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Gratis · elegí una vozJosé y Juan vivían al lado del mismo jardín. Un jardín grande, lleno de flores de todos los colores, árboles frutales y hasta un pequeño estanque con peces dorados. Pero, en lugar de disfrutarlo juntos, ¡José y Juan pasaban el tiempo peleando!
"¡Ese es MI columpio!" gritaba José, empujando a Juan.
"¡No es cierto! ¡Yo llegué primero!" respondía Juan, intentando subirse de nuevo.
Así eran todos los días. Se peleaban por las fresas más rojas, por los juguetes que quedaban olvidados en el césped, incluso por el lugar donde brillaba más el sol. La señora Elena, la dueña del jardín, suspiraba cada vez que los oía. Intentaba hablar con ellos, pero era inútil.
Un día, mientras discutían por una regadera verde, José tropezó y cayó sobre un macizo de margaritas. Las flores, antes radiantes, quedaron aplastadas y llenas de tierra. José se levantó, asustado.
"¡Mira lo que hiciste!" gritó Juan, señalando las margaritas. "¡Ahora las margaritas están arruinadas!"
José sintió un nudo en la garganta. No quería haber hecho eso. Miró a Juan, esperando una burla, pero en su lugar vio tristeza.
"Lo... lo siento," murmuró José, con la voz temblorosa. "No fue mi intención."
Juan se acercó a las margaritas aplastadas. "A mí tampoco me gusta que estén así," dijo. "Siempre me gustaba verlas bailar con el viento."
Por primera vez, José y Juan no estaban gritándose. Estaban tristes juntos. José se agachó y con cuidado levantó una de las margaritas. Estaba doblada, pero aún conservaba algo de su belleza.
"Podríamos... podríamos intentar arreglarlas," sugirió José.
Juan lo miró con incredulidad. "¿Arreglarlas? ¿Cómo?"
"No sé... podríamos quitarles la tierra, enderezarlas un poco y darles agua," dijo José, encogiéndose de hombros.
Juan asintió lentamente. "Podríamos intentarlo."
Juntos, fueron al estanque y llenaron la regadera verde (la misma por la que habían estado peleando) con agua fresca. Con cuidado, rociaron las margaritas, limpiando la tierra de sus pétalos. José enderezó los tallos doblados y Juan quitó las hojas secas. Trabajaron en silencio, concentrados en su tarea.
Después de un rato, las margaritas ya no se veían tan mal. Seguían un poco aplastadas, pero estaban limpias y frescas.
"Creo que... creo que están mejor," dijo José, mirando las flores.
"Sí," respondió Juan, sonriendo levemente. "Mucho mejor."
En ese momento, la señora Elena salió al jardín. Al ver a José y Juan trabajando juntos, se sorprendió. Se acercó lentamente, observando las margaritas.
"¡Qué bien!" exclamó la señora Elena. "Veo que han cuidado de las margaritas."
José y Juan se miraron. No sabían qué decir.
"Sí," dijo José, tímidamente. "Las habíamos aplastado sin querer."
"Bueno, han hecho un buen trabajo arreglándolas," dijo la señora Elena. "¿Saben qué? Tengo semillas de margaritas nuevas. Si quieren, podemos plantarlas juntos y tener aún más flores hermosas en el jardín."
Los ojos de José y Juan se iluminaron.
"¡Sí!" dijeron al unísono.
Esa tarde, José y Juan plantaron semillas de margaritas con la señora Elena. Aprendieron sobre la importancia de cuidar las plantas y sobre cómo trabajar juntos. Se dieron cuenta de que era mucho más divertido plantar flores que pelear por juguetes.
Desde ese día, José y Juan dejaron de pelear tanto. Aún tenían sus diferencias, pero aprendieron a resolverlas hablando y a compartir el jardín. Jugaban juntos en el columpio, compartían las fresas más rojas y se reían bajo el sol. Y, por supuesto, cuidaban de las margaritas, recordando siempre que hasta de una discusión podían florecer cosas hermosas. El jardín, antes un campo de batalla, se convirtió en un lugar de amistad y alegría. Descubrieron que compartir era mucho más gratificante que poseer, y que la verdadera diversión se encontraba en la compañía del otro. Aprendieron que la amistad, como las margaritas, necesitaba cuidado y atención para florecer. Y así, el jardín de las discusiones se transformó en el jardín de las margaritas y la amistad, un lugar donde la risa y la colaboración eran las flores más hermosas.
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