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Había una vez, en un pequeño pueblo lleno de casas de colores y calles empedradas, una niña llamada Martina. Martina era conocida por todos por su sonrisa constante y, sobre todo, por algo muy curioso que siempre llevaba consigo: un pequeño corazón de papel rojo. Este corazón no era un juguete cualquiera; Martina lo había recortado ella misma con mucho cuidado y lo guardaba con celo en el bolsillo derecho de su delantal escolar.
Para Martina, ese corazón tenía un significado muy sencillo. Ella pensaba que los corazones, ya fueran de papel o de verdad, servían exclusivamente para una cosa: para decir “te quiero”. Cada vez que veía a su mamá por la mañana o cuando su papá le daba un beso antes de dormir, ella tocaba el papelito en su bolsillo y pensaba en esas palabras mágicas. Creía que el amor era algo que se guardaba para ocasiones especiales, como un tesoro bajo llave.
Un martes por la mañana, mientras el sol entraba a raudales por las grandes ventanas del salón de clases, Martina notó algo inusual. Su amigo Samuel, que siempre era el primero en empezar a dibujar con entusiasmo, estaba sentado muy quieto. Tenía la mirada baja, los hombros caídos y sus manos jugueteaban nerviosas con el borde de la mesa. Martina se acercó sigilosamente, sintiendo el roce del papel en su bolsillo.
—¿Qué pasa, Samuel? —preguntó Martina con voz suave.
Samuel suspiró profundamente, casi a punto de llorar. —He olvidado mi estuche de colores en casa. Hoy tenemos que pintar el mural del jardín y no tengo nada para usar. Me voy a quedar sin participar.
Martina sintió un pequeño vuelco en su pecho. Recordó su corazón de papel. En ese momento, no dijo “te quiero”, pero sintió un impulso nuevo. Sin dudarlo, abrió su propio estuche, rebosante de lápices de todos los colores del arcoíris, desde el azul cobalto hasta el amarillo chillón.
—No te preocupes, Samuel —dijo ella con una sonrisa radiante—. Puedes usar mis colores. Compartiremos los míos y así el mural quedará doblemente bonito. El azul para el cielo y el verde para las hojas son mejores cuando se comparten.
Los ojos de Samuel se iluminaron instantáneamente y una gran sonrisa apareció en su rostro. Martina sintió que su bolsillo se volvía un poco más cálido, como si el papel se hubiera transformado en lana.

Más tarde, durante la clase de matemáticas, la profesora entregó una hoja llena de acertijos y formas geométricas. A Martina le encantaban los retos, pero notó que Sofía, la niña que se sentaba a su izquierda, estaba frunciendo el ceño y borrando una y otra vez lo que escribía sobre el papel. Sofía parecía estar atrapada en un laberinto de números y estaba a punto de rendirse.
Martina recordó que a veces las palabras no son suficientes para consolar a alguien. Se movió un poco en su silla y se sentó junto a Sofía, señalando suavemente el dibujo del triángulo.
—¿Quieres que lo veamos juntas? —le propuso—. A veces, dos cabezas piensan mejor que una, y a mí me costó entenderlo al principio también.
Sofía asintió aliviada. Martina pasó los siguientes veinte minutos explicando pacientemente cómo unir los puntos y resolver las sumas. No usó palabras de afecto complicadas, simplemente estuvo allí, ofreciendo su tiempo y su paciencia como si fueran caramelos. Cuando Sofía finalmente logró terminar la actividad por sí misma, le dio un abrazo rápido y sincero a Martina. Una vez más, Martina sintió que su pequeño corazón de papel vibraba con una energía especial.
Llegó la hora del recreo. El patio era un estallido de gritos alegres, carreras y juegos de pelota. Sin embargo, en un rincón apartado, bajo la sombra de un gran roble de ramas nudosas, Martina vio a Samuel sentado solo. A pesar de haber recuperado su alegría por los colores, ahora parecía que no sabía cómo integrarse al bullicio del juego. Martina tenía muchas ganas de ir a los columpios con las otras niñas, donde el viento le refrescaría la cara, pero se detuvo.
Caminó hacia el roble, sintiendo la hierba fresca bajo sus zapatos, y se sentó junto a él.
—¿Jugamos juntos, Samuel? —preguntó—. Podemos buscar piedras con formas extrañas o imaginar que las nubes que cruzan el cielo son dragones y castillos.
Samuel levantó la vista, sorprendido y profundamente agradecido. —Me encantaría —respondió con entusiasmo.

Pasaron el recreo riendo y corriendo, inventando mundos fantásticos donde ellos eran los exploradores. Martina se dio cuenta de que estar presente para alguien era un regalo maravilloso que no necesitaba envoltorios.
Al final del día, cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja y violeta, Martina regresó a su casa. Se sentó en la orilla de su cama y sacó el pequeño corazón de papel de su bolsillo. Lo miró con mucha atención. Seguía siendo de papel rojo, tal vez un poco más arrugado por haber estado todo el día en el bolsillo, pero a sus ojos, parecía brillar con una luz dorada que antes no tenía.
Fue entonces cuando Martina comprendió el gran secreto que su corazón de papel le había estado susurrando. El amor y la amistad no son solo palabras que se dicen al viento. No se quedan solo en el “te quiero” que ella tanto practicaba frente al espejo. El amor es algo vivo y poderoso que se demuestra con nuestras acciones diarias: compartiendo lo que tenemos, ayudando al que tiene dificultades y acompañando al que se siente solo en la sombra.
Desde ese día, Martina no solo llevaba su corazón en el bolsillo; lo llevaba en sus manos dispuestas a ayudar y en sus pies listos para acercarse a los demás. Comprendió que cada vez que ayudaba a alguien, en realidad estaba regalando un pedacito invisible de su corazón, y lo más mágico de todo era que, cuanto más regalaba, más grande, fuerte y brillante se sentía su propio corazón dentro de su pecho.
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