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Gratis · elegí una vozEn la lejana constelación de Brillantina, donde las estrellas brillaban como caramelos y los planetas giraban con sabor a fresa, vivía un pequeño astronauta llamado Leo. Leo amaba explorar el espacio en su nave espacial, la "Cometa Veloz", buscando nuevas aventuras y, sobre todo, ¡deliciosas meriendas cósmicas!
Un día, mientras navegaba cerca de la Nebulosa Algodón de Azúcar, Leo escuchó un suave gemido. Al principio, pensó que era el viento solar silbando, pero el gemido se hizo más fuerte, como si alguien estuviera llorando. Curioso, Leo siguió el sonido hasta que llegó a un pequeño asteroide cubierto de polvo brillante.
Allí, enrollado como una rosquilla espacial, estaba... ¡un gusano gigante! Pero no era un gusano normal. Este era un gusano interestelar, ¡y parecía muy triste!
"¿Qué te pasa?" preguntó Leo con cautela. "Nunca había visto un gusano tan grande y... brillante."
El gusano levantó su cabeza, que era del tamaño de la Cometa Veloz, y suspiró. "¡Oh, pequeño astronauta! Me llamo Glotón, y estoy perdido. Y hambriento. ¡Muuuy hambriento!"
Leo se sorprendió. "¿Perdido? ¿Y qué comes tú, un gusano cósmico?"
Glotón gimió de nuevo. "¡Pastel de estrellas! Es mi comida favorita. Pero la Panadería Estelar, donde hornean los mejores pasteles, está a miles de años luz. ¡Nunca llegaré!"
Leo sintió pena por Glotón. Él amaba los pasteles, y no podía imaginar estar tan lejos de su tienda de dulces favorita. "¡No te preocupes, Glotón! ¡Yo te ayudaré! Te llevaré a la Panadería Estelar en mi nave."
Glotón se iluminó como una supernova. "¿De verdad? ¡Oh, gracias, pequeño astronauta! ¡Eres mi héroe!"
Así que, Leo, con mucho cuidado, ayudó a Glotón a subir a la Cometa Veloz. Fue un poco apretado, ya que Glotón ocupaba casi todo el espacio. ¡Sus anillos brillantes rozaban las paredes de la nave!
"¡Agárrate fuerte, Glotón! ¡Vamos a volar a la velocidad de la luz!" gritó Leo, y la Cometa Veloz despegó hacia la Panadería Estelar.
El viaje fue largo y lleno de aventuras. Pasaron por planetas de chocolate, esquivaron meteoritos de caramelo y bailaron con las luces de la aurora boreal. Glotón, aunque era enorme, se portó muy bien. Contaba historias sobre las constelaciones y cantaba canciones cósmicas con una voz profunda y resonante.
Finalmente, después de muchos días de viaje, llegaron a la Panadería Estelar. Era un lugar mágico, con chimeneas que echaban humo de vainilla y ventanas llenas de pasteles de todas las formas y colores.
"¡Hemos llegado!" gritó Leo, emocionado.
Glotón, al ver la Panadería Estelar, comenzó a babear. ¡Su baba brillante formó pequeños charcos de purpurina en el suelo de la nave!
Leo estacionó la Cometa Veloz y ambos entraron a la panadería. El aroma a pastel recién horneado era irresistible. Enormes pasteles de estrellas giraban lentamente en exhibidores brillantes.
La dueña de la panadería, una anciana amable con un gorro de chef lleno de estrellas, los saludó con una sonrisa. "¡Bienvenidos a la Panadería Estelar! ¿Qué puedo ofrecerles hoy?"
Glotón, con voz temblorosa, dijo: "¡Quiero el pastel de estrellas más grande que tenga! ¡Por favor!"
La panadera sonrió y sacó un pastel gigante, tan grande como un planeta pequeño. Estaba decorado con estrellas de azúcar y tenía una capa de glaseado brillante.
Glotón, con los ojos llenos de lágrimas de felicidad, comenzó a devorar el pastel. ¡Lo comió tan rápido que Leo apenas podía creerlo!
Cuando Glotón terminó, suspiró con satisfacción. "¡Oh, eso estuvo delicioso! ¡Gracias, pequeño astronauta! ¡Me has salvado!"
Leo sonrió. "¡De nada, Glotón! Me alegro de haberte ayudado."
Glotón, sintiéndose lleno y feliz, decidió quedarse a vivir cerca de la Panadería Estelar. Prometió a Leo que siempre lo visitaría para compartir un trozo de pastel.
Leo se despidió de Glotón y regresó a la Cometa Veloz. Estaba cansado, pero muy feliz. Había hecho un nuevo amigo y había probado el pastel de estrellas más delicioso del universo.
Desde ese día, Leo y Glotón siguieron siendo amigos. Juntos, exploraron el espacio, compartieron pasteles de estrellas y vivieron muchas aventuras más. Y Leo aprendió que incluso los gusanos cósmicos más grandes necesitan un amigo y un buen pastel para ser felices.
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