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Había una vez, en una granja soleada, un huevo muy peculiar. No era un huevo blanco y liso como los demás. ¡No, señor! Este huevo tenía manchas marrones por todas partes, como si alguien hubiera salpicado pintura sobre él. Los otros huevos, todos blancos e impolutos, lo miraban con curiosidad y un poco de desdén.
"¡Mira, es el huevo manchado!" cuchicheaban los huevos blancos cuando el huevo manchado rodaba cerca de ellos en la cesta. El huevo manchado se sentía muy triste. Quería ser como los demás, blanco y perfecto, pero no podía cambiar su apariencia.
Un día, la gallina Clotilde, la mamá de todos los huevos, notó la tristeza del huevo manchado. Se acercó a él con sus pasos cortos y suaves y lo miró con cariño.
"¿Qué te pasa, pequeño?" preguntó Clotilde con su voz suave y maternal.
"No soy como los demás," respondió el huevo manchado, con la voz temblorosa. "Todos los huevos son blancos y yo estoy lleno de manchas. ¡Nadie querrá que nazca de mí!"
Clotilde sonrió con dulzura. "Ay, pequeño," dijo. "Tus manchas te hacen especial. No hay otro huevo como tú en toda la granja. Y te aseguro que alguien te querrá, tal como eres."
El huevo manchado no estaba muy convencido, pero las palabras de Clotilde lo hicieron sentir un poco mejor. Pasaron los días, y los huevos blancos fueron llevados uno a uno a la casa de la granjera. El huevo manchado observaba con envidia cómo se iban, pensando que él nunca tendría la oportunidad de nacer.
Un día, la granjera, una anciana amable con el cabello blanco como la nieve, llegó a la cesta. Miró los huevos blancos con atención y luego su mirada se detuvo en el huevo manchado. Sus ojos brillaron con sorpresa y alegría.
"¡Mira, un huevo manchado!" exclamó la granjera. "¡Qué belleza! Nunca había visto uno igual. Este será perfecto para mi nieta Sofía."
La granjera tomó el huevo manchado con mucho cuidado y lo llevó a la casa. Lo colocó en una cesta llena de paja suave y lo mantuvo caliente con una lámpara especial. El huevo manchado se sentía muy feliz y emocionado. ¡Alguien lo había elegido! ¡Alguien lo quería!
Pasaron los días, y dentro del huevo manchado, una pequeña criatura comenzaba a formarse. Era un pollito, pero no era un pollito amarillo común. Este pollito tenía plumas de todos los colores: marrón, blanco, negro, ¡e incluso un poco de verde! Sus plumas parecían pequeños parches de pintura, como las manchas del huevo.
Finalmente, llegó el día en que el huevo manchado comenzó a romperse. Con un pequeño pico, el pollito picoteó la cáscara hasta que hizo un agujero lo suficientemente grande para salir. El pollito salió del cascarón, tembloroso y cansado, pero lleno de alegría.
La nieta de la granjera, Sofía, una niña con ojos brillantes y una sonrisa contagiosa, corrió a ver al pollito recién nacido. Cuando vio al pollito de plumas multicolores, sus ojos se abrieron de par en par de asombro.
"¡Es el pollito más hermoso que he visto en mi vida!" exclamó Sofía, tomándolo suavemente en sus manos. "Lo llamaré Arcoíris."
Arcoíris, el pollito manchado, se acurrucó en las manos de Sofía, sintiéndose amado y seguro. Desde ese día, Arcoíris y Sofía se volvieron inseparables. Jugaban en el jardín, exploraban la granja y se contaban secretos. Arcoíris aprendió a picotear semillas, a corretear por el césped y a cacarear con alegría.
Los otros pollitos, todos amarillos y uniformes, miraban a Arcoíris con envidia. Se daban cuenta de que Arcoíris era especial, no solo por sus plumas multicolores, sino también por el amor y la atención que recibía de Sofía.
Un día, un grupo de pollitos amarillos se acercó a Arcoíris. "Arcoíris," dijo uno de ellos, "antes nos burlábamos de ti por tus manchas. Pero ahora vemos que tus manchas te hacen único y especial."
Arcoíris sonrió. "Todos somos especiales a nuestra manera," dijo. "Lo importante es ser feliz y amado."
Y así, el huevo manchado, que una vez se sintió triste y diferente, se convirtió en Arcoíris, el pollito más feliz y querido de toda la granja. Aprendió que sus manchas, en lugar de ser un defecto, eran su mayor virtud. Le recordaban que era único, especial y amado tal como era. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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