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Elena acababa de cumplir diez años, una edad que le sonaba a música importante, como el estribillo de una canción que por fin aprendes a cantar. Sin embargo, esa mañana no se sentía como una estrella de rock. Al mirarse al espejo, Elena, una niña de grandes ojos marrones expresivos, piel bronceada y cabello castaño ondulado sujeto con un lazo azul, notó algo extraño. No era un grano, ni un mechón rebelde. Era una sensación en el pecho, como si un pequeño ejército de mariposas estuviera organizando una fiesta sin haberla invitado.
—¿Estás lista para tu gran día? —preguntó su madre desde la cocina. Elena vestía su camiseta amarilla favorita y sus overoles de mezclilla, pero sus pies se sentían pesados.
—Creo que sí —respondió ella, aunque su voz sonó pequeña.
A medida que avanzaba la mañana, Elena experimentó lo que ella llamó 'el carrusel'. Primero, al ver los globos de colores en la sala, sintió una chispa de alegría dorada que la hizo saltar. Pero, un momento después, al pensar que ya no era una 'niña pequeña', una sombra de tristeza azul cielo la envolvió. ¿Y si ya no podía jugar con sus dinosaurios de plástico sin que alguien se riera? ¿Y si ser mayor significaba dejar de imaginar mundos fantásticos?
La fiesta comenzó y la casa se llenó de risas y música. Sus amigos corrían y gritaban, pero para Elena, el ruido se convirtió en un nudo apretado de color rojo en su garganta: frustración. Quería divertirse, pero sentía que las emociones se empujaban unas a otras dentro de ella, peleándose por ver quién mandaba. Abrumada, Elena escapó silenciosamente hacia el jardín trasero, un lugar lleno de flores vibrantes y árboles antiguos.
Allí, sentada bajo el gran roble, encontró a su abuelo Tomás. Él estaba podando unos rosales con la calma de quien sabe que las flores no tienen prisa por crecer. El abuelo Tomás, con su cabello plateado y su suéter verde, levantó la vista y sonrió al ver a Elena con su lazo azul un poco torcido.

—Parece que el carrusel está girando muy rápido hoy, ¿verdad, Elenita? —dijo él suavemente.
Elena se sentó a su lado y suspiró.
—No entiendo qué me pasa, abuelo. Debería estar feliz, es mi cumpleaños. Pero siento todo a la vez: miedo, alegría, ganas de llorar y ganas de correr. Siento que soy un arcoíris que se ha mezclado tanto que se está volviendo gris.
El abuelo dejó sus tijeras y señaló el jardín.
—Mira estas flores, Elena. Tenemos rosas rojas, lirios blancos, violetas y girasoles amarillos. Si el jardín fuera solo amarillo, sería brillante, pero nos perderíamos la profundidad del rojo o la paz del blanco. Las emociones son exactamente iguales. A los diez años, tu jardín interior está expandiéndose. Estás plantando flores nuevas que antes no conocías.
Elena observó un pétalo caído.

—¿Entonces no está mal sentirme triste cuando debería estar feliz?
—En absoluto —respondió el abuelo—. A veces, la alegría y la nostalgia caminan de la mano. Estás despidiendo a la niña de nueve años para dar la bienvenida a la de diez. Es natural sentir un poco de vértigo. Lo importante no es intentar sentir solo una cosa, sino dejar que cada emoción tenga su espacio, como cada planta en este jardín.
Elena cerró los ojos y respiró hondo. Imaginó su pecho no como un campo de batalla, sino como ese jardín tranquilo. Visualizó el miedo como una pequeña hiedra que necesitaba ser podada, y su alegría como el sol que alimentaba todo lo demás. Poco a poco, el nudo en su garganta se deshizo. El color gris volvió a separarse en colores brillantes y definidos.
Cuando regresó a la fiesta, el ruido ya no le pareció un ataque, sino una melodía. Comió pastel de chocolate, sopló las velas con fuerza y, cuando sus amigos le preguntaron cómo se sentía tener diez años, ella sonrió de una manera nueva, más profunda.
—Se siente como un jardín entero —dijo, mientras tocaba su lazo azul.
Esa noche, antes de dormir, Elena comprendió que crecer no significaba dejar de sentir, sino aprender a escuchar lo que cada emoción intentaba decirle. Ya no tenía miedo del carrusel, porque ahora sabía que ella era la dueña de la feria.
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