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Gratis · elegí una vozEn el Liceo del Sol Naciente, donde los sueños florecían como las glicinas en primavera, vivía Samira, una joven de cabello oscuro como la noche estrellada y ojos que brillaban con la intensidad de un amanecer. Su risa era una melodía suave, un arroyo cristalino corriendo entre las piedras. En el mismo liceo, aunque en clases distintas, caminaba Jair. A Jair, algunos lo evitaban. Sus palabras, directas y sin adornos, eran a menudo percibidas como espinas en lugar de pétalos. Decía las cosas tal como las veía, sin filtros, una verdad cruda que a veces dolía. Él era como un invierno inesperado en medio de la primavera.
Samira amaba el jardín del liceo. Un rincón escondido, lleno de rosas de todos los colores, lavandas perfumadas y jazmines que embriagaban el aire. Era su santuario, un lugar donde podía ser ella misma, lejos del bullicio y las miradas curiosas. Para Samira, el jardín era un libro abierto, cada flor una historia, cada hoja un susurro del viento. Era su refugio, un abrazo silencioso en medio del caos adolescente.
Jair, por otro lado, prefería la biblioteca. Rodeado de libros, se sentía como un explorador en tierras desconocidas. Los libros eran su mapa, su brújula, su llave a mundos infinitos. Le gustaba el olor a papel viejo, el tacto de las páginas amarillentas, la promesa de aventura que cada libro contenía. Era un solitario, un pensador profundo, un observador silencioso del mundo que lo rodeaba. Era como un árbol antiguo, con raíces profundas y ramas que se extendían hacia el cielo.
Un día, mientras Samira cuidaba sus rosas, notó una mariposa azul, tan rara como una estrella fugaz. La mariposa revoloteaba alrededor de una rosa roja, como si intentara besarla. Samira sonrió, sintiendo una conexión especial con esa criatura frágil y hermosa. La mariposa era una metáfora de la belleza efímera, de la alegría que se encuentra en los pequeños detalles. La siguió con la mirada hasta que la mariposa se posó en la ventana de la biblioteca.
Dentro, Jair leía un libro sobre astronomía. Estaba absorto en las constelaciones, las nebulosas y los agujeros negros. El universo era su patio de recreo, un lugar vasto e incomprensible que lo fascinaba. De repente, vio la mariposa azul en la ventana. Nunca había visto una mariposa tan hermosa. Era como un fragmento de cielo caído a la Tierra. La mariposa revoloteó alrededor de su cabeza, como si intentara decirle algo. Jair, con su habitual franqueza, pensó que era una tontería, pero no pudo evitar sonreír.
La mariposa voló hacia el jardín, y Jair, curioso, la siguió. Allí, vio a Samira, con las manos llenas de tierra y una sonrisa radiante. Sus ojos brillaban como las estrellas que él tanto amaba. Jair, que siempre había sido tan directo, se quedó sin palabras. Era la primera vez que veía a alguien tan hermosa. Para él, Samira era una rosa en medio del invierno, un rayo de sol en un día nublado.
Samira, al ver a Jair, sintió algo extraño. Su corazón latió más rápido, como si un colibrí revoloteara en su pecho. Nunca había hablado con él, pero siempre lo había observado desde lejos. Sabía que era diferente, que no encajaba en los moldes. Para ella, Jair era un libro sin leer, un misterio por descubrir.
La mariposa azul se posó en la mano de Samira, y luego voló hacia Jair, aterrizando en su hombro. Fue como si la mariposa los estuviera uniendo, creando un puente entre sus mundos. En ese momento, ambos entendieron que eran diferentes, pero que esas diferencias eran las que los hacían únicos. Eran como el sol y la luna, opuestos pero complementarios.
Desde ese día, Samira y Jair comenzaron a pasar tiempo juntos en el jardín y en la biblioteca. Samira le enseñó a Jair el lenguaje de las flores, el significado de los colores, la belleza de la naturaleza. Jair le mostró a Samira las maravillas del universo, las constelaciones lejanas, los secretos de la física. Aprendieron el uno del otro, se complementaron, se enamoraron.
El jardín se convirtió en su lugar secreto, un refugio donde podían ser ellos mismos, sin máscaras ni pretensiones. Allí, entre las rosas y las lavandas, encontraron un amor verdadero, un amor que floreció como las glicinas en primavera. Su amor era una metáfora de la esperanza, de la belleza que se encuentra en la imperfección, de la magia que ocurre cuando dos mundos diferentes se encuentran. El invierno de Jair se derritió con la primavera de Samira, y la primavera de Samira floreció gracias a la verdad de Jair. Juntos, eran un jardín lleno de metáforas, un universo de posibilidades, un amor que duraría para siempre.
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