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Gratis · elegí una vozEl último día de clase olía a lápices recién afilados, a galletas de chocolate (cortesía de la mamá de Sofía) y a una mezcla extraña de emoción y tristeza. La Señorita Elena, con su pelo rizado y sus ojos brillantes, miraba a sus alumnos de segundo grado. ¡Eran tan grandes ya! Parecía ayer que entraron tímidamente, con sus mochilas gigantes y sus zapatos nuevos, preguntando dónde estaba el baño y si podían tener un abrazo. Ahora, ¡eran expertos en sumas, restas, leer cuentos largos y hacer las mejores torres de plastilina del mundo!
"Chicos," dijo la Señorita Elena, su voz un poquito temblorosa, "Hoy es un día especial. Terminamos segundo grado. ¡Lo lograron!" Un grito de alegría llenó el aula. Algunos niños saltaron de sus sillas, otros chocaron los cinco con sus compañeros. Lucas, el rey de los chistes malos, intentó contar uno, pero se trabó de la emoción.
La Señorita Elena sonrió. "Pero antes de celebrar, quiero contarles un secreto. Este año, ustedes, mis alumnos de segundo, han sido como un jardín secreto lleno de estrellas fugaces."
Los niños la miraron con curiosidad. ¿Un jardín secreto? ¿Estrellas fugaces? ¿Qué quería decir?
"Cada uno de ustedes," continuó la Señorita Elena, "es una estrella fugaz. Brillante, único y lleno de potencial. Los he visto crecer, como pequeñas semillas convirtiéndose en hermosas flores. Los he visto aprender, absorber cada conocimiento como esponjas sedientas. Los he visto jugar, reír, compartir… y hasta pelear un poquito, ¡pero siempre reconciliándose!"
Recordó a María, que al principio tenía miedo de leer en voz alta, pero que al final del año recitaba poemas con una voz clara y segura. Pensó en Pablo, que siempre estaba dispuesto a ayudar a sus compañeros con las matemáticas. Y en Ana, la artista del grupo, que llenaba cada rincón del aula con sus dibujos llenos de color.
"Cada vez que aprendían algo nuevo, cada vez que superaban un obstáculo, cada vez que eran amables con alguien, ustedes brillaban aún más. ¡Eran verdaderas estrellas fugaces!"
La Señorita Elena sacó una caja de cartón decorada con pegatinas de arcoíris y estrellas. "Dentro de esta caja," dijo, "hay un pequeño recuerdo para cada uno de ustedes. Un recordatorio de lo especiales que son y de lo mucho que los voy a extrañar."
Uno por uno, los niños se acercaron a recibir su regalo. Era una pequeña estrella de madera, pintada de diferentes colores y con su nombre grabado. Cada estrella era única, como cada uno de ellos.
Después de la entrega de regalos, llegó el momento de la fiesta. Comieron las galletas de chocolate de Sofía, bebieron jugo de naranja y jugaron a las sillas musicales. Lucas, por fin, logró contar su chiste (que, por supuesto, seguía siendo malo, pero todos se rieron igual).
Pero mientras reían y jugaban, la Señorita Elena sentía una mezcla de alegría y tristeza. Estaba feliz de verlos crecer y avanzar a tercer grado, pero también sabía que los iba a extrañar mucho. Esos pequeños seres, con sus preguntas curiosas, sus abrazos espontáneos y sus sonrisas contagiosas, habían iluminado su vida durante todo un año.
Cuando sonó el timbre, indicando el final del día, los niños se acercaron a despedirse de la Señorita Elena. La abrazaron fuerte, le dieron las gracias y le prometieron visitarla en tercer grado.
"Los voy a extrañar mucho," les dijo la Señorita Elena, con los ojos llenos de lágrimas. "Pero sé que van a hacer grandes cosas en tercer grado. ¡Sigan brillando como estrellas fugaces!"
Mientras veía a sus alumnos salir del aula, la Señorita Elena sintió una punzada de tristeza. Pero también sintió una inmensa alegría y orgullo. Había sido un año excepcional. Un año lleno de aprendizaje, risas y amor. Un año que nunca olvidaría.
Ahora, comenzaría una nueva aventura con nuevos alumnos. Pero siempre recordaría a su jardín secreto de estrellas fugaces de segundo grado. Esos pequeños seres que le habían enseñado tanto y que siempre ocuparían un lugar especial en su corazón. Y sabía, en lo más profundo de su ser, que aunque los iba a extrañar, estaba emocionada por verlos continuar su viaje, brillando cada vez más intensamente en el cielo de la vida.
La Señorita Elena respiró hondo y sonrió. Era hora de preparar el aula para los nuevos alumnos de segundo grado. ¡Una nueva aventura estaba a punto de comenzar! Pero eso, es otra historia…
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