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Gratis · elegí una vozEl abuelo Elías siempre había sido un roble fuerte. Levantaba a Lila sobre sus hombros como si fuera una pluma, y sus abrazos eran el mejor refugio del mundo. Pero últimamente, el roble se estaba marchitando. Le costaba más caminar, su voz se había vuelto un susurro, y sus manos, que antes construían casas de pájaros increíbles, temblaban al sostener una taza de té.
Un día, la mamá de Lila la sentó en sus rodillas. "Abuelo Elías está enfermo, muy enfermo", dijo con voz suave. "Los doctores dicen que tiene una enfermedad que se llama ELA, y que su cuerpo se está cansando mucho. No va a mejorar, mi amor."
Lila sintió un nudo en la garganta. ¿Que el abuelo Elías no iba a mejorar? ¿Que ya no la levantaría sobre sus hombros? Las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
"Pero el abuelo Elías sigue siendo el abuelo Elías", continuó su mamá, limpiándole las lágrimas con un pañuelo. "Y vamos a pasar mucho tiempo con él, llenando cada día de alegría y amor."
Los días siguientes fueron diferentes. El abuelo Elías ya no podía ir al parque, pero el parque vino a él. Lila llenó jarrones con flores silvestres y las colocó junto a su cama. Le leía cuentos de piratas y princesas, imitando las voces de los personajes. Le contaba chistes tontos que lo hacían reír, aunque su risa fuera silenciosa.
Los doctores hablaban con los papás de Lila en voz baja. Explicaban que la enfermedad del abuelo Elías avanzaría y que habría decisiones difíciles que tomar. Lila no entendía todo, pero sabía que los doctores querían ayudar al abuelo Elías a estar lo más cómodo posible.
Un día, el abuelo Elías llamó a Lila a su lado. Le costaba mucho hablar, pero sus ojos brillaban con cariño. "Lila, mi pequeña estrella", susurró. "Quiero mostrarte mi jardín secreto."
Lila frunció el ceño. El abuelo Elías no tenía un jardín secreto. Vivían en un apartamento.
El abuelo Elías sonrió débilmente. "Está aquí", dijo, señalando su cabeza. "Está lleno de estrellas, de recuerdos felices, de aventuras que hemos vivido juntos. Cada vez que piensas en mí, puedes entrar en este jardín."
Lila entendió. El jardín secreto del abuelo Elías era su corazón, su mente, su amor. Era un lugar donde siempre estarían juntos, sin importar lo que pasara.
Pasaron más días. El abuelo Elías dormía más, hablaba menos. Pero Lila seguía visitándolo cada día. Le cantaba canciones, le contaba historias, le mostraba sus dibujos. A veces, simplemente se sentaba a su lado, tomándole la mano.
Una noche, la mamá de Lila la despertó suavemente. "El abuelo Elías está muy cansado", dijo. "Quiere verte."
Lila corrió a la habitación del abuelo Elías. Él estaba acostado en la cama, con los ojos cerrados. Su mamá la ayudó a sentarse a su lado. Lila tomó su mano, que estaba fría y débil.
"Abuelo Elías", susurró. "Soy yo, Lila."
El abuelo Elías abrió los ojos lentamente. Una sonrisa débil apareció en su rostro. "Mi pequeña estrella", murmuró. "Te quiero mucho."
Lila sintió que las lágrimas volvían a brotar. "Yo también te quiero, abuelo Elías", sollozó.
El abuelo Elías cerró los ojos de nuevo. Su mano se apretó suavemente alrededor de la de Lila, y luego, se relajó.
Lila supo, en lo más profundo de su corazón, que el abuelo Elías se había ido a su jardín secreto de estrellas para siempre.
Los días siguientes fueron tristes. Lila extrañaba mucho al abuelo Elías. Extrañaba sus abrazos, sus cuentos, su risa silenciosa. Pero también recordaba su jardín secreto de estrellas. Y sabía que, cada vez que pensaba en él, podía entrar allí y estar con él de nuevo.
Un día, mientras caminaba por el parque, Lila vio una flor silvestre que le recordaba al abuelo Elías. La recogió y la llevó a casa. La colocó en un jarrón junto a la ventana, donde el sol podía brillar sobre ella.
Entonces, Lila tuvo una idea. Tomó un papel y un lápiz y comenzó a dibujar. Dibujó un jardín lleno de estrellas brillantes, con el abuelo Elías en el centro, sonriendo. Dibujó a ella misma, corriendo hacia él, para darle un abrazo.
Dibujó su propio jardín secreto, un lugar donde siempre podría recordar al abuelo Elías y el amor que compartían. Y supo que, aunque su corazón estuviera triste, siempre tendría un lugar lleno de alegría y luz, un lugar donde el abuelo Elías viviría para siempre.
Y así, Lila aprendió que el amor nunca muere. Que el jardín secreto de estrellas del abuelo Elías siempre estaría abierto para ella. Y que, aunque el abuelo Elías ya no estuviera físicamente con ella, su amor la acompañaría siempre, brillando como una estrella en la noche.
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