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Gratis · elegí una vozHabía una vez un hada llamada Lila, un hada pequeña con alas brillantes del color del arcoíris. Lila era muy alegre y le encantaba jugar con las mariposas y cantar con los pajaritos del bosque. Pero Lila tenía un pequeño problema: ¡era muy, pero muy olvidadiza! Un día, mientras jugaba a las escondidas con una ardilla llamada Pipo, Lila se dio cuenta de que no sabía dónde estaba su casa.
"¡Oh, no!", exclamó Lila, "¡He olvidado dónde vivo!".
Pipo, con su colita esponjosa, la miró con curiosidad. "¿Olvidado? ¿Cómo puedes olvidar dónde vives, Lila?"
Lila suspiró. "No lo sé, Pipo. Simplemente… pasó. Estaba tan concentrada en jugar contigo que perdí el rumbo."
Así que, Lila comenzó su búsqueda. Primero, voló hacia el río Susurrante, donde vivían las libélulas. "¡Libélulas, libélulas!", gritó Lila, "¿Han visto mi casa? Es pequeña y tiene una puerta hecha de pétalos de rosa."
Las libélulas, con sus alas transparentes, negaron con la cabeza. "Lo sentimos, Lila. Hoy hemos estado muy ocupadas recogiendo rocío. No hemos visto tu casa."
Lila se sintió un poco triste, pero no se rindió. Voló hacia el claro de los hongos parlanchines. Estos hongos eran famosos en todo el bosque por saberlo todo. "¡Hongos parlanchines!", exclamó Lila, "¿Pueden decirme dónde está mi casa?"
Los hongos, con sus sombreros de colores, comenzaron a murmurar entre ellos. Después de un rato, el hongo más grande, con un sombrero rojo con lunares blancos, dijo: "Tu casa… tu casa… ¡Ah, sí! Está cerca del árbol anciano, pero…".
"¿Pero qué?", preguntó Lila, ansiosa.
"Pero… ¡hemos olvidado la dirección exacta! Nuestra memoria no es tan buena como antes", respondió el hongo, apenado.
Lila suspiró de nuevo. Parecía que nadie podía ayudarla. Estaba a punto de llorar cuando escuchó una voz suave.
"¿Estás buscando algo, pequeña hada?"
Lila se giró y vio a una anciana tortuga, sentada bajo la sombra de un gran helecho. La tortuga tenía una cara amable y unos ojos sabios.
"Sí, señora tortuga", dijo Lila. "He olvidado dónde está mi casa y nadie sabe cómo ayudarme."
La tortuga sonrió. "Yo te ayudaré, Lila. Dime, ¿qué recuerdas de tu casa?"
Lila pensó por un momento. "Recuerdo que está cerca de un árbol muy grande, y que tiene una puerta hecha de pétalos de rosa… y… y… ¡Recuerdo que hay un nido de petirrojos en el árbol!"
La tortuga asintió. "¡Ah! Creo que sé dónde está. Ven conmigo."
La tortuga comenzó a caminar, muy lentamente, hacia el interior del bosque. Lila volaba a su lado, observando todo con atención. Después de un rato, llegaron a un árbol enorme, el más grande que Lila había visto en su vida. En una de las ramas más altas, había un nido de petirrojos.
"¡Ese es! ¡Ese es mi árbol!", gritó Lila, emocionada. Voló hacia la base del árbol y allí estaba: su pequeña casa, con una puerta hecha de pétalos de rosa. Estaba tan feliz que abrazó a la tortuga con todas sus fuerzas.
"¡Gracias, señora tortuga! ¡Me ha salvado!", dijo Lila.
La tortuga sonrió. "De nada, Lila. A veces, lo que olvidamos se encuentra justo delante de nuestros ojos. Solo necesitamos a alguien que nos ayude a recordarlo."
Lila entró en su casa y encontró una nota en la mesa. Era de su mamá hada. Decía: "Lila, he ido a recoger bayas. Vuelvo pronto. ¡No olvides que te quiero!".
Lila sonrió. Aunque era olvidadiza, sabía que nunca olvidaría cuánto quería a su mamá. Y también sabía que nunca olvidaría la amabilidad de la tortuga y la importancia de prestar atención a los detalles. Desde ese día, Lila intentó ser más cuidadosa y recordarlo todo. Y aunque a veces seguía olvidando algunas cosas, siempre tenía a sus amigos del bosque para ayudarla a recordar.
Esa noche, cuando su mamá regresó con una cesta llena de bayas, Lila le contó toda su aventura. Su mamá la abrazó y le dijo: "No te preocupes por ser olvidadiza, Lila. Lo importante es que tienes un corazón bueno y muchos amigos que te quieren."
Lila se acurrucó junto a su mamá y se quedó dormida, soñando con el río Susurrante, los hongos parlanchines y la amable tortuga que la había ayudado a encontrar su camino a casa. Y aunque era olvidadiza, nunca olvidó la lección que había aprendido ese día: que incluso las hadas más olvidadizas pueden encontrar su camino a casa con la ayuda de sus amigos y un poco de atención.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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