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Gratis · elegí una vozTomás era un niño al que le encantaba dibujar monstruos y jugar al fútbol. Lo que no le gustaba nada, pero nada de nada, era la carrera de español que organizaba la escuela. Cada año, todos los niños tenían que correr alrededor del parque leyendo carteles con palabras en español. Para Tomás, era la peor parte del año. "¡Es aburridísimo!" se quejaba a su mejor amiga, Sofía. "Prefiero dibujar un dragón escupefuego a conjugar verbos en subjuntivo".
Sofía, a quien le encantaba la carrera, siempre intentaba animarlo. "¡Pero Tomás, es divertido! Aprendes palabras nuevas y haces ejercicio". Pero Tomás no escuchaba. Para él, la carrera era solo sinónimo de sudor, confusión y palabras raras.
El día de la carrera llegó. Tomás caminaba arrastrando los pies, con una cara larga que llegaba hasta el suelo. En la línea de salida, la maestra, la Señora Elena, les dio las instrucciones. "Recuerden leer cada cartel en voz alta antes de correr al siguiente. ¡Buena suerte a todos!" Tomás suspiró. Esto iba a ser un suplicio.
La carrera comenzó. Los niños salieron corriendo, leyendo los carteles con entusiasmo. Tomás, en cambio, caminaba lentamente, leyendo cada palabra a regañadientes. El primer cartel decía: "¡El Sol!". Tomás lo leyó con desgana y siguió caminando. El segundo cartel decía: "¡La Luna!". Otro suspiro. Esto era interminable.
De repente, algo llamó su atención. En el tercer cartel, en lugar de una palabra, había un dibujo: ¡un dragón! Y debajo, una frase: "El dragón respira fuego". Los ojos de Tomás se iluminaron. ¡Un dragón! Eso sí que era interesante. Leyó la frase con entusiasmo y corrió al siguiente cartel.
El siguiente cartel también tenía un dibujo: ¡un caballero luchando contra el dragón! La frase decía: "El caballero es valiente". Tomás sonrió. Esta carrera ya no era tan aburrida. Corrió al siguiente cartel, emocionado por ver qué dibujo encontraría.
Cada cartel tenía un dibujo diferente: un castillo, un bosque encantado, una princesa rescatada. Y cada frase, aunque sencilla, contaba una pequeña historia. Tomás, absorto en las imágenes y las palabras, empezó a disfrutar la carrera. Ya no le importaba el sudor ni la confusión. Ahora solo quería saber qué historia contaría el siguiente cartel.
Corrió y leyó con entusiasmo, dejando atrás a los otros niños que, aunque habían empezado con más energía, ahora estaban cansados y aburridos. Tomás, en cambio, se sentía lleno de energía. La carrera se había convertido en una aventura.
Finalmente, llegó al último cartel. En él, había un dibujo de un niño, parecido a él, sonriendo y sosteniendo un libro. La frase decía: "Tomás aprende español y crea historias". Tomás se sorprendió. ¿Cómo sabían su nombre?
La Señora Elena se acercó a él con una sonrisa. "Tomás, me alegra verte disfrutar la carrera. He notado tu talento para dibujar y tu imaginación. Por eso, decidí incluir algunos dibujos en los carteles. Quería mostrarte que el español puede ser divertido y creativo".
Tomás se sintió avergonzado por haber pensado que la carrera era aburrida. La Señora Elena le había demostrado que el español podía ser una herramienta para crear historias y expresar su imaginación. "Gracias, Señora Elena", dijo Tomás. "Ahora me gusta mucho más la carrera".
Desde ese día, Tomás empezó a prestar más atención a las clases de español. Descubrió que aprender nuevas palabras y frases le ayudaba a crear historias más elaboradas y a dibujar monstruos más interesantes. Incluso empezó a escribir sus propias historias en español.
La siguiente carrera de español, Tomás fue el primero en la línea de salida. Ya no arrastraba los pies ni ponía mala cara. Ahora estaba emocionado por ver qué sorpresas le esperaban. Y, por supuesto, para demostrarle a la Señora Elena cuánto había aprendido y cuánto disfrutaba ahora la carrera.
Ese año, la carrera fue aún más divertida. La Señora Elena había incluido aún más dibujos y frases creativas. Tomás corrió y leyó con entusiasmo, inspirando a otros niños a disfrutar también la experiencia. Y al final de la carrera, Tomás supo que el español ya no era algo que tenía que hacer, sino algo que quería hacer. Había descubierto el poder de las palabras y la magia de las historias, y todo gracias a una carrera que, al principio, no quería correr.
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