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Gratis · elegí una vozEn el corazón del Valle de los Gigantes, donde los helechos eran tan altos como edificios y los ríos brillaban como diamantes líquidos, vivía un pequeño Tiranosaurio Rex llamado Tito. A diferencia de sus hermanos, que pasaban el día practicando rugidos feroces y compitiendo para ver quién corría más rápido, Tito pasaba sus tardes tumbado sobre la hierba suave, mirando hacia arriba. Lo que Tito más deseaba en el mundo no era ser el rey de la selva, sino poder flotar entre las nubes blancas que cruzaban el cielo.
—¡Los dinosaurios de nuestro tipo no vuelan, Tito! —le decía su madre con una sonrisa cariñosa—. Tenemos patas fuertes para caminar sobre la tierra y colas largas para mantener el equilibrio. El cielo es para los Pterodáctilos.
Pero Tito no se rendía. Un día, decidió que si la naturaleza no le había dado alas, él mismo las fabricaría. Buscó las hojas más grandes de la selva, unas palmas gigantescas de color verde intenso, y las unió con lianas resistentes que encontró en los árboles más viejos. Con mucho esfuerzo, se ató las hojas a sus pequeños brazos y subió a la roca más alta que pudo encontrar. Suspiró profundamente, cerró los ojos y saltó. Pero en lugar de elevarse, Tito cayó directamente en un arbusto de bayas moradas. Terminó cubierto de jugo pegajoso y con una hoja colgando de su nariz.
—Tal vez necesito más velocidad —pensó, mientras se limpiaba la cara.
Su segundo intento fue más audaz. Corrió colina abajo tan rápido como sus patas se lo permitieron, batiendo sus brazos de hoja con desesperación. Por un segundo, sintió que sus pies dejaban de tocar el suelo, pero fue solo la inercia de un salto. Cayó rodando por la hierba hasta detenerse a los pies de Pipo, un anciano Pterodáctilo que observaba la escena con curiosidad desde una rama.
—¿Qué intentas hacer, pequeño amigo? —preguntó Pipo con voz ronca pero amable.
—Quiero ver el mundo desde arriba —respondió Tito, un poco triste—. Quiero sentir el viento en mi cara y tocar el sol. Pero soy demasiado pesado y mis brazos son demasiado cortos.
Pipo bajó de la rama y caminó hacia él. —Volar no solo es cuestión de alas, Tito. Es cuestión de entender el viento. Tú tienes el corazón de un aviador, pero el cuerpo de un caminante. Sin embargo, hay más de una forma de alcanzar las nubes.
El anciano Pterodáctilo llevó a Tito hacia el Gran Cañón, donde las corrientes de aire eran tan fuertes que hacían bailar a los árboles. Allí, Pipo ayudó a Tito a construir una estructura diferente: un armazón de cañas de bambú cubierto con la piel de los frutos secos del árbol del aire, que eran ligeros como el papel. Era una especie de cometa gigante, pero diseñada para que un pequeño dinosaurio pudiera colgarse de ella.
—Espera a que el viento sople desde el sur —instruyó Pipo—. Cuando sientas que la tierra tiembla bajo tus pies por la fuerza del aire, corre y no mires atrás.
Tito esperó pacientemente. De repente, una ráfaga poderosa barrió el cañón. Tito empezó a correr. La estructura de bambú comenzó a vibrar y, de repente, el tirón fue tan fuerte que sus pies se despegaron de la roca. ¡Estaba volando! El valle se hizo pequeño bajo sus pies. Pudo ver los ríos como hilos de plata, las copas de los árboles como alfombras de musgo y a sus hermanos, que parecían hormiguitas verdes asombradas.
Durante horas, Tito y Pipo planearon juntos. Tito no necesitaba batir alas; simplemente se dejaba llevar por las corrientes invisibles, sintiendo una libertad que nunca había imaginado. El sol comenzó a ponerse, pintando el cielo de naranja, violeta y oro. Tito se sintió el dinosaurio más afortunado del mundo.
Al aterrizar suavemente sobre la arena suave del río, Tito abrazó a Pipo. —Gracias por enseñarme que no hay sueños imposibles, solo caminos diferentes para lograrlos.
Desde aquel día, Tito siguió siendo un T-Rex que caminaba por la tierra, pero todos en el valle sabían que, cada vez que soplaba el viento del sur, si miraban hacia arriba, verían una pequeña mancha verde cruzando las nubes, demostrando que incluso el más pesado de los dinosaurios puede alcanzar las estrellas si tiene el valor de intentarlo.
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