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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un país lejano cubierto de nieve y lagos cristalinos, una niña llamada Lucía. Lucía tenía la piel blanca como la nieve recién caída, ojos azules como el cielo de invierno y cabello rubio como el sol de la mañana. Un día, su padre, un ingeniero brillante, recibió una noticia emocionante, pero también un poco preocupante: lo trasladarían a otro país, un lugar cálido y vibrante, lleno de colores que Lucía nunca había imaginado.
El nuevo país era un torbellino de sensaciones. El aire olía a especias exóticas y a flores desconocidas. Los pájaros cantaban melodías alegres y el sol brillaba con una intensidad que hacía entrecerrar los ojos a Lucía. Pero lo más diferente eran las personas. Sus pieles eran de un color marrón cálido, como la tierra fértil después de la lluvia. Sus cabellos eran negros como la noche y sus ojos brillaban con una alegría contagiosa.
El primer día de clases fue un día difícil para Lucía. Cuando entró al aula, sintió todas las miradas sobre ella. Los niños la observaban con curiosidad, pero también con una pizca de desconfianza. Algunos susurraban entre ellos, señalándola con el dedo. Lucía se sintió incómoda y avergonzada. Su piel blanca parecía brillar bajo la intensa luz del sol, haciéndola sentir aún más diferente.
Durante el recreo, la situación empeoró. Algunos niños se acercaron a ella y comenzaron a reírse de su color de piel. Le decían cosas hirientes, comparándola con la leche y la nieve. Lucía se sintió profundamente dolida. Se sentó sola en un banco, con lágrimas en los ojos. Su corazón se sentía pesado como una piedra. Extrañaba su antiguo hogar, donde todos se parecían a ella.
Un anciano jardinero, llamado Don Rafael, que cuidaba el jardín de la escuela, se dio cuenta de la tristeza de Lucía. Se acercó a ella con una sonrisa amable y se sentó a su lado. "¿Qué te pasa, pequeña?", le preguntó con voz suave.
Lucía, entre sollozos, le contó lo que le estaba sucediendo. Le dijo que se sentía diferente y que los demás niños se burlaban de ella. Don Rafael la escuchó con paciencia y luego le dijo: "Lucía, mira a tu alrededor. ¿Ves este jardín? Está lleno de flores de todos los colores y tamaños. Algunas son rojas, otras amarillas, otras azules. Algunas son grandes, otras pequeñas. Pero todas son hermosas, ¿verdad?"
Lucía asintió con la cabeza. El jardín era realmente precioso, un caleidoscopio de colores y formas.
"Pues tú eres como una de esas flores, Lucía", continuó Don Rafael. "Eres diferente, sí, pero eso no te hace menos valiosa. Tu color de piel es hermoso a su manera, como el blanco puro de un lirio. Y tu corazón, estoy seguro, es tan grande y hermoso como el de cualquier otra persona."
Las palabras de Don Rafael reconfortaron a Lucía. Se dio cuenta de que tenía razón. La diferencia no era algo malo. De hecho, era lo que hacía que el mundo fuera interesante y hermoso.
Al día siguiente, Lucía decidió enfrentar sus miedos. Cuando entró al aula, sonrió a los demás niños. Se acercó a un grupo que estaba jugando y les preguntó si podía unirse a ellos. Al principio, los niños se mostraron un poco reacios, pero Lucía insistió con amabilidad. Les contó historias de su antiguo país, de la nieve y los lagos helados. Los niños escucharon con atención y pronto comenzaron a reír con ella.
Lucía descubrió que, a pesar de las diferencias en su apariencia, tenían mucho en común. Les gustaban los mismos juegos, las mismas historias y los mismos dulces. Poco a poco, Lucía fue haciendo amigos. Aprendió a hablar su idioma, a bailar su música y a disfrutar de su comida. Descubrió que el nuevo país era un lugar maravilloso, lleno de gente amable y generosa.
Con el tiempo, Lucía se convirtió en una parte integral de la comunidad escolar. Su piel blanca ya no era motivo de burla, sino de admiración. Los niños apreciaban su amabilidad, su inteligencia y su sentido del humor. Lucía aprendió que la verdadera belleza reside en el interior, en la bondad del corazón y en la capacidad de aceptar y amar a los demás, sin importar su color de piel. Y así, Lucía, la niña de piel blanca como la nieve, encontró su lugar en el jardín de colores, floreciendo junto a las demás flores, cada una única y especial a su manera.
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