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Gratis · elegí una vozEn un reino mágico, muy, muy lejano, donde los caramelos crecían en los árboles y los ríos fluían con chocolate caliente, vivía el Hada Dientona. A diferencia del Ratón Pérez, al Hada Dientona NO le gustaban los dientes. ¡Los odiaba! Le parecían huesos blancos y aburridos, nada que ver con las brillantes canicas de cristal o las coloridas plumas de los pájaros del bosque.
Mientras que el Ratón Pérez recolectaba dientes con entusiasmo, el Hada Dientona hacía todo lo posible por evitarlos. En lugar de monedas brillantes, dejaba pequeños montones de polvo de hadas, esperando que los niños olvidaran sus dientes perdidos por completo. "¡Ojalá se los comieran los peces!", pensaba, agitando sus alas con frustración.
Pero el reino mágico tenía un problema: los Ratones Perezosos. Estos no eran los primos trabajadores del Ratón Pérez. ¡No señor! Los Ratones Perezosos eran un grupo de roedores holgazanes y dormilones que pasaban sus días roncando en colchones de algodón de azúcar. Su trabajo, teóricamente, era ayudar al Ratón Pérez a recolectar los dientes caídos, pero preferían comer migas de galleta y echarse siestas eternas.
Un día, el Ratón Pérez, desesperado, voló hasta el castillo de cristal del Hada Dientona. "¡Hada Dientona, necesito tu ayuda!", exclamó, con la voz temblorosa. "Los Ratones Perezosos no están haciendo su trabajo. ¡Hay dientes por todas partes! ¡Los niños están tristes porque no reciben sus monedas!"
El Hada Dientona, quien prefería mil veces una siesta a un diente, arrugó la nariz. "¿Y qué quieres que haga yo? ¿Que recoja dientes? ¡Prefiero limpiar establos de unicornios!"
"No, no, Hada Dientona", respondió el Ratón Pérez, "necesito que les des una lección a los Ratones Perezosos. ¡Solo tú puedes hacerlo!"
El Hada Dientona, intrigada por la idea de no tener que tocar un solo diente, aceptó a regañadientes. Preparó un plan malvado (pero divertido). La noche siguiente, mientras los Ratones Perezosos roncaban profundamente, el Hada Dientona roció sus bigotes con un polvo mágico que los hacía… ¡estornudar! Pero no estornudos normales, ¡estornudos que convertían todo a su alrededor en caramelos pegajosos!
Al despertar, los Ratones Perezosos se encontraron rodeados de un mar de caramelo. Sus camas, sus mantas, ¡incluso sus bigotes estaban cubiertos de dulce pegamento! Intentaron moverse, pero estaban atrapados. "¡Ayuda!", gritaron, con las bocas llenas de caramelo.
El Hada Dientona apareció, revoloteando con una sonrisa. "Oh, Ratones Perezosos, parece que están en un aprieto muy dulce. Para liberarse, tendrán que hacer algo por mí… ¡recolectar todos los dientes perdidos del reino!"
Los Ratones Perezosos, aterrados de pasar el resto de sus vidas pegados al caramelo, aceptaron sin dudarlo. Trabajaron día y noche, buscando cada diente debajo de las almohadas, en los jardines y hasta en las copas de los árboles. ¡Nunca habían trabajado tan duro en sus vidas!
Mientras tanto, el Hada Dientona, observándolos desde su castillo, empezó a sentir… ¿pena? Ver a los Ratones Perezosos tan ocupados y arrepentidos la hizo reflexionar. Tal vez, pensó, no todos los dientes eran tan horribles después de todo. Y tal vez, ayudar a los niños a ser felices era algo bueno.
Cuando los Ratones Perezosos terminaron su tarea, el Hada Dientona los liberó del caramelo pegajoso. Pero en lugar de regañarlos, les dio una sorpresa. "Han trabajado muy duro", dijo, "y han aprendido una valiosa lección. Como recompensa, les daré… ¡un suministro ilimitado de migas de galleta!"
Los Ratones Perezosos, felices y agradecidos, prometieron trabajar duro y ayudar al Ratón Pérez. Y el Hada Dientona, aunque todavía no amaba los dientes, aprendió a apreciarlos un poco más. Incluso, de vez en cuando, dejaba una pequeña moneda brillante junto al polvo de hadas, solo para ver la sonrisa de los niños al día siguiente. Y así, el reino mágico volvió a ser un lugar feliz, gracias a un Hada Dientona que odiaba los dientes y a unos Ratones Perezosos que aprendieron a trabajar.
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