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Gratis · elegí una vozEn la vereda Betania, al pie de las montañas del resguardo de Totoró, se encontraba la Institución Educativa Agropecuaria Pueblo Totoró, una escuela donde los saberes crecían junto con las plantas en la huerta escolar.
Una mañana, la profe Lucia reunió a su grupo de quinto grado bajo un árbol. “Hoy la clase será diferente”, dijo con una sonrisa. “Aprenderemos con la tierra, las plantas… y un poco de aventura.”
Juan, Yuliana, Mateo y Ana se emocionaron. Les gustaba trabajar en la huerta porque allí no solo sembraban semillas, sino también preguntas y respuestas.
Mientras sembraban cebolla y zanahoria, la profe les habló de la diversidad del relieve colombiano.
—¿Ven esas montañas allá? —señaló—. Son parte de la cordillera Central. Gracias a estas formas del relieve, aquí en Betania podemos cultivar muchos productos, como papa, habas y lechuga. En otras regiones, como la costa Caribe o los Llanos Orientales, el clima y el suelo son distintos, así que allí se cultivan otras cosas.
—¡Eso explica por qué mi tío en la Guajira siembra cactus! —dijo Mateo.
Después de trabajar la tierra, la profe los reunió de nuevo en el árbol. Sacó una lupa y una hoja de acelga.
—Vamos a observar una célula vegetal. ¿Saben que las plantas están hechas de millones de células?
Yuliana, curiosa, preguntó:
—¿Todas las plantas tienen células iguales?
—Buena pregunta. Las células se organizan en tejidos: unos para transportar agua, otros para dar soporte. También hay organismos unicelulares, que solo tienen una célula, como algunas bacterias del abono, y organismos pluricelulares como las plantas.
—¿Y los hongos blancos del abono? —preguntó Juan.
—¡Excelente! Esos pueden ser organismos coloniales, viven juntos pero cada uno funciona por su cuenta.
Al día siguiente, mientras hacían cuentas para dividir las zanahorias cosechadas entre las clases, la profe les propuso un reto:
—Si cosechamos 96 zanahorias y las vamos a repartir en partes iguales entre 4 grados, ¿cuántas le tocan a cada uno?
Ana sacó su cuaderno y resolvió rápido:
—¡24 por curso, profe!
—¡Muy bien! Ahora resuelvan esto: si cada grado planta 3 hileras de 5 semillas, ¿cuántas semillas sembramos en total?
Juan hizo la multiplicación mental y respondió:
—¡60 semillas!
La profe sonrió y les entregó un texto para leer sobre el origen de las huertas en las comunidades indígenas.
—Ahora vamos a trabajar en nuestra comprensión lectora —explicó—. Lean este texto y respondan: ¿Qué beneficios traen las huertas escolares a las comunidades?
Después de leer, Yuliana levantó la mano:
—Las huertas ayudan a la alimentación, al aprendizaje y a cuidar la naturaleza.
La profe aplaudió.
—¡Exactamente! Han trabajado como científicos, matemáticos, lectores… ¡y campesinos sabios!
Ese día, los niños regresaron a casa con las manos llenas de tierra, el corazón alegre y la mente llena de saberes. Sabían que su pequeña huerta no solo daba alimento, sino también conocimiento, y que en cada semilla había una historia por descubrir.
Al día siguiente, la profe Lucía tenía una sorpresa más. Los llevó a un rincón de la huerta que no habían explorado antes. Allí, entre las plantas de frijol y calabaza, había un pequeño estanque con ranas y peces.
—Hoy aprenderemos sobre ecosistemas —anunció la profe—. Este estanque es un pequeño mundo donde las plantas, los animales y el agua se necesitan mutuamente para vivir.
Mateo se acercó al estanque con curiosidad.
—¿Qué comen los peces, profe?
—Los peces comen algas y pequeños insectos que viven en el agua. Y las ranas comen insectos también. Todo está conectado —explicó la profe Lucía.
Ana observó las plantas que crecían alrededor del estanque.
—¿Y las plantas necesitan el agua del estanque?
—Claro que sí. Las plantas absorben el agua a través de sus raíces y la usan para crecer y producir alimento. Además, las plantas dan sombra y refugio a los animales del estanque —respondió la profe.
Juan notó algo brillante en el fondo del estanque.
—¡Profe, mire, hay una piedra brillante!
La profe Lucía sonrió.
—Esa no es una piedra, Juan. Es un cristal de cuarzo. A veces, la naturaleza nos regala pequeñas sorpresas como esta.
La profe les explicó que los cristales de cuarzo se forman en las rocas y que tienen propiedades especiales. Algunos creen que pueden ayudar a concentrar la energía y a mejorar la salud.
Yuliana preguntó:
—¿Podemos llevar un cristal a casa?
—No, Yuliana. Los cristales son parte del ecosistema del estanque. Es importante dejarlos donde están para que sigan cumpliendo su función —respondió la profe Lucía.
Los niños entendieron. Aprendieron que la huerta no solo era un lugar para sembrar y cosechar, sino también un espacio para observar, aprender y respetar la naturaleza.
Antes de regresar al salón de clases, la profe Lucía les propuso un último reto.
—Vamos a escribir un poema sobre la huerta —dijo—. Cada uno va a escribir un verso y luego los uniremos para crear un poema colectivo.
Los niños se pusieron a pensar. Ana escribió sobre las flores que atraían a las abejas. Mateo escribió sobre el sol que calentaba la tierra. Juan escribió sobre el agua que daba vida a las plantas. Y Yuliana escribió sobre los sabores de las frutas y verduras que cosechaban.
Al final, unieron sus versos y crearon un hermoso poema que hablaba de la magia de la huerta y de todo lo que habían aprendido allí. La profe Lucía lo guardó con mucho cariño, sabiendo que ese poema era un tesoro que recordaría siempre su paso por la Institución Educativa Agropecuaria Pueblo Totoró.
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