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Gratis · elegí una vozTito tenía cuatro años y era un terremoto. No uno que sacude la tierra, ¡sino uno que sacudía la casa entera! Un día, mientras su mamá preparaba la cena y su papá leía un libro sobre cohetes, Tito encontró algo brillante en el armario del garaje: ¡un casco espacial! Era de su abuelo, un astronauta retirado.
Tito se puso el casco, que le quedaba enorme y le tapaba casi toda la cara. ¡Click! Lo encendió. De repente, una luz deslumbrante lo envolvió y… ¡ZAS! Tito sintió que flotaba. ¡Estaba en el espacio!
"¡Guau!", exclamó Tito, aunque su voz sonaba rara dentro del casco. A su alrededor, vio estrellas brillantes como diamantes esparcidos sobre una tela negra. Un planeta rojo enorme pasó volando a su lado. "¡Marte!", gritó, recordando lo que había visto en el libro de su papá.
De repente, una nave espacial verde y brillante se acercó a Tito. De la nave salió un pequeño alienígena con tres ojos y antenas que brillaban como luciérnagas. "¡Hola! ¿Quién eres tú?", preguntó el alienígena con una voz suave como el viento.
"Soy Tito, ¡un terremoto espacial!", respondió Tito con orgullo. "¿Y tú?".
"Me llamo Zorp y soy el capitán de esta nave", dijo el alienígena. "¿Qué haces tú solo en el espacio? ¡Es peligroso!"
"Encontré este casco y… ¡puf! Aquí estoy", explicó Tito, encogiéndose de hombros.
Zorp sonrió. "¡Qué aventura! ¿Quieres dar una vuelta en mi nave? Podemos ir a la Nebulosa Algodón de Azúcar, ¡es deliciosa!"
Tito no se lo pensó dos veces. "¡Sí, por favor!"
Zorp invitó a Tito a subir a la nave. Dentro, todo era de colores brillantes y botones que parpadeaban. Tito se sentó en una silla que se movía y se abrochó el cinturón. Zorp pulsó un botón y la nave salió disparada hacia la Nebulosa Algodón de Azúcar.
La Nebulosa Algodón de Azúcar era aún más impresionante de lo que Tito había imaginado. Era una nube gigante de color rosa y azul, que parecía algodón de azúcar de verdad. Zorp acercó la nave a la nebulosa y le ofreció a Tito un trozo.
"¡Mmm! Sabe a fresa!", exclamó Tito con la boca llena.
Después de comer algodón de azúcar, Zorp le mostró a Tito otros planetas increíbles. Vieron el Planeta Bailarín, donde todo el mundo bailaba sin parar, y el Planeta de los Animales Parlantes, donde los perros y los gatos contaban chistes. Tito se rió a carcajadas en cada planeta.
Pero el tiempo pasaba volando en el espacio. Zorp miró su reloj espacial. "¡Oh, no! Ya es hora de volver. Tu mamá debe estar preocupada".
Tito se puso un poco triste. No quería que la aventura terminara. Pero sabía que Zorp tenía razón.
Zorp llevó a Tito de vuelta al lugar donde lo había encontrado. Le dio un fuerte abrazo alienígena y le dijo: "¡Espero verte pronto, Tito, el Terremoto Espacial!"
"¡Yo también!", respondió Tito.
Zorp pulsó un botón en el casco de Tito y… ¡ZAS! Tito volvió a aparecer en el garaje de su casa. El casco espacial estaba en el suelo a sus pies.
Su mamá lo llamó desde la cocina. "¡Tito, la cena está lista! ¿Dónde estabas?".
Tito corrió hacia la cocina con una gran sonrisa. "¡Mamá, estuve en el espacio! Comí algodón de azúcar en una nebulosa y conocí a un alienígena llamado Zorp!"
Su mamá sonrió y le revolvió el pelo. "¡Qué imaginación tienes, Tito! Ven a cenar".
Tito se sentó a la mesa y comió espaguetis con albóndigas. Sabía que su mamá no le creía, pero no importaba. Él sabía que la aventura espacial había sido real. Y estaba seguro de que, algún día, volvería a ver a Zorp y la Nebulosa Algodón de Azúcar.
Después de cenar, Tito le contó a su papá sobre su viaje espacial. Su papá, que recordaba sus propias aventuras espaciales de niño, le guiñó un ojo. "Quizás... quizás sí que fuiste al espacio, Tito".
Tito sonrió. Esa noche, soñó con naves espaciales, alienígenas amigables y nebulosas deliciosas. Y supo que, aunque fuera un terremoto, también era un aventurero espacial. Y que la próxima vez, ¡llevaría a sus papás con él! Quizás hasta a su perro, Firulais, para que ladrara a los planetas más lejanos. La cama tembló levemente mientras Tito se dormía, no por un terremoto, sino por la emoción de su próxima aventura espacial.
Al día siguiente, Tito buscó el casco espacial. Pero su mamá lo había guardado en un lugar seguro. "¡Es peligroso que juegues con eso solo!", le dijo. Tito asintió, aunque en su corazón sabía que el espacio lo estaba esperando, listo para otra aventura, ¡con o sin casco!
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