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Gratis · elegí una vozSofía amaba el jardín de la escuela. Le encantaban las margaritas blancas, el zumbido de las abejas y la suave brisa que movía las hojas de los árboles. A Sofía le gustaba observar a sus compañeros jugar al fútbol, a las casitas, o a las escondidas. Su corazón se llenaba de alegría al verlos correr y reír. Ella quería jugar con ellos, ¡de verdad que quería! Pero algo, dentro de su cabeza, no le permitía dar el último paso. Sofía tenía autismo, y aunque entendía que quería jugar, no sabía *cómo* pedir que la incluyeran.
Ella se acercaba, sonreía tímidamente, a veces incluso reía suavemente, pero se quedaba ahí, al borde del juego, sin saber cómo decir: "¿Puedo jugar?" o "¡Pásame la pelota!". Para los demás niños, pedir la pelota o pedir unirse al juego era algo natural, como respirar. Para Sofía, era como intentar hablar un idioma desconocido.
A Sofía también le gustaba jugar sola. Le encantaba construir torres altísimas con bloques de madera, ordenar sus crayones por color, o dibujar patrones intrincados en la arena. A veces, sentía un deseo inmenso de explicarles a sus amigos lo divertido que era su juego "de ladito", como ella lo llamaba. Un juego tranquilo, donde la imaginación volaba sin necesidad de correr ni gritar. Pero, de nuevo, las palabras no salían.
Un día, una nueva niña llamada Lucía se unió a la clase. Lucía era muy observadora. Le gustaba fijarse en los detalles, en las pequeñas cosas que los demás pasaban por alto. Rápidamente, notó a Sofía. Vio cómo se acercaba al grupo que jugaba a la pelota, cómo sonreía y cómo sus ojos brillaban con deseo, pero también vio cómo se quedaba callada, sin hacer ningún gesto para unirse. Los demás niños, absortos en su juego, no se daban cuenta de que Sofía quería participar.
Lucía pensó: "Ella quiere jugar, ¡seguro que sí! Pero no sabe cómo pedirlo." Después de la clase, Lucía reunió a los demás niños. "Chicos," dijo con voz suave pero firme, "¿se han fijado en Sofía?"
"Sí," respondió Mateo, el capitán del equipo de fútbol, "siempre está ahí, sonriendo, pero nunca dice nada."
"Exacto," dijo Lucía. "Ella quiere jugar con nosotros, pero a veces, pedir que la incluyamos es como una montaña muy alta para ella. Su cerebro funciona de manera diferente. No es que no quiera jugar, es que no sabe cómo pedirlo de la misma manera que nosotros."
Los niños se quedaron pensativos. Nunca lo habían visto de esa manera.
"Entonces, ¿qué podemos hacer?" preguntó Ana, la que siempre organizaba los juegos de las casitas.
Lucía sonrió. "Podemos invitarla a jugar. Podemos ofrecerle la pelota. Podemos hacerle un espacio en nuestro juego. Podemos ser sus amigos y ayudarla a sentirse cómoda."
Al día siguiente, durante el recreo, Mateo se acercó a Sofía. "Sofía," dijo con una sonrisa amigable, "¿quieres jugar al fútbol con nosotros? Necesitamos un defensa."
Los ojos de Sofía se iluminaron. Asintió con entusiasmo y siguió a Mateo hasta el campo de fútbol. Al principio, se sintió un poco nerviosa, pero los demás niños fueron muy pacientes y amables con ella. Le explicaron las reglas del juego, le pasaron la pelota y la animaron cuando hacía un buen trabajo.
Después de un rato, Ana se acercó a Lucía. "Lucía," dijo, "¿cómo sabemos cuándo Sofía quiere jugar sola, como tú dices?"
Lucía sonrió. "No es jugar sola, Ana. Es juego de ladito. Cuando Sofía se sienta al lado del jardín, observando, podemos sentarnos con ella y jugar de ladito. Podemos dibujar juntos, construir torres o simplemente charlar. Es un juego tranquilo, donde podemos disfrutar de la compañía del otro sin necesidad de correr ni gritar. A veces a mí también me gusta jugar tranquila."
Ese día, el jardín de la escuela se llenó de risas y alegría. No solo del juego bullicioso del fútbol y las casitas, sino también del suave murmullo del "juego de ladito" de Sofía y sus nuevos amigos. Sofía aprendió a jugar con los demás, y los demás aprendieron que jugar también podía ser tranquilo y especial. Y todos, absolutamente todos, aprendieron que la amistad y la comprensión eran el mejor juego de todos.
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