Intentó mover sus patas como si estuviera saltando en el aire, pero no se movió ni un centímetro.
"¡Tienes razón!", exclamó Saltarina. "Necesito algo que empujar para poder saltar."
Don Tortugo sonrió. "Ahora lo entiendes. La acción y la reacción siempre van juntas. Piensa en ello: cuando nadas, empujas el agua hacia atrás con tus patas, y el agua te empuja hacia adelante. Cuando una abeja vuela, empuja el aire hacia abajo con sus alas, y el aire la empuja hacia arriba."
Saltarina estaba fascinada. Empezó a mirar el mundo a su alrededor de una manera completamente nueva. Vio a un pato nadando y pensó en cómo estaba empujando el agua. Vio una hoja caer de un árbol y pensó en cómo el aire la estaba frenando.
"¡Don Tortugo, eres un genio!", exclamó Saltarina. "¡Gracias por explicarme la Ley de Acción y Reacción!"
Don Tortugo sonrió. "De nada, Saltarina. Ahora ve y salta. Pero recuerda, cada vez que lo hagas, ¡estás trabajando en equipo con el suelo!"
Saltarina, llena de nueva energía y comprensión, dio un gran salto. Esta vez, no solo saltó para alcanzar la libélula, sino que saltó para celebrar la maravillosa Ley de Acción y Reacción. A partir de ese día, Saltarina se convirtió en la rana más consciente de la física del estanque Esmeralda. Y aunque seguía intentando alcanzar las nubes, ahora sabía que necesitaba una escalera muy, muy larga... ¡o una reacción aún más fuerte! Siempre recordaría que cada vez que saltaba, era una danza entre ella y el mundo, una perfecta demostración de la Tercera Ley de Newton.
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