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En el corazón de San Celaje, un pueblo donde la niebla se arrastra por las calles empedradas como un gato blanco y silencioso, se encontraba la tienda de Don Elías. No era una tienda común; era una relojería que parecía haber sido construida con los restos de un naufragio de otra época. Los cristales de la fachada estaban tan sucios que el interior siempre permanecía en una penumbra dorada, interrumpida solo por el brillo errático de mil péndulos oscilantes.
Mateo, un chico de trece años con una curiosidad que a menudo superaba su prudencia, siempre se detenía frente al escaparate. Mateo tenía la piel bronceada por los veranos en el campo y un cabello oscuro perpetuamente desordenado que caía sobre sus ojos. Ese día, vestía su sudadera azul marino favorita y unos pantalones cargo de color verde oliva, con los bolsillos llenos de piedras lisas y trozos de cuerda. El pueblo celebraba el eclipse lunar, un evento que, según las leyendas locales, debilitaba el velo entre lo que es y lo que podría ser.
—No entres ahí, Mateo —le había advertido su abuela—. Don Elías no arregla relojes; atrapa momentos que nadie quiere recordar.
Pero Mateo, impulsado por ese desafío invisible que sienten los adolescentes ante lo prohibido, empujó la puerta. Una campana de bronce soltó un tañido ronco. El aire olía a aceite de linaza, polvo antiguo y algo más... un olor metálico parecido al de la lluvia sobre el hierro caliente. Don Elías no estaba por ninguna parte. En su lugar, el taller estaba lleno de un tictac ensordecedor, una cacofonía de latidos metálicos que no lograban ponerse de acuerdo.
En el centro de un mostrador de madera de caoba, Mateo vio algo que no encajaba. Era un cronómetro de plata, liso y sin marcas, que no emitía ningún sonido. A diferencia de los demás relojes, las agujas de este se movían hacia atrás con una fluidez antinatural. Sin pensarlo, Mateo lo tomó entre sus manos. El metal estaba tan frío que parecía quemar. Al presionar el botón superior, el tictac de la tienda se detuvo en seco.
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito. Mateo miró hacia la ventana y vio que una hoja que caía de un árbol se había quedado suspendida en el aire. La niebla exterior se había congelado en formas fantasmales. Pero lo peor no fue la quietud, sino el cambio en la luz. El mundo se volvió gris, como una fotografía vieja, y las sombras de los relojes empezaron a despegarse de las paredes.
—Has activado el Segundo Infinito —susurró una voz que parecía venir de todas partes y de ninguna.
Mateo se giró bruscamente. En un rincón oscuro, una figura alta y delgada emergió. No era Don Elías. Era una entidad hecha de engranajes oxidados y jirones de oscuridad. Sus ojos eran dos pequeñas esferas de cristal que reflejaban el rostro asustado de Mateo. Se hacía llamar el Cronista de las Sombras.
—Para que el tiempo vuelva a fluir, debes encontrar la cuerda del corazón —dijo la entidad, extendiendo una mano larga y huesuda—. Si no lo haces antes de que el eclipse termine en el mundo de arriba, te convertirás en una pieza más de esta maquinaria. Una sombra que marca las horas para nadie.
Mateo sintió un escalofrío que le recorrió la columna. El miedo era una presión fría en su pecho, pero también una chispa de adrenalina. Sabía que no podía quedarse paralizado. Corrió hacia la parte trasera de la tienda, adentrándose en un pasillo que parecía estirarse infinitamente. Las paredes estaban cubiertas de espejos que no mostraban su reflejo, sino versiones de él mismo en situaciones que nunca habían ocurrido: un Mateo anciano, un Mateo que nunca entró en la tienda, un Mateo que lloraba en la oscuridad.
—No mires los 'podría haber sido' —se dijo a sí mismo, apretando los puños—. Mira lo que es.
Llegó a una cámara circular donde un enorme motor de reloj ocupaba el centro. Era el corazón de la tienda, un mecanismo colosal de bronce y oro que latía con una luz azul pálida. Sin embargo, una masa de sombras espesas y pegajosas se enredaba en los engranajes, deteniendo el movimiento. Eran los remordimientos y los miedos de la gente del pueblo, que Don Elías había recolectado durante años.
Mateo comprendió que el cronómetro de plata no era un arma, sino una llave. Se acercó al gran mecanismo, pero las sombras se alzaron como cobras negras, siseando su nombre.
—¿Por qué quieres volver? —le preguntaron las sombras con las voces de sus amigos—. Aquí el tiempo no duele. Aquí no hay exámenes, ni responsabilidades, ni el miedo a crecer. Quédate en el eclipse eterno.
Mateo vaciló. La idea de un mundo sin presiones era tentadora. Pero entonces recordó el olor del pan recién horneado de su madre, las risas reales en el patio de la escuela y la sensación del sol de verdad sobre su piel. La imperfección del tiempo real era lo que lo hacía valioso.
—Prefiero un minuto de verdad que una eternidad de sombras —gritó Mateo.
Insertó el cronómetro de plata en una hendidura en el centro del gran motor. La luz azul estalló, volviéndose blanca y cegadora. El metal del cronómetro comenzó a girar, devorando las sombras como un remolino. Los engranajes chirriaron, protestando, hasta que finalmente, con un estruendo metálico que hizo vibrar el suelo, el primer tictac resonó en la habitación.
La onda expansiva lanzó a Mateo hacia atrás. Cerró los ojos mientras sentía que el mundo giraba sobre sí mismo. Cuando los abrió, estaba sentado en el suelo de la tienda. La luz del sol —o lo que quedaba de ella tras el eclipse— entraba por la ventana. El tictac de los mil relojes había regresado, pero ahora sonaba armónico, casi como una canción.
Don Elías estaba de pie junto al mostrador, limpiando un cristal con un paño viejo. No parecía sorprendido de ver a Mateo en el suelo.
—Es un peso grande para unos hombros tan jóvenes, ¿verdad? —dijo el anciano con una sonrisa enigmática—. Pero el tiempo solo es peligroso para quienes intentan detenerlo.
Mateo se puso de pie, sacudiéndose el polvo de su sudadera azul. Miró sus manos; el cronómetro de plata había desaparecido, pero en su muñeca izquierda ahora había una pequeña marca, una línea fina y plateada que recordaba a la manecilla de un reloj.
Salió de la tienda y respiró el aire fresco de San Celaje. La niebla se estaba disipando y sus amigos lo llamaban desde la plaza. Corrió hacia ellos, sintiendo cada segundo como un regalo. Sin embargo, de vez en cuando, al pasar frente a un espejo, Mateo juraría que su sombra se detiene un instante más de lo debido, como si todavía estuviera escuchando el eco de aquel Segundo Infinito, recordándole que el tiempo es la magia más oscura y hermosa de todas.
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