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En el corazón de la selva amazónica, donde el sol parece jugar a las escondidas entre las hojas gigantescas, vivía una niña llamada Yarí. Yarí tenía ocho años, una piel del color de la canela y un cabello negro y liso que siempre adornaba con una pequeña pluma de color turquesa. Su abuela, Amalivaca, era la mujer más anciana de la comunidad y poseía el don de contar historias que hacían que el tiempo se detuviera.
Una tarde, mientras el cielo se teñía de naranja y violeta, Yarí se sentó a los pies de su abuela. —Abuela, ¿de dónde venimos? —preguntó la niña con curiosidad. La anciana sonrió, sus arrugas dibujando un mapa de sabiduría en su rostro. —Venimos del aliento del río y de las semillas de la tierra, pequeña Yarí. Déjame mostrarte el hilo que nos une con el pasado.
Amalivaca cerró los ojos y comenzó a narrar el mito de la creación. Contó que hace miles de años, el gran espíritu Amalivaca llegó en una canoa de luz al río Orinoco. En aquel entonces, el mundo era joven y salvaje. Él enseñó a los primeros hombres y mujeres a tallar la madera, a entender el lenguaje de las guacamayas y a respetar el ciclo de la lluvia. Yarí cerró los ojos y pudo imaginar a sus ancestros, los primeros pobladores, caminando por selvas vírgenes, descubriendo el fuego y creando los primeros cantos que aún hoy se escuchan en el viento.

—Pero no solo vivimos en la selva —continuó la abuela—. Nuestros hermanos, los Añú y los Warao, aprendieron a caminar sobre el agua. Construyeron casas llamadas palafitos, sostenidas por troncos fuertes que se hundían en las lagunas y en el Delta. Eran ciudades que flotaban, donde los niños aprendían a remar antes que a caminar. Imagina, Yarí, despertar cada mañana con el reflejo del agua en tu techo y los peces saltando cerca de tu ventana.
Yarí imaginó las canoas deslizándose silenciosas entre los manglares. La abuela luego le habló de los valientes guerreros de las montañas y de los sabios Wayúu en las tierras áridas del norte, quienes aprendieron a tejer sus sueños en chinchorros de colores vibrantes, usando los hilos para contar la historia de sus clanes. Cada nudo era una palabra, cada color era un sentimiento.
—A medida que pasaron los siglos —dijo la abuela con un tono más serio—, llegaron personas de tierras lejanas. Hubo cambios, luchas y nuevos idiomas. Pero nuestro hilo no se rompió. Nos adaptamos. Aprendimos a compartir nuestra tierra mientras protegíamos nuestros secretos. Los indígenas de Venezuela no somos solo estatuas en un museo, Yarí; somos una llama que sigue encendida.

La abuela llevó a Yarí hasta un pequeño claro desde donde se veía la escuela de la comunidad. —Mira allá —señaló—. Hoy, tú usas una tableta para estudiar, pero en tus venas corre la misma sangre que la de aquellos que descubrieron el caucho y la medicina de las plantas. Hablas español con tus amigos, pero conmigo hablas nuestra lengua materna, la lengua de los pájaros y los ríos. Eso es ser indígena hoy: ser un puente entre lo que fue y lo que será.
Yarí miró sus manos. Eran pequeñas, pero fuertes. Comprendió que su cultura no era algo viejo y polvoriento, sino algo vivo que crecía con ella. Entendió que cuando ayudaba a su madre a moler el maíz para las arepas, o cuando escuchaba con respeto el sonido de la lluvia, estaba manteniendo vivo el legado de miles de años.
—¿Y qué pasará en el futuro, abuela? —preguntó Yarí, mirando las estrellas que comenzaban a asomarse.
—El futuro lo tejes tú —respondió Amalivaca, entregándole un pequeño huso con hilos de colores—. Mientras recuerdes quiénes fuimos, mientras cuides la tierra que nos da la vida y mientras compartas nuestras historias, nuestro pueblo nunca desaparecerá. Serás una doctora, una ingeniera o una artista, pero siempre serás Yarí, la niña con la pluma turquesa, la guardiana del Orinoco.
Esa noche, Yarí soñó con canoas de luz que navegaban por ríos de estrellas. Se vio a sí misma como parte de una gran cadena humana que se extendía desde el principio de los tiempos hasta un futuro brillante y lleno de esperanza. Venezuela, con sus selvas, sus llanos y sus costas, latía en su corazón con la fuerza de un tambor ancestral. La historia de su pueblo no había terminado; apenas estaba comenzando un nuevo capítulo, y ella era la protagonista.
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